
Por
ellos vamos dejando por el camino muchas de las cosas que creemos y sentimos. A veces incluso actuamos en contra de
nuestros propios principios y deseos en pos de la consecución del beneplácito
de nuestros mayores, amigos (que en la infancia consideramos que tenemos y
necesitamos muchos), popularidad, admiración, consideración, reconocimiento,
posición social, imagen de juventud y bienes materiales que causen la mayor
envidia de los demás, sin que aún así
consigamos estar satisfechos. Esta lista de cosas “imprescindibles”
creadas por nuestra sociedad y propia
inseguridad nos va alejando más y más
de nosotros mismos, no sólo de nuestras necesidades más básicas sino también, y sobre todo, de las
espirituales y nos va creando una bola
de insatisfacción que no para de crecer y que nos hace sentir tanta soledad.

Tan solo tenemos que emprender
el camino de regreso, solos o acompañados; al principio con pequeñas metas, sin
agobios pero sin pausa, siendo indulgentes con nuestras caídas, pues lo importante es volver a levantarse,
pues no es necesario dar un vuelco a nuestras vidas sino caminar, disfrutar de
esos pequeños cambios y logros que nos harán crecer como personas y que estarán
encaminados a ir descubriendo nuestro
yo más verdadero.
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