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sábado, 27 de noviembre de 2021

LAS LEYES DE LA FRONTERA, DE JAVIER CERCAS.

La literatura de Javier Cercas constituye una de las mejores crónicas de nuestra historia más reciente. Libros como Anatomía de un instante o Soldados de Salamina se han acercado de manera casi fotográfica a episodios decisivos de nuestro pasado, añadiéndoles ese toque de ficción que nos permite contemplar esos hechos desde la perspectiva de distintos personajes. Las leyes de la frontera no es una excepción a esta tendencia, en la que Cercas es un consumado maestro. Volver a los años más duros de la transición y retratar la vida, que transcurre deprisa, deprisa, de unos adolescentes sin futuro, esos llamados quinquis que llamaron tanto la atención por sus violentos delitos y que muchos elevaron a la categoría de héroes del pueblo.

En realidad sí que hay un personaje que podría labrarse un futuro lejos de esa vida cuya única perspectiva es ser condenado a largos años de cárcel. Se trata del protagonista, Ignacio Cañas, un hijo de la clase media que es abusado por sus compañeros en el instituto y al que le basta un verano, el de 1978, para cambiar radicalmente y hacerse miembro de una banda de delincuentes juveniles de las que empezaban a proliferar en una época de libertades recién conquistadas y esperanzas de futuro, pero también de activación de una delincuencia violenta, desconocida en España hasta el momento, alentada por la masiva llegada del tráfico de drogas a nuestro país. Delincuentes como el Vaquilla o el Torete se hicieron inmensamente populares: se les dedicaban artículos en periódicos, canciones e incluso películas que a veces interpretaban ellos mismos. Popularmente estas figuras producían la fascinación de esos seres marginales, a los que la sociedad no les ha otorgado ninguna oportunidad, que se la jugaban a cada paso cometiendo delitos cada vez más audaces hasta que terminaban prematuramente sus vidas en una vorágine de condenas a prisión, consumo de drogas y falta de capacidad para gestionar una fama tan unánime como efímera.

La vida ficticia de el Zarco corre paralela a la de los quinquis históricos: una rápida ascensión a la fama después de cometer una gran cantidad de delitos violentos en un periodo muy corto de tiempo y el resto de su existencia entre prisiones, intentos de fuga y conatos de redención, alentados por sus numerosos seguidores, que nunca se materializan, quizá porque un ser como él es irredimible. La novela de Cercas se estructura como una serie de entrevistas que realiza un escritor que está preparando un libro sobre el Zarco: a Ignacio Cañas, el gafitas, que formó parte de su banda durante el verano del 78, luego se convirtió en un abogado de prestigio y terminó defendiendo a su antiguo compañero, a un policía y al director de la prisión. Aunque podemos descubrir muchos matices de la personalidad del delincuente, e incluso algunos valores que tienen que ver con la cohesión de su grupo, en realidad jamás llegamos a conocerlo del todo, porque los testimonios que leemos son lógicamente subjetivos y pueden estar contaminados de mentiras interesadas. Pero en cualquier caso lo que importa aquí es el retrato de una época irrepetible que nos da idea de cuánto ha cambiado este país en las últimas décadas, aunque la idea de frontera, entre barrios, entre clases sociales, siga plenamente vigente. Como declara el propio Cercas en una entrevista incluida en la página web del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones:

"(...) esta novela no es una novela sobre la Transición, si acaso es una novela sobre cómo éramos entonces y en qué nos hemos convertido. Y lo que es muy visible en el libro es cómo la España de 1978 es una España tercermundista —sí, ésa es la palabra— que sale de una dictadura larguísima, un país de un cutre y de una miseria impresionantes, y cómo la España de principios del siglo XXI es un país de un modernismo increíble; cómo la ciudad en la que vivimos (Gerona en este caso, pero es válido para todo el país) se ha convertido, como dice un personaje de la novela, en una ciudad “ridículamente satisfecha de sí misma”. Porque eso era España hace apenas unos años: un país de nuevos ricos, con todo lo que eso conlleva. Ahora también digo que, del mismo modo que la visión que se tenía de España hace siete años era irreal, también lo es la que se tiene ahora."

La adaptación cinematográfica de Daniel Monzón se ocupa sobre todo de la primera parte de la novela, la de ese verano del 78 en la que la banda del Zarco da numerosos golpes y es finalmente desarticulada. Aunque se introducen algunos cambios respecto al argumento de la novela, es absolutamente respetuosa con la esencia de la narración de Cercas y constituye una de las mejores películas españolas de los últimos años, quizá porque se trata de una obra sin más pretensión que adaptar un material que funciona de manera espléndida como un revival de aquel cine quinqui de los años ochenta. 

jueves, 3 de marzo de 2016

JUEGOS PROHIBIDOS, DE RENÉ CLÉMENT.

El siglo XX cuenta con el triste record de haber producido las guerras más devastadoras que la humanidad había conocido hasta ese momento. Lo peculiar de la Segunda Guerra Mundial fue que por primera vez la población civil era un objetivo prioritario en el combate (un fenómeno que ya se había experimentado en la reciente Guerra Civil española), algo consustancial al concepto de guerra total que se empezaría a manejar en aquellos años. Precisamente las primeras imágenes de esa obra maestra que es Juegos prohibidos reflejan bien esa realidad: los parisinos huyendo despavoridos por los caminos rurales del fulminante avance alemán y la Luftwaffe bombardeando a placer las columnas de refugiados, como parte de una estrategia de terror que conduciría a la pronta rendición de los franceses. Los padres de familia se sienten humillados en esa ratonera. El automóvil de Paulette, la niña protagonista, se estropea. No hay solidaridad con su familia, los que van detrás lanzan el coche por un terraplén y prosiguen su avance. Entonces aparecen de nuevo en el horizonte los Stukas alemanes, que provocan una masacre: los padres de Paulette mueren ametrallados. También su perrito.

Este brutal primer encuentro de Paulette con la muerte no la traumatiza, porque la niña no sabe bien lo que está pasando. No comprende que su perrito de pronto ya no responda a sus caricias, que sus padres hayan dejado de protegerla. Persiguiendo al cadáver del perro, que una desaprensiva mujer ha tirado a un río, llega a la humilde morada de unos campesinos. En aquel lugar la guerra se percibe como un espectáculo cercano, pero que no les afecta directamente. La vida sigue más o menos igual, aunque con la lógica inquietud de quienes intuyen que están produciéndose cambios muy importantes. Muy pronto Paulette se hará amiga de Michel, un muchacho muy despierto, con el que le va a unir un vínculo muy especial, casi matrimonial, podríamos decir. Con él canalizará esa fascinación que le ha producido el descubrimiento de la muerte que, junto al de la religión (sus padres al parecer eran laicos y ella aprende algunas nociones de su familia provisional), les lleva a crear un nuevo juego: la organización de un cementerio clandestino de animales e insectos, una especie de homenaje infantil a los seres que, misteriosamente, dejan de interactuar con nosotros.

En este sentido, Juegos prohibidos es una película valiente a la vez que sensible. El acercamiento lúdico a la muerte, el robo de cruces y la fascinación por la belleza del camposanto que construyen juntos, no es más que la reacción de dos seres inocentes ante la brutalidad que los adultos han desatado a su alrededor. La muerte está presente sí, entonces, como ya hicieron los hombres primitivos, hay que canalizar elementos simbólicos para homenajearla, para que sus víctimas no caigan en el olvido. Clément se mueve entre lo cómico, lo trágico y lo macabro, consiguiendo un exquisito equilibrio entre estos tres elementos para construir una película soberbia, que se beneficia de una fotografía magistral por parte de Robert Julliard y de una interpretación memorable por parte de los dos niños protagonistas, Brigitte Fossey y Georges Poujouly, que saben transmitir la inocencia propia de la infancia, un ejemplo de cordura cuando a sus mayores les da por organizar matanzas en las que ellos pueden ser tan víctimas como cualquiera. Pocos retratos íntimos de lo que supone la guerra para la gente cotidiana han alcanzado tal grado de perfección.

viernes, 5 de febrero de 2016

EL ÚLTIMO VIAJE DEL JUEZ FENG, DE JIE LIU.

Uno de los atributos que definen la potestad del Estado frente a la arbitrariedad del comportamiento de los ciudadanos es la capacidad de dictar leyes e impartir justicia. Por eso una de las principales preocupaciones de los países es llevar sus instituciones hasta los puntos más remotos de su territorio. Esta es la ocupación que desde hace décadas ejerce el juez Feng, recorrer con su pequeño tribunal los pueblos de un territorio montañoso de la provincia de Yunnan. El terreno es tan agreste que debe recorrerse a caballo. La llegada del Tribunal es esperada en estas poblaciones como un acontencimiento. Conflictos enquistados, muchos de ellos aparentemente absurdos, deben ser resueltos por el respetado juez, que en muchas ocasiones prefiere usar la equidad y el sentido común a la observancia estricta de la ley.

En este último viaje va a llevar a un joven recién licenciado, que va a sustituir a su auxiliar de toda la vida, una mujer procedente de uno de esos pueblos, a la que se le ofreció la oportunidad de mejorar de vida acompañando al juez Feng. Las nuevas leyes del Estado chino ya no permiten ejercer esas funciones a una persona sin estudios, por lo que ella va a tener que dar un doloroso paso atrás y volver a la existencia sin expectativas a la que estaba destinada por nacimiento. Mientras tanto, el joven Ah-Lou tiene unas ideas muy estrictas de lo que significa impartir justicia y reprueba algunas de las decisiones de Feng, que estima muy poco ajustadas a derecho. Mientras Feng es mucho más flexible, adaptando sus resoluciones a las costumbres locales, Ah-Lou prefiere apelar al derecho positivo, aunque pronto se va a dar cuenta de que en lugares como aquellos es mejor no ser tan riguroso en la observancia de la ley. A pesar de todo, para Deng lo más importante es lo simbólico de su posición, por eso la pérdida del símbolo nacional que preside sus juicios es una auténtica catástrofe.

El último viaje del juez Feng es una película deliciosa, que nos traslada a un mundo un tanto insólito, a unas tierras a las que apenas han llegado los avances tecnológicos de nuestro tiempo y en las que perviven usos y costumbres ancestrales, a pesar de que formen parte de un país que aspira a ser la primera potencia económica mundial. El ritmo de la vida es distinto, mucho más sosegado, lo cual se traslada al ritmo de un film que se recrea en los paisajes en los que Feng, acostumbrado a ellos, echa cabezaditas mientras los atraviesa. A pesar de su tono general distendido e incluso en tono de comedia en alguna escena, los personajes esconden tragedias internas que en algún momento de la trama van a condicionar su actuación. Aunque su guión sea un tanto disperso, este último apunte funciona muy bien en la lógica interna del argumento.

domingo, 13 de diciembre de 2015

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO, DE SIDNEY LUMET.

Andy y Hank Hanson son dos hermanos con vidas muy diferentes. Andy (Philip Seymour Hoffman) ocupa un puesto directivo en una inmobiliaria. A pesar de su aparente vida acomodada, esconde varios secretos que, si no lo remedia, pronto acabarán saliendo a la luz: se queda con el dinero destinado a la Seguridad Social de las nóminas de los trabajadores y es adicto a la heroína. Vive junto a Gina, una mujer florero con la que comparte una vida sexual cada vez más decadente. A pesar de todo, Andy mantiene la compostura y espera resolver sus problemas ejecutando un plan junto a su hermano. Hank posee un carácter mucho más retraído, quizá porque sus circunstancias vitales son más duras, si cabe. El hermano menor ha pasado por un proceso de divorcio y como consecuencia del mismo, ha de destinar buena parte de su escueto salario a pagar la pensión alimenticia de su hija. Su ex esposa le recuerda cada vez que lo ve que es un fracasado y él tiene asumida dicha condición. Por eso, cuando Andy le propone una solución que supone quebrantar la ley, no se lo piensa demasiado: quien no tiene mucho que perder, no arriesga mucho.

El plan de Andy es tan sencillo como insólito: consiste en atracar la joyería de sus padres, en la que ambos trabajaron hace años. En teoría se trata de un proyecto perfecto: cuentan con que en la tienda se encuentre una mujer casi anciana, empleada por los padres, que no opondrá la más mínima resistencia. Pero, como dice el refrán, el diablo está en los detalles. Todo sale mal desde el principio, porque dejar el atraco en manos de Hank es una mala decisión, sobre todo si este dedice subcontratarlo. 

En cualquier caso, tan importante como la poderosa narrativa que imprime Sidney Lumet a este filme son las reflexiones que conlleva. Porque al final las decisiones vitales que tomemos pueden llevarnos al desastre o salvarnos. Claro que también está el factor suerte. Una suerte que los hermanos Hanson se atreven a tentar de una manera totalmente irresponsable. Hank se verá perdido desde el principio, desesperado e intentando huir de la realidad. Andy, a pesar de todos los desastrosos contratiempos que se van acumulando a su plan, cree tenerlo todo bajo control, seguramente por la influencia nefasta de su adicción a la heroína. Antes que el diablo sepa que has muerto nos dice que el mal cotidiano puede irrumpir en el momento menos pensado en la vida de gente inocente, como la madre de los protagonistas, y reclutar para sus filas a los débiles de espíritu, incapaces de decir no a la tentación. Sobre todo en una sociedad como la estadounidense, en la que es tan sencillo hacerse con armas de fuego. Lo cierto es que a los pobres hermanos Hanson no se les concede ni media hora en el paraíso.

sábado, 7 de noviembre de 2015

MEJOR... IMPOSIBLE, DE JAMES L. BROOKS.

A primera vista, Mejor.. imposible, no parece más que un mero vehículo de lucimiento de Jack Nicholson. Y hay parte de verdad en esta afirmación, porque el papel protagonista parece escrito para él, pero afortunadamente la película de James L. Brooks cuenta con muchos más ingredientes, entre los que destaca un guión excelente, optimista y con abundantes dosis de comedia, pero mucho más complejo de lo que parece a primera vista.

Melvin Udall es un enfermo. Padece un severo transtorno obsesivo-compulsivo, es decir, su mente alberga habitualmente ideas obsesivas que le causan una angustia permanente, por lo que debe realizar actos un tanto insólitos para intentar liberarse de ellas: lavarse las manos con un jabón distinto cada vez, pasear sin pisar las líneas de la acera y, en lo posible, seguir rutinas estrictas en su vida cotidiana. Además Melvin es un ser extramadamente desagradable con el prójimo. Brutalmente sincero, no le importa manifestar públicamente sus pensamientos racistas, xenóbofos, homófobos y machistas. Sus intereses empiezan y terminan en sí mismo, por lo que cualquier alteración en la tranquilidad de sus hábitos, es percibida por él como la peor de la catástrofes. Lo paradójico es que se gana la vida como escritor de género romántico, con gran éxito porque, a decir de sus lectoras, nadie es capaz de captar mejor que él los sentimientos femeninos.

En cierta forma Mejor... imposible funciona como un cuento moral, como una gran conspiración del azar para que el hombre maduro y gruñón aprenda un poco de empatía, que la relación con otros seres humanos (y caninos) no es solo motivo de fastidio, sino una fuente de beneficios mutuos, en las que todos pueden aportar algo. Que en medio de este proceso le asalte el sentimiento amoroso no es más que un estímulo más para que el protagonista realice un examen íntimo de conciencia y se proponga abordar unos revolucionarios cambios en su actitud ante la existencia. Quizá también le ayude el hecho de advertir, una vez que salta las barreras que le separaban de los demás, que él no es el único sufriente, el único ser solitario en el mundo, por mucho que las apariencias le hayan dicho hasta el momento lo contrario.

Por otra parte, hay que apuntar que la trama no se priva de denunciar la situación de la Sanidad en Estados Unidos. Nada menos que dos personajes se ven afectados por aquel sistema, uno de ellos pierde su hogar por no poder pagar la factura del hospital, después de haber recibido una paliza para robarle en su propio domicilio y el seguro médico de la protagonista es insuficiente para cubrir las atenciones médicas que necesita su hijo enfermo de asma crónico.

La de Brooks es una de esas producciones bienintencionadas que nos intentan acercar al mundo de esta clase de enfermos desde una perspectiva amable, aunque la realidad sea mucho más dura. Otro ejemplo famoso y muy reciente es el Sheldon de The Big Bang Theory. Por una parte, la enfermedad se populariza y la gente la acepta mejor, pero por otra la información que llega está edulcorada. El happy end de Mejor... imposible quizá no lo sea tanto si pudiéramos asomarnos al futuro inmediato de la recién constituida pareja.

sábado, 12 de septiembre de 2015

EL INSÓLITO PEREGRINAJE DE HAROLD FRY.

Hace poco se publicó en nuestro país un ensayo, firmado por Frédéric Gros, titulado Andar, una filosofía. En él se exponen distintas concepciones, algunas casi terapeúticas, de lo que puede suponer para algunos filósofos algo tan cotidiano como dar un paseo. Aunque el asunto de El insólito peregrinaje de Harold Fry no sea tan placentero, sí que puede inscribirse también en el terreno de lo simbólico. El protagonista recibe una carta de una antigua compañera de trabajo en la que le cuenta que está muriendo de cáncer. Harold reacciona en principio como lo haría casi todo el mundo, escribiéndole una carta de condolencias. Pero cuando va caminando hacia el buzón de correos, un extraño impulso se apodera de su ser. De pronto siente que su acción no es suficiente, que debe hacer algo más por ese ser moribundo. Y sigue caminando, hasta que, con la ayuda de una empleada de una gasolinera, surge la idea que estaba bullendo en su cabeza: seguir caminando mil kilómetros hacia el norte, hasta llegar a la clínica donde está ingresada Queenie.

El viaje será improvisado, con lo puesto, un proyecto que debe ser puesto en marcha inmediatamente, sin preparativos de ninguna clase. Gran parte de su motivación se basa en una especie de pensamiento mágico: que mientras esté caminando, Queenie no morirá, esperará su llegada para despedirse de él. Como todo buen peregrinaje, va a servir sobre todo para que Harold se conozca mejor a sí mismo, reflexione sobre los errores de su vida y alcance por momentos esa especie de serenidad que solo puede experimentar quien pasa algún tiempo en soledad. Además, el viaje es una ocasión perfecta para abandonar el asfixiante clima de silencios elocuentes que soporta en su hogar desde hace décadas, a causa de enormes malentendidos en su relación con su mujer e hijo:  

"(...) la sensación de libertad, de adentrarse en lo desconocido, era tan estimulante que no podía dejar de sonreír. Estaba solo en el mundo y nada podía interponerse en su camino ni decirle que cortara el césped."

Por supuesto, es evidente que la peregrinación no va a curar a Queenie, pero es una idea tan firmemente asentada en el caminante, que cuando mantenga casualmente una conversación con un oncólogo, en uno de sus descansos, se dará cuenta de que los milagros no existen cuando hablamos de una enfermedad como el cáncer. No obstante, su determinación permanece incólume, aún cuando su cuerpo y sus zapatos naúticos comiencen a sufrir las consecuencias de tan prolongada caminata. El caso de Harold Fry empieza a hacerse famoso y algunos peregrinos se unen a su causa, aunque, como estamos hablando del mundo moderno, las motivaciones de algunos de ellos son más publicitarias que espirituales. Lo cierto es que la cosa llega a un punto en el que Harold está casi a punto de ser declarado santo por la opinión pública, lo que acentúa la sensación medievalista del relato, aunque con un toque muy de nuestro tiempo, en el que estas historias se ponen de actualidad y se olvidan con una velocidad pasmosa:

"La prensa también siguió recogiendo testimonios sobre la bondad de Harold, el cual no tenía tiempo para leer los diarios (...). Un espiritista de Clitheroe afirmó que el peregrino poseía un aura dorada. Un joven que había estado a punto de tirarse del puente colgante de Clifton hizo un relato conmovedor de cómo Harold lo había disuadido.

- Pero si yo no he estado en Bristol - objetó éste (...)."

Desde un punto de vista meramente literario, El insólito peregrinaje de Harold Fry, es una novela que ha sabido fabricar la fórmula perfecta para llegar al gran público y convertirse en un éxito de ventas. Pero eso no quiere decir que nos encontremos ante una narración de calidad, aunque sí correcta. La estructura del libro está un poco descompensada y adolece de muchos episodios reiterativos, que restan agilidad de un relato que apela de manera continuada a los sentimientos del lector, para que se conmueva con el protagonista al igual que lo hace el gran público cuando la historia de Harold se hace famosa. Bien es cierto que el final sí es acertado, una dosis de dureza y realismo, que contrasta con ese pensamiento mágico que ha sido el alimento del protagonista para lograr culminar su simbólica hazaña.   

lunes, 7 de septiembre de 2015

IDA.

El siglo XX fue muy duro con Polonia. La Segunda Guerra Mundial comenzó con la agresión alemana a su territorio. Lo que no suele recordarse tan habitualmente es que los soviéticos habían pactado con Hitler repartirse el territorio polaco y la invadieron a su vez por el este. Un par de años después, en 1941, Alemania invadió la Unión Soviética y acabó perdiendo la guerra. La URSS liberó Polonia, pero bien pronto sus habitantes constatarían que se enfrentaban más bien a una nueva conquista. Desde el principio se organizó una represión generalizada de los militantes en organizaciones políticas no comunistas, siendo el ejemplo más sangrante la realizada contra muchos de los miembros del ejército clandestino polaco que se había levantado contra los nazis en Varsovia. Aunque hubo elecciones libres (que perdieron los comunistas), pronto éstos se harían con el poder, con la ayuda de su control de la policía secreta y la presencia del Ejército Rojo. Bajo los auspicios de Stalin, se establecería un régimen de corte totalitario, en el que el Estado estaría presente en todos los aspectos de la vida del individuo, desde lo laboral (se intentó que todas las empresas fueran públicas) hasta el tiempo de ocio. 

Ida transcurre en el año 1960, durante el gobierno de Wladyslaw Gomulka, un dirigente comunista que había conseguido cierta independencia respecto al control soviético del país. Bajo su gobierno se liberalizaron algo las costumbres, permitiéndose entre cosas la música jazz y rock, algo que se muestra en la película, aunque siempre con la limitación del respeto a la decencia en las costumbres. A pesar de ello, esto no evitó que la situación económica siguiera siendo desastrosa, con las consiguientes huelgas y la creación de organizaciones independientes, como el sindicato Solidaridad, ya en los años ochenta. Respecto a la situación religiosa, a principios de los años cincuenta, el primado Wyszynski había llegado a un entendimiento con las autoridades comunistas, para permitir que la iglesia católica siguiera desarrollando sus actividades sin sobresaltos. A cambio, debía reconocerse la legitimidad del Estado y recomendarse entre los creyentes la obediencia a las autoridades, un acuerdo que causó escándalo a no pocos cristianos.

En estas circunstancias, la película de Pawlidowski nos presenta a Anna, un personaje inocente, que lleva desde la más tierna infancia ingresada en un convento, donde ha asumido con toda naturalidad su naturaleza de novicia y todo lo que ello implica: obediencia, castidad y humildad. Antes de tomar los hábitos como monja, la superiora le recomienda que visite a su tía, el único familiar vivo que le queda. Conocerla va a suponer para Anna enfrentarse bruscamente a su pasado, que es el pasado de su país: su tía Wanda, que es una dura jueza comunista, le revela que en realidad es judía y que su verdadero nombre es Ida. Siendo niña, durante la ocupación nazi, su familia fue asesinada en circunstancias oscuras, por lo que emprenderá un viaje con Wanda para averiguar la verdad de aquellos hechos. A partir de aquí el film adquiere cierta condición de road movie. Las protagonistas se pasean por una Polonia rural y ciertamente sórdida, llena de personajes autodestructivos que parecen haber abandonado toda esperanza de alcanzar alguna vez ese estado difuso que llamamos felicidad. El comunismo es tan gris, tan en blanco y negro como la fotografía de Ida, un régimen que hacía algunas concesiones secundarias, pero en lo fundamental - economía planificada y represión de la disidencia - se mantenía incólume. El individuo no tiene importancia, si no se inserta en la idea de proletariado que el Estado dice proteger.

Así pues, la protagonista aprende más sobre la vida auténtica en tres días que en toda su vida anterior. Experimenta la vida auténtica, siempre desde la moderación de su condición religiosa y saca sus íntimas conclusiones. Además, es capaz de apreciar y querer a un ser de carácter totalmente opuesto al suyo: su tía Wanda, una mujer que ha tratado de exorcizar el pasado a través de la venganza y que ha acabado convertida en una burócrata alcohólica y absolutamente hastiada de la existencia. Ida es un retrato elegante y a la vez nada complaciente acerca del pasado inmediato de un país que todavía está recuperándose de la profunda cicatriz adquirida en el siglo pasado. 

jueves, 16 de julio de 2015

ALTA FIDELIDAD, DE NICK HORNBY.

Hace unos meses era noticia en Málaga el cierre inminente de Candilejas, la última tienda de discos - obviando los grandes almacenes - que quedaba en la ciudad. Hubo una campaña para salvarla y creo que a día de hoy todavía sobrevive. Todos comprábamos en Discos Candilejas y todos dejamos de comprar un día ya lejano. Lo de los vinilos e incluso los compact discs es un mundo superado para la gran mayoría, pero afortunadamente aún quedan coleccionistas que se resisten a abandonar su afición por el que consideran es el formato más auténtico para escuchar música.

Alta fidelidad transcurre a mediados de los años noventa, en la época inmediatamente anterior a la irrupción de internet en nuestras vidas. Rob Fleming, de treinta y seis años, es el propietario de una tienda de discos que sobrevive como puede a la competencia de las grandes superficies. Su secreto parece ser el esnobismo propio y el de sus dos empleados: pueden ser bordes con los clientes que manifiestan su mal gusto musical, pero muy complacientes con quienes se hacen habituales en la tienda. Los tres son muy aficionados a elaborar listas de álbumes y canciones y para ellos el trabajo es una fuente de placer y eternas discusiones. Pero Fleming tiene otras preocupaciones: acaban de dejarle por enésima vez y esta vez ha sido especialmente doloroso.

En esta tesitura, Rob recuerda sus anteriores fracasos amorosos y entra en una de sus habituales crisis existenciales. Quiere comprenderse a sí mismo, saber por qué su vida amorosa ha sido tan exitosa y frustrante al mismo tiempo, aunque su problema principal sea que no es lo suficientemente autocrítico. Para algunos de los que le rodean, Rob se ha quedado anclado en la adolescencia, en un bucle que incluye su tienda de discos y sus eternos problemas económicos, pero él sabe que no podría encaminar su vida a hacer algo diferente. Al menos es una persona que ha tenido la valentía de organizar su existencia en función de lo que le hace feliz, algo que le distingue de la gran mayoría.

Así pues Alta fidelidad es una novela muy entretenida, sobre todo porque la voz narrativa de Rob está repleta de filosofía cotidiana a la vez que de ironía, algo que está muy presente en la correctísima adaptación cinematográfica de Stephen Frears, protagonizada por un John Cusack que hubiera sido perfecto también para interpretar a Buddy Bradley, el héroe del cómic Odio, de Peter Bagge, con el que mantiene algunos puntos en común. Que la acción se traslade de Londres a Chicago es meramente anecdótico, puesto que la esencia de la novela se mantiene por completo.

¿Qué pensarían Rob Fleming y sus amigos de nuestra época en relación a la música? Seguramente, después de ver como se hunde definitivamente su negocio, despotricarían contra la costumbre de acumular miles de canciones en el ordenador sin escuchar jamás un álbum entero. Este tiempo de piratería y abundancia no es bueno para desarrollar un buen paladar musical, que solo se consigue con el olor del vinilo, con la contemplación de la portada del disco y con varias audiciones. Son placeres prácticamente perdidos. Dejo aquí una lista de cinco discos favoritos, escrita apresuradamente y que prefiero dejar tal y como ha quedado. La mayoría de los álbumes proceden del jurásico:

- Meat is murder, de The Smiths.
- Disintegration, de The Cure.
- Playing the angel, de Depeche Mode.
- Zooropa, de U2.
- Lungs, de Florence and the machine.

sábado, 27 de junio de 2015

DIENTES BLANCOS, DE ZADIE SMITH.

Desde hace décadas, Londres es un ejemplo de convivencia de muchas culturas, lo cual no siempre es sinónimo de armonía entre todas ellas, ya que a veces viven segregadas en sus propias zonas, que son como una pequeñas muestras de sus propios países. Es el tributo que la ciudad tiene que pagar por haber sido capital de uno de los imperios más extensos de la historia, que abarcaba media África, la India, Australia, Canadá y numerosas islas en todos los mares del mundo.

Si hubiera que definir con una sola palabra a Dientes blancos, podríamos decir que se trata de una novela multiétnica. Sus personajes reflejan la riqueza cultural de la capital británica y los problemas de integración de muchos de sus componentes, cuya existencia oscila entre el respeto de la propia tradición y costumbres religiosas y la asimilación a la metropóli (fenómeno que se da más bien en las generaciones más jóvenes), provocando conflictos entre padres e hijos. Es la visión del mundo de la joven (publicó esta novela con veinticinco años) y observadora Zadie Smith, tal y como lo expresa en una entrevista publicada en El Cultural:

"No es que me guste mezclar razas, sólo intento expresar el mundo tal y cómo lo veo. No sé lo que ocurre en España pero aquí cada vez que coges el autobús o el metro, cada vez que andas por la calle, todo es mezcla. Sólo procuro representar el mundo tal y como se me aparece. No creo estar haciendo nada original. Así es el mundo en la mayoría de los lugares. Para mí es muy extraño leer libros y constatar que todos los personajes son blancos. Por la simple razón de que no conozco muchos sitios así. No sé dónde vive esta gente. En cuanto uno sube a un avión, se da cuenta de que el mundo no tiene nada que ver con este tipo de novelas. No estoy haciendo ningún esfuerzo sino representar el mundo tal y como yo lo veo. Y, honestamente, mi representación es bastante más simple que la realidad. En cuanto uno pregunta a alguien de dónde es, resulta que ninguno de sus abuelos es del mismo país, que la sangre está mezclada desde hace tres siglos. Así es Europa. 

(...)Sólo pretendo mostrar las diferencias que existen entre un individuo y otro. Cuando uno lee una novela nadie piensa “oh, mira, que diferente es este blanco de este otro blanco”. Hay algo en mí que reivindica que la gente negra existe de la misma manera que usted existe o que yo existo.¡Son personas! Lo que intento hacer al escribir es introducir en la novela hombres de otras razas como seres humanos. No como símbolos. No como argumentos. No como parte de un artículo sobre la raza negra. Sólo como personas. Sólo seres humanos que están en el mundo."

Reconociendo el indudable mérito que supone para una escritora tan joven construir una novela tan compleja, sí que hay que señalar que Dientes blancos adolece de algunas deficiencias, la principal de las cuales es su extensión. Se trata de una narración con demasiados personajes, descritos con pinceladas muy precisas y efectivas, pero sin la profundidad suficiente como para empatizar con ellos como lector. Además todos ellos intentan ser graciosos y caricaturescos, en un intento de que la novela no se convierta jamás en un melodrama, sino en una lectura lúdica y divertida. Otro de los problemas es que Smith trata demasiados asuntos, todos ellos de gran calado: la inmigración, el colonialismo, la Segunda Guerra Mundial, las relaciones paterno-filiales, los límites de la investigación científica... y también el islamismo radical, descrito con demasiada tibieza, más como un grupo de gente excéntrica, que como la amenaza que percibimos hoy. Claro que la novela está escrita antes del 11 de septiembre. Es muy posible que si llega a publicarse después, la visión de los islamistas hubiera cambiado. 

En suma, una novela bien escrita, divertida a ratos, multitemática, pero también demasiado ambiciosa, cuya lectura debe realizarse con la mayor continuidad posible, para no perder el hilo de tantas situaciones (incluyendo episodios del pasado) y personajes. Lo mejor: un final donde confluyen todos los protagonistas y reconcilia un poco al lector con el esfuerzo que ha tenido que realizar para llegar hasta ahí, porque aprecia en toda su complejidad la lógica interna de la narración.  

miércoles, 24 de junio de 2015

LA ÚLTIMA ESTACIÓN.

A principios del siglo pasado hacía ya tiempo que León Tolstói era poco menos que el santo patrón de Rusia, el orgullo nacional de aquel país, el escritor más leído y el más conocido fuera de sus fronteras. Además, como los santos auténticos, Tolstói quiso hacer de su existencia un reflejo de sus inquietudes filosóficas, por lo que fundó en su finca de Yásnaia Poliana una especie de paraíso utópico en el que se aplicaban los principios del movimiento tolstoyano, que comprendía la educación y el trabajo digno de los campesinos. Se trató de un movimiento tan popular como efímero, que prácticamente desapareció con la figura de su creador, seguramente porque la Historia, con la Revolución y la instauración del comunismo, lo dejó atrás, como objeto de curiosidad de los historiadores, pero sin apenas trascendencia práctica.

La película de Michael Hoffman, realizada para conmemorar el centenario de la muerte del autor de Guerra y Paz, recoge la crónica de los últimos días del escritor, unas jornadas al parecer muy agitadas, debido al permanente conflicto que mantenía con su mujer (una espléndida Helen Mirrer), que secunda a un Christopher Plummer perfectamente caracterizado como León Tolstói. Dicho conflicto tenía que ver con la cuantiosa herencia de un escritor que había vendido millones de ejemplares de sus obras. Sofía, que llevaba casada cuatro décadas con él, pretendía que la totalidad de los bienes pasaran a ella y a sus hijos. Tolstói tenía una perspectiva diferente, consecuente con sus ideas filosóficas y pretendía que una parte importante de la herencia pasara al pueblo ruso. Para presionar en este último sentido, la presencia permanente de Vladimir Chertkov, editor de la obra de Tolstói y devoto tolstoyano, era un constante insulto para Sofía, que lo veía como una especie de ladrón de lo que le pertenecía por derecho. 

Lo mejor de La última estación es la química entre los dos protagonistas, ese matrimonio cuya relación de amor-odio llena la pantalla, mientras otros personajes como Valentín Bulgakov, el joven secretario personal del escritor, intentan mediar para que la ruptura entre ambos no sea completa. Todo esto derivó en la fuga de un Tolstói ya enfermo, que acabó falleciendo en una estación ferroviaria cercana a Yásnaia Poliana, mientras periodistas de medios de toda Rusia retransmitían a sus periódicos, prácticamente en directo, detalles de la agonía de la gran gloria nacional. Todo este ambiente de pérdida irreparable está perfectamente reflejado en la realización de Hoffman, una película concebida sobre todo para el lucimiento de su elenco protagonista y que acierta en su pretensión de acercar la figura del gran escritor ruso al gran público.

sábado, 23 de mayo de 2015

SURCOS, DE JOSÉ ANTONIO NIEVES CONDE.

Una familia baja de un tren en Atocha. Vienen del campo y quieren establecerse en la gran ciudad en busca de una vida mejor. Estamos en Madrid a principios de los años cincuenta. Hace más de una década que acabó la Guerra Civil, pero todavía son tiempos de hambre y privaciones. España se encuentra aislada internacionalmente y se producen los primeros intentos de emigración interior. El medio rural se encuentra dominado por unos terratenientes que en muchas ocasiones, en complicidad con las autoridades, se dedican al estraperlo, actividad que produce enormes beneficios a unos pocos y condena al hambre a la mayoría. En algunos casos la situación era tan escandalosa que tenía que intervenir el gobierno, como refleja por ejemplo este informe recogido en Valencia (esta ciudad parece tener una antigua tradición en este sentido) en 1940 y citado por Carme Molinero en su ensayo La captación de las masas:

"El Partido ha tenido que tomar la resolución de, bajo las órdenes de esta Jefatura, emprender una campaña contra el estraperlo, que había alcanzado proporciones asombrosas y descaradas en esta provincia. Ello ha dado por resultado el descubrir, por medio de unas brigadillas especiales, que a las órdenes de esta Jefatura y en colaboración con el señor Gobernador Civil funcionan, una serie de negocios sucios en los que intervenían personas perfectamente situadas económica y políticamente, y que muchos de estos casos se encuentran ya tramitados en la Fiscalía de Tasas."

El retrato que ofrece Nieves Conde del Madrid de la época es tan preciso como asombroso. Una ciudad gris y grasienta en la que solo se puede aspirar a una vida digna por dos vías: perteneciendo a las altas instancias del bando de los vencedores o realizando actividades relacionadas con la lucrativa industria del estraperlo. Los protagonistas tienen que alojarse en Lavapiés, en un corralón saturado de familias y decenas de niños que corretean por el patio. Pronto tendrán que intentar adaptarse a la realidad de una ciudad que les ofrece su cara más sórdida. Muchos de los personajes que van a ir encontrándose pertenecen a un submundo criminal dominado por don Roque, un hombre que parece tener participación en todos los negocios sucios de Madrid, aunque siempre sepa cómo no implicarse personalmente en ninguno de ellos. 

Los miembros de la familia que intentan decantarse por trabajos más honrados encuentran un mercado laboral saturado (solo hay que contemplar la escena que se desarrolla en la Oficina de Colocación, qué poco hemos cambiado en algunas cosas..) y un remedio temporal en la venta de tabaco de contrabando, actividad poco recomendable para gente sin experiencia, como don Manuel. Don Manuel es uno de los personajes más interesantes de Surcos. Hasta entonces ha sido el indiscutible cabeza de familia, pero en esta nueva realidad su posición va a verse cuestionada rápidamente: inútil para todo lo que no sean trabajos rurales, su humillación personal comenzará cuando tenga que dedicarse a las labores de hogar y seguirá cuando compruebe que su autoridad ya no sirve de nada frente a una mujer que solo piensa en nuevas fórmulas de ganar dinero y unos hijos que se amanceban ante sus ojos o escapan del hogar.

La gran pregunta que se hace todo espectador de Surcos es la siguiente: ¿cómo consiguió esta joya neorrealista pasar la censura? Bien es cierto que su director había hecho la Guerra Civil y tenía un puesto destacado en Falange, pero también lo es que el retrato que ofrece del Madrid más sórdido podría haber sido firmado sin cambiar ni un plano por el más acérrimo enemigo del Régimen. Pocas esperanzas ofrece el nuevo Estado para combatir la pobreza rural, más que volver al campo, con vergüenza y fracasados, como ellos mismos dicen, y sobrevivir con los escasos frutos de la tierra. Además se trata de una película que no ofrece apenas concesiones y trata a sus personajes de un modo despiadado y cruel, no ahorrando escenas de violencia, que reflejan fielmente el darwinismo social de la gran ciudad en los años cincuenta. Surcos constituye una experiencia inaudita en el desolador panorama cinematográfico español de la época.

viernes, 15 de mayo de 2015

LA SAL DE LA VIDA, DE ANNA GAVALDA.


Anna Gavalda es una de las autoras francesas más vendidas en el resto de Europa. A pesar de que en mi caso solo he tenido ocasión de acercarme a esta novela, intuyo que su éxito se basa en el optimismo de sus historias y sus personajes, retratando un mundo que conoce bien: el de los burgueses que prefieren llevar una vida bohemia, aunque esta actitud sea más una pose que algo demasiado serio.

Imagine usted una situación que a todos nos ha sucedido alguna vez: cuando se asiste a una reunión en la que todos se conocen, se cuentan anécdotas y ríen con complicidad, mientras uno, que no conoce a nadie, siente que su presencia allí es un inmenso error y empieza a pensar en los medios de escabullirse cuanto antes. Pues esto es lo sucede leyendo esta pequeña narración: la autora se dedica a contarnos la estupenda relación que existe entre tres hermanos (y un cuarto al que acuden a visitar) que cometen la travesura de escaparse de una boda y pasar un par de días de completa libertad. Mientras tanto se cuentan historias y anécdotas entre ellos de las que el lector no es partícipe, puesto que si apenas tiene tiempo de asimilar breves esbozos de los personajes y sus circunstancias, difícilmente va a entender sus bromas privadas. Más de una vez se describe una escena llena de carcajadas cómplices a la que el lector asiste, incómodo, como convidado de piedra.

Una de las palabras que más se repitió en la reunión fue sencillez. Sencillez de una narración puede ser un método que sirva para apuntalar una buena historia, pero en ocasiones, como la presente, no hace más que dejar al descubierto sus inmensas carencias. Y es que La sal de la vida no pasa de ser una mera anécdota que no parece tener otra intención que describirnos lo estupendos que son los hermanos protagonistas y lo risible que resulta el resto del mundo. Mucho esnobismo por parte de los personajes, poca empatía por parte del lector y simplicidad vacía por parte de la narración, tal es la experiencia que me ha tocado vivir como lector. Supongo que Anna Gavalda contará con mejores novelas, que expliquen su inmenso éxito de ventas.

sábado, 25 de abril de 2015

ABSOLUCIÓN, DE LUIS LANDERO

Como puede constatarse a través de la lectura de narraciones como Juegos de la edad tardía y Caballeros de fortuna, los personajes de Luis Landero suelen ser seres de un inconformismo pacífico, que no pretenden cambiar el mundo, pero sí poner patas arriba su realidad, en busca de una modesta utopía personal que nunca acaba llegando del todo. Lo peculiar de Lino, el protagonista de Absolución, es su personalidad errática, dominada por un mundo interior tan rico como disperso. El propio autor lo define en pocas palabras en una entrevista que publicó en su día el diario 20 minutos:

"Todos intentamos defendernos de un mundo hostil en la adolescencia o cuando estamos insatisfechos. Mi personaje, igual que nos ocurre a muchos, es de los que tienden a sentirse culpable. Siempre está en conflicto con el mundo y con él. Busca la felicidad."

Así pues, la existencia de Lino está dominada por un constante deseo de huida para terminar volviendo al mismo sitio, sin terminar de conocer jamás cuáles son sus objetivos vitales. De vez en cuando se encuentra con un pequeño oasis de felicidad (después de todo Lino es un joven al que suele sonreir la fortuna, aunque él no sepa interpretar esos guiños) pero su tragedia es que no puede soportar la estabilidad, todo acaba viniéndole grande: el deseo de escapar siempre es más poderoso. Quizá su trastorno sea una invencible ansiedad ante el absurdo del mundo.

Otra definición del mal del personaje - puesto que Lino es el protagonista absoluto de la función - proviene de Gálvez, un comercial del Grupo Pascual (es bastante insólito que en una novela se use el nombre de una conocida marca comercial y además se enumeren las virtudes de sus productos) al que conoce en la última de sus huidas:

"Me refiero a vosotros, los fugitivos, los prófugos, los que van de paso y aprisa por la vida como si la vida fuese un viaje hacia una meta y hubiera que apresurarse a cada instante, sin detenerse nunca. Me admiro, y a la vez os compadezco, por ese modo que tenéis de vivir de prestado, de empezar a desdibujaros y a empalidecer apenas llegáis a un sitio, del visto y no visto, del aquí y del allá, de ese dejar en cada lugar la incertidumbre de vuestra presencia, creando así en los otros la duda, la posibilidad de que la vida tenga mucho de ilusión o de sueño, o de que los fantasmas existan de verdad."

Absolución es una novela muy bien escrita, pero que abusa de su excusa surrealista para justificar los desmanes del personaje y sus peculiares encuentros, por lo que puede que el lector no se encuentre excesivamente cómodo en su lectura, sobre todo por la desubicación de su protagonista y su "vida bastarda e inauténtica". La conclusión a la que podemos llegar con todo ello: "Todos los infortunios del hombre vienen de no saber estarse quieto en un lugar."
Todos intentamos defendernos de un mundo hostil en la adolescencia o cuando estamos insatisfechos. Mi personaje, igual que nos ocurre a muchos, es de los que tienden a sentirse culpable. Siempre está en conflicto con el mundo y con él. Busca la felicidad.

Ver más en: http://www.20minutos.es/noticia/1671869/0/entrevista/luis-landero/absolucion/#xtor=AD-15&xts=467263
Todos intentamos defendernos de un mundo hostil en la adolescencia o cuando estamos insatisfechos. Mi personaje, igual que nos ocurre a muchos, es de los que tienden a sentirse culpable. Siempre está en conflicto con el mundo y con él. Busca la felicidad.

Ver más en: http://www.20minutos.es/noticia/1671869/0/entrevista/luis-landero/absolucion/#xtor=AD-15&xts=4

sábado, 21 de marzo de 2015

CALLE MAYOR.

El viernes fue un día especial para el ciclo Literatura y cine que venimos celebrando desde hace ya casi cinco años en la biblioteca Cristóbal Cuevas. Por primera vez nos hemos incorporado a la programación oficial del Festival de Málaga, por lo que la ocasión requería recordar uno de los grandes clásicos de nuestro cine: Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem.

En el páramo cultural que era la España de los años cincuenta, a veces surgían prodigios como Bienvenido Mister Marshall, Surcos o esta Calle Mayor, obras que, a su inmensa calidad cinematográfica unen el mérito de haber esquivado la omnipresente censura de la época, logrando mostrar un retrato fiel de un país triste y grisáceo, muy alejado del modelo oficial del cine franquista.

Nos encontramos en una pequeña ciudad de provincias, donde la vida está regida por la más estricta monotonía. La costumbre de los domingos por la mañana es pasear por la Calle Mayor, después de misa. Casi todo el mundo se conoce, es difícil dar un paso sin pararse a saludar a alguien. El sueño del aburrimiento egendra monstruos. Existe un pequeño grupo de hombres (el Guasa-club, en la obra original de Arniches), que dedican su tiempo a urdir bromas pesadas contra sus semejantes. El objetivo es sencillo: superarse en cada ocasión y echar unas risas. Es mejor no contar con muchos escrúpulos a la hora de planificar las bromas, porque si no perderían su esencia lúdica. En cualquier caso, simular un noviazgo con una mujer ya madura y soltera, que ha perdido la esperanza de vivir una gran historia de amor, suena demasiado cruel.

Pero esa es precisamente la labor que acepta Juan, un empleado de banca que no lleva mucho en la ciudad, para no desmerecer ante sus nuevos amigos. Juan es un hombre medianamente ambicioso: le gustaría hacerse con un buen puesto en la sucursal en la que trabaja y casarse con alguna muchacha de familia bien. Por eso no se comprende como acepta casi sin oponer resistencia emprender una tarea con la que, cuanto menos, se labrará una pésima reputación ante el resto de la ciudad (este es uno de los pocos peros que se le puede poner a un guión por lo demás impecable). Puede decirse que Juan es también una víctima en esta historia, víctima de una inmadurez colosal.

Por su parte, Isabel, vive en un mundo de decencia y devociones, por lo que se trata de la víctima perfecta. Al sentirse protagonista de la historia de amor tantas veces soñada, Isabel se encierra en un mundo de fantasía, en el que es incapaz de percatarse de los indicios que podrían advertilrle de que está siendo víctima de una burla cruel. Se trata de una mujer que se gana al espectador desde su primera aparición: absolutamente decente, simpática, bondadosa y nada fea. Si no ha podido casarse seguramente ha sido por mala suerte o por la situación poco acomodada de su familia (ella nombra a su padre, oficial del bando franquista que tuvo la mala suerte de morir en los primeros días de la Guerra Civil). Todo nos indica que esta historia va a destruir lo único que le quedaba a esta mujer, su ilusión por el futuro, ya que en una  ciudad de provincias, los sentimientos personales no lo son todo, ni siquiera lo más importante. La reputación está por encima. Quien es estiquetado de una determinada manera, difícilmente va a ser capaz de quitarse ese estigma.   

Calle Mayor funciona también como una metáfora de esa España gris a la que he aludido antes, aburrida monótona, sin cultura y absolutamente machista. Es curioso que una película con este tono se base en una obra de teatro tan banal como La señorita de Trevélez, de Carlos Arniches, un mero divertimento teatral con algunas gotas de ingenio, pero que poco tiene que ver con la obra de Bardem más allá de la inspiración argumental. Ni siquiera sus personajes denotan la más mínima profundidad, con ese lenguaje arcaico y presuntamente ingenioso que es norma entre todos ellos. No obstante, es interesante rescatar uno de sus diálogos, en el que uno de los personajes justifica esta cultura de la broma:

"La burla es conveniente siempre; sanea y purifica; castiga al necio, detiene al osado, asusta al ignorante y previene al discreto. Y, sobre todo, cuando, como en esta ocasión, escoge sus víctimas entre la gente ridícula, la burla divierte y corrige."

miércoles, 21 de enero de 2015

GARAGE OLIMPO.

Es posible vivir en un país donde militares vestidos de civiles irrumpan impunemente en su hogar y se lleven a su hija. Es posible que la policía archive la correspondiente denuncia y le mire mal cuando vuelve usted a la Comisaría por enésima vez para ver si hay noticias de la desaparecida. Y es posible también que los curas en los confesionarios colaboren con el régimen criminal e intenten obtener información de los familiares de los detenidos a través del sacramento de la confesión. Esto es Argentina en los años setenta. Pero también podría ser Chile y otros lugares. Demasiados.

En Argentina la represión contra los llamados subversivos fue brutal. El ejército, a través de cuerpos especiales, se dedicaba a asaltar las viviendas de quienes consideraban enemigos, practicando la tortura con éstos con el fin de conseguir nuevas presas que permitieran limpiar el país, en una búsqueda de pureza ideológica demencial. Quienes lo hacían se sabían impunes. Tuvieron que pasar muchos años hasta que pudo juzgarse a algunos responsables, pero jamás se podrá hacer suficiente justicia a los miles de muertos y desaparecidos. 

En realidad Garage Olimpo nos aproxima al horror a través de una historia íntima, la historia de María, una jovencísima militante clandestina de izquierdas que es detenida y torturada en uno de los centros clandestinos más trístemente famosos: el garage Olimpo, situado en pleno Buenos Aires. Allí se encontrará con que uno de sus verdugos es Félix, un huésped de su propia casa con el que llevaba algún tiempo flirteando. Pronto se dará cuenta de que su única esperanza de escapar es enamorar a Félix. Éste accederá a mantener una relación con ella, pero de un modo enfermizo, asumiendo los roles de cada uno en un juego de poderes con un absoluto aprovechamiento de la situacion por parte de él, procurando no enamorarse de la enemiga hasta el punto de traicionar a sus superiores.

En ciertos aspectos la película de Bechis tiene vocación documental. La forma de mostrar la vida cotidiana en el centro de torturas es cruda y absolutamente creíble: la suciedad de las celdas, la desesperación de quienes saben que no saldrán de allí con vida y la banalidad de los torturadores, que fichan todos los días como los funcionarios que acuden a una oficina. Todo tan sórdido como monótono para quienes están insensibilizados al dolor ajeno. El espectador no puede sino quedar afectado en lo más íntimo ante este retrato de las entrañas de la dictadura argentina, que se ensaña con una pobre muchacha, símbolo del sufrimiento de tantos desaparecidos y sus familias. Aunque Bechis no obvia escenas de lo más desagradable, no llega hasta el punto de añadir tomas explícitas de las torturas. Ya bastante horror es asistir a su preparación, escuchar los gritos y ser testigo de las consecuencias. 

Si algo queda claro en Garage Olimpo es que durante la dictadura, la impunidad del Estado contra los derechos humanos era un hecho tan corriente que las torturas podían practicarse en un edificio céntrico, sin que los ciudadanos que paseaban por esa misma acera se percataran de nada o, más bien, no quisieran percatarse. El silencio de un país entero era tan estridente como los gritos de la joven inocente sacrificada a la satisfacción sádica disfrazada de deber. El Oceáno fue la gran tumba final de miles de seres anónimos. Estremece pensar que algo así pueda volver a suceder, que esté sucediendo ahora mismo en alguna parte.

domingo, 28 de diciembre de 2014

EL NOMBRE DE LA ROSA.


“Escribí una novela porque tuve ganas. Creo que es una razón suficiente para ponerse a contar. - cuenta Umberto Eco en las Apostillas a El nombre de la rosa -  El hombre es por naturaleza un animal fabulador. Empecé a escribir en marzo de 1978, impulsado por una idea seminal. Tenía ganas de envenenar a un monje. Creo que las novelas nacen de una idea de ese tipo y que el resto es pulpa que se añade al andar.”

A veces resulta fascinante conocer cual fue la semilla de las grandes obras, como se va construyendo una estructura literaria con unos cimientos que van reforzándose poco a poco hasta que la historia toma forma, va alimentándose a sí misma y crea un mundo en el que el lector puede penetrar y vivir instalado cómodamente un tiempo en él. Yo ya lo he hecho, gozosamente, en tres ocasiones con El nombre de la rosa, quizá una de las novelas más influyentes del siglo XX. 

Principios del siglo XIV. Un hombre con una montura sube una angosta cuesta que desemboca en un tenebroso edificio. Le acompaña un muchacho, su discípulo. Es un detective. Miento, no es un detective, es un monje, pero un monje un poco diferente, un indagador de la verdad que no se conforma con el mensaje de las sagradas escrituras. Guillermo de Baskerville quiere saber más. Es un bibliófilo empedernido en una época en el que el acceso a los libros se encuentra muy limitado. La cultura está salvaguardada en las bibliotecas de las viejas abadías, pero sus guardianes son muy celosos: temen que otras verdades disputen la primacía del pensamiento eclesiástico oficial. 

Porque uno de los ejes centrales de esa obra maestra de la literatura que es El nombre de la rosa se encuentra en el simbolismo de la Biblioteca de la abadía benedictina, foco a la vez de sabiduría y represión de la cultura, donde se encadenan una serie de misteriosos crímenes que parecen tener como eje la existencia de un libro prohibido. Este argumento puede parecer un poco trillado en la actualidad, pero en su momento fue muy original, el secreto del entusiasmo que suscitó la novela desde el primero momento, convirtiéndose en algo muy escaso hoy en día: un best seller de calidad. La Biblioteca, una de las más grandes de la cristiandad, está repleta de tesoros, pero su misma estructura es un laberinto. Su guardián en la sombra, Jorge de Burgos, no es más que un trasunto de Jorge Luis Borges. Verdad y mentira, gloria y pecado se confunden en los anaqueles de un laberinto oscuro, lleno de espejos y trampas:

“—De modo que, salvo dos personas, nadie entra en el último piso del Edificio…
El Abad sonrió:

 —Nadie debe hacerlo. Nadie puede hacerlo. Y, aunque alguien quisiera hacerlo, no lo conseguiría. La biblioteca se defiende sola, insondable como la verdad que en ella habita, engañosa como la mentira que custodia. Laberinto espiritual, y también laberinto terrenal. Si lograseis entrar, podríais no hallar luego la salida.”


“Para aquellos hombres consagrados a la escritura, la biblioteca era al mismo tiempo la Jerusalén celestial y un mundo subterráneo situado en la frontera de la tierra desconocida y el infierno. Estaban dominados por la biblioteca, por sus promesas y sus interdicciones. Vivían con ella, por ella y, quizá, también contra ella, esperando, pecaminosamente, poder arrancarle algún día todos sus secretos. ¿Por qué no iban a arriesgarse a morir para satisfacer alguna curiosidad de su mente, o a matar para impedir que alguien se apoderase de cierto secreto celosamente custodiado?”

Además, la existencia de la Biblioteca da pie a interesantes reflexiones acerca de la relación entre libro y lector:

 
“Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables.”

La historia es contada en primera persona por Adso de Melk, décadas después de sucedidos los hechos. En su relato transmite un gran amor y admiración por su maestro, un Guillermo de Baskerville que, al igual que Sherlock Holmes posee una mente analítica, capaz de examinar y ordenar los hechos para llegar a la verdad, aunque las condiciones en las que va a efectuar sus indagaciones distan mucho de ser las ideales. En primer lugar la auténtica misión de Guillermo es política. Se trata de preparar una entrevista entre los delegados del papa Juan XXII y los representantes de una rama de los franciscanos que podría declararse herética: los espirituales, que cuentan con el apoyo del emperador, aunque este amparo tenga más razón de ser en las luchas por el poder espiritual que en convencimientos teológicos. Además, cuenta con la hostilidad de buena parte de los habitantes del monasterio. 

Bajo la fina capa de virtud y armonía de la convivencia de los monjes laten envidias, deseos carnales y conflictos soterrados. El recién llegado franciscano tiene que ponerse al día con todo ello e investigar una serie de asesinatos que parecen basarse en el libro del Apocalípsis: otra de las obsesiones de la época era la llegada inminente del fin de los tiempos. Otro de los grandes debates profundizaba en la cuestión de la pobreza de Cristo, acerca de si ésta circunstancia debía aplicarse a la iglesia que él fundó, lo cual implicaría el desprendimiento de sus riquezas (idea de la que bebieron numerosos grupos heréticos) o si dichas riquezas eran un necesario reflejo de la gloria divina.

La novela de Umberto Eco combina muy bien su estructura policial con su vocación filosófica y teológica, ofreciéndonos un cuadro muy didáctico de las preocupaciones de los religiosos de la Baja Edad Media, una época en la que el cristianismo llevaba siglos asentado como religión preponderante e incontestable en occidente. El mismo Guillermo cuenta con un pasado como inquisidor, del que se avergüenza, porque él íntimamente cree que solo puede conseguirse llegar a la verdad a través de la tolerancia entre culturas y diferentes formas de pensar. El mundo es también una gran Biblioteca y los conflictos que lo oprimen terminan favoreciendo a los fanáticos, como su gran enemigo, el dominico Bernardo Gui, tenebroso inquisidor que quiere reforzar el poder papal a través del miedo. El miedo es uno de los grandes sustentadores de la religión. Las gentes simples deben tener presente en todo momento la posibilidad de un infierno eterno para que obedezcan sin condiones. Por eso la risa y el capítulo de la Poética que Aristóteles le dedicó son tan peligrosas:


“La risa distrae, por unos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios.”

La versión cinematográfica de Jean-Jacques Annaud, que popularizó todavía más la novela, recoge perfectamente el ambiente siniestro de la abadía medieval. Entre su acertado elenco de actores destaca sobremanera la interpretación de Sean Connery, quizá la mejor de su carrera, puesto que hace suyo a Guillermo de Baskerville, tanto que el lector de la novela no puede imaginarlo con otro rostro. Es lógico que la película se centre más en la trama policial, la parte más cinematográfica de la narración, pero no descuida algunos aspectos teológicos aunque, lógicamente, tenga que exponerlos muy resumidos. Un perfecto complemento a la lectura del libro de un Umberto Eco que jamás volvería a alcanzar el nivel narrativo de esta novela.