lunes, 27 de mayo de 2013

LLUVIA PÚRPURA. LOS RELATOS DE BEGOÑA RAMÍREZ Y FRANCISCO JAVIER MARTÍN.


Conocí a Begoña y Francisco Javier cuando comencé a asistir, hace unos años a la tertulia literaria en la Casa de las Palabras, en Nerja. Soliamos reunirnos todos los miércoles por la noche para leer los relatos que habíamos escrito en los días precedentes, basados en los temas elegidos la semana anterior. Solían ser reuniones muy divertidas, en las que uno rebajaba las tensiones del día a través de la literatura. Era habitual escuchar narraciones muy bien escritas y de contenido muy interesante. Basándose en estas premisas, hoy día funciona la tertulia Entrelíneas, que sigue reuniéndose casi todos los viernes en el Centro Clara Campoamor de Nerja.

Lluvia púrpura surge de estas experiencias. Siendo una pareja con las mismas inquietudes literarias, Begoña y Javier han decidido reunir una selección de sus mejores cuentos en un volumen que prologa el también escritor José Guerrero Ruiz. He aquí el texto que leí como presentación el viernes pasado en la biblioteca:

"Lluvia púrpura es un libro escrito a dos manos, insertando alternativamente un cuento de cada uno de ellos en sus páginas, dando lugar a un experimento muy interesante. Es como ser testigo de un partido de tenis en el que los contendientes gozaran de idénticas fuerzas y cuyos raquetazos no estuvieran destinados a vencer al otro, sino a que le devolviera la pelota de la forma más espectacular posible: un partido de tenis cooperativo, cuyo premio es la literatura.
En palabras del prologuista, José Guerrero:


“Begoña y Fco Javier asumen la loable tarea de ir modelando, golpe a golpe, beso a beso, frase a frase, suspiro a suspiro, un policromado abanico de aventuras y personajes reales en los relatos, en una esplendorosa lluvia de sensaciones y matices, donde prevalece el color púrpura, una lluvia única con tintes violáceos y morados, que se desvive por regar los campos, las membranas cerebrales y las raíces más hondas de la existencia, haciendo brotar con nueva savia las exigencias más genuinas del ser humano, tales como lealtad, solidaridad, hidalguía en entregas altruistas, por amor al arte, en pro del disfrute de la humanidad, exhalando puntuales dosis de bienestar anímico, esperanza, sosiego, cordura (…)”


Los cuentos de Begoña gozan de un aliento poético, son fábulas de una gran observadora de los males de nuestro tiempo: denuncia las injusticias cotidianas y las hipocresías del poder, sin olvidar nunca los conflictos íntimos, que son a la postre los pequeños estímulos que hacen avanzar a la humanidad. Son relatos breves, en los que se condensan vidas que han de ser redimidas. A Francisco Javier, siendo también un filósofo, le interesa más la historia (no hay más que leer su magnífica novela La muerte roja, ambientada en la Almuñecar del Imperio Romano) acercándose a menudo al pasado árabe de Al-Andalus. Sus relatos siempre sorprenden por su originalidad: es capaz de ser esotérico e irónico a la vez, pero siempre profundamente humano.


La meta de estos dos grandes escritores es la misma que la de la tertulia en la que participan, Entrelíneas, que la literatura no es una actividad reservada a las élites, sino que está al alcance de todos y que, ejerciendo la escritura como una actividad a la vez íntima y social, al final podemos aportar nuestra pequeña rama al gran árbol de la literatura."

La lectura de algunos de sus cuentos (estupendamente interpretados por nuestra compañera Cecilia) fue el momento culminante de un acto seguido con un gran interés por el público asistente, que pudo constatar la calidad literaria de los escritos de esta pareja granadina, capaces de construir un cuento a partir de prácticamente cualquier tema o anécdota. Nos contaron sus secretos para ser tan prolíficos y recordamos algunas anécdotas de los tiempos en los que yo acudía a Nerja. Terminamos el acto con el compromiso de reunirnos ambos grupos algún viernes en el centro Clara Campoamor y participar en la tertulia en una terracita frente al mar. 

lunes, 20 de mayo de 2013

LA CABEZA PERDIDA DE DAMASCENO MONTEIRO.


  Cuando un autor muy reconocido, como es el caso de Antonio Tabucchi, aborda el género policiaco (o "criminal") siempre se arriesga a recibir críticas tanto de sus seguidores de siempre, un tanto desorientados, como de los amantes del género, muy exigentes en cuanto a las características propias del género.
  
  Eso ha sucedido un poco durante nuestro encuentro con esta novela, que nadie ha calificado de mala ni aburrida, pero que hemos preferido discutir a partir del tema central del argumento: cómo la sociedad civil se enfrenta al abuso de poder de las autoridades, en este caso, una trama de corrupción policial. Tabucchi introduce un personaje que lleva adelante la mayor parte de la tarea “filosófica” con sus disertaciones a la vez rupturistas y escépticas. 

   A fin de ilustrarnos un poco, el debate abordó el tema, presentado por el personaje “filosófico” de la novela, de la “Grundnorm”, un concepto de teoría jurídica inventado por el sabio Hans Kelsen, que en el argumento de la novela, y referido al crimen cometido contra un pobre inocente por unos policías corruptos pertenecientes a la poderosa Guardia Nacional portuguesa (equivalente, más o menos, a la Guardia Civil española o a la Gendarmería francesa), vendría a ser algo “auténticamente kafkiano, es la Norma que nos enreda a todos y de la cual, aunque le pueda parecer incongruente, se deriva la prepotencia de un señorito que se cree con derecho a azotar a una puta. Las vías de la Grundnorm son infinitas (…) la Guardia Nacional es una institución militar, se trata precisamente de una perfecta encarnación de la Grundnorm”. Lo que nos lleva a comprender que estamos hablando de algo parecido a la “Razón de Estado” y lo que supondría el necesario abuso de ciertos estamentos de poder a fin de que se mantenga la solidez del sistema legal.

  Y como nosotros no somos ni teóricos juristas, ni ciudadanos portugueses, pero sí españoles, el asunto nos dio para un intenso debate y las correspondientes escépticas conclusiones.


Francisco Martín.

martes, 14 de mayo de 2013

LOS PUENTES DE MADISON.



El lector que se asome a Los puentes de Madison Country, la novela de Robert James Waller, buscando la misma magia que transmite la adaptación cinematográfica de Clint Eastwood seguramente se sentirá decepcionado. La de Waller es una narración muy convencional e incluso el proceso de enamoramiento que describe es poco creible. Algunas de sus escenas son memorables, pero no por su intensidad literaria, sino por los excesos descriptivos en los que incurre:

"Por Dios, ¿qué había en ese hombre? Era como un ser de otro planeta que hubiera llegado en la cola de un cometa y hubiera caído en el extremo de un sendero."

Y esta otra:

"Ella, que desde hacía años no tenía orgasmos, los tenía ahora en largas secuencias con ese ser que era mitad hombre y mitad otra criatura. Francesca se preguntaba cómo él resistía tanto, y Robert le dijo que podía llegar a los orgasmos de la mente lo mismo que a los físicos, y que los orgasmos de la mente tenían un carácter especial."

Uno de los secretos por lo que la película es tan recordada es la capacidad de sus dos grandísimos intérpretes para transmitir emociones. Robert y Francesca son dos seres con vidas convencionales, de ahí el secreto de la credibilidad de su historia amorosa. Robert es un solitario que se gana la vida como fotógrafo y que está convencido de que su encuentro con Francesca es una ocasión excepcional que se da solo una vez en la vida. Ella es una madre de familia que ha tenido que renunciar a muchos de sus sueños a cambio de una vida apacible en la idílica Iowa, donde impera una mentalidad conservadora que condena a aquel que se atreve a salirse de las convenciones. Francesca se enamora profundamente de Robert en los cuatro días que pasan juntos y estos cuatro días son los que van a dar sentido al resto de su existencia. Todo sería más fácil si Francesca fuera una mujer maltratada o meramente infeliz, pero lo cierto es que no puede quejarse de su vida, de su marido o de sus hijos y escaparse con Robert significaría condenarlos a una cruel estigmatización social.

Esta es la tragedia de Los puentes de Madison. Un hombre y una mujer que se encuentran, comprenden que se necesitan el uno al otro y no pueden estar juntos. La historia en la que se basa podía haber dado lugar a una película cursi y sentimentaloide y sin embargo Eastwood le imprime un caracter íntimo y humanista, muy acorde con los paisajes de Madison Country que muestra con una preciosa fotografía. Bien es cierto que si el amor de Robert y Francesca es puro y perfecto es porque ha durado tan solo cuatro días y no ha estado sometido al desgaste de lo cotidiano. A ellos dos les hubiera gustado tener la oportunidad de ponerlo a prueba, pero al menos, como consuelo, construyen una mitología íntima en la que esos días son sagrados y su enamoramiento adquiere un carácter metafísico y, por ello, imborrable. 

lunes, 29 de abril de 2013

ADIÓS, PEQUEÑA, ADIÓS. JUSTICIA Y PATERNIDAD.


Al terminar la proyección de esta película sucedió algo muy curioso: el dilema ético que plantea en su tramo final dejó a más de uno pensativo y seguidamente comenzó un apasionado debate en el que los conceptos de ley y moral tuvieron un gran protagonismo.

Adiós, pequeña, adiós, fue la primera película de Ben Affleck, el ganador del Oscar de este año con Argo. El escritor Dennis Lehane, en cuya novela se basa la película, parece obsesionado por la cobardía que supone la agresión a los más débiles, los niños, por los traumas infantiles que marcan para toda la vida y que dejan a los hombres indefensos para afrontar el futuro. La presentación que propone Affleck, con imágenes, música y comentarios de una voz en off, de un barrio pobre de Boston, es magnífica. Parece que nos esté enseñando un escenario donde todo es posible, donde el mal está omnipresente, pero también existe un pequeño espacio para la decencia, una ciudad que también será escenario de su segunda película.

Este es uno de esos raros casos en los que la adaptación cinematográfica resulta de mucha más calidad que la novela en la que se basa. Desapareció una noche, de Dennis Lehane es la cuarta novela del ciclo protagonizado por los detectives Kenzio y Gennaro, que con pareja profesional y sentimentalmente. Si bien la trama de la película es compleja y hay que prestar mucha atención para poder armar todos las piezas del rompecabezas, en la novela lo es aún más y a veces la proliferación de datos, personajes y vueltas de tuerca se convierte en excesiva para el lector, algo que es solventado en buena medida por la gran interpretación de casi todos los actores en la película, entre los que destacaría especialmente a Amy Ryan, absolutamente verosímil en su papel de madre descuidada y drogadicta, que trata a su hija más como un objeto, a veces adorable, a veces incordiante, que como la persona necesitada de amor que es.

Para conducir un coche necesitamos sacar un carné, para ejercer ciertas profesiones necesitamos un título e incluso hay que hacer un examen para estar autorizados a manipular alimentos en ciertos oficios. Pero padres o madres podemos ser cualquiera de nosotros, sin más autorización que el devenir natural de las cosas. Es una paradoja. Pero también es un derecho que solo puede ser revocado en casos muy graves. De eso, entre otras cosas, trata, Adiós pequeña adiós, sobre la injusticia que supone nacer en determinados ambientes, ser hijo de padres irresponsables que no fueron capaces de dilucidar las consecuencias de traer una nueva vida al mundo a la que condenan a una vida de podredumbre muy parecida a las suyas propias.

sábado, 20 de abril de 2013

LA TABERNA DE EMIL ZOLA



La taberna de Emil Zola.
Zola da una lección de escritura sin concesiones y buen hacer en esta novela. Para ello sigue a unos personajes- en realidad, a un personaje: Gervasia y los que con ella se relacionan- en su intento de integración social, su fracaso y el viaje a los infiernos en su fallido paso por la vida. Zola hace todo esto mostrando, nunca moralizando. Lo cual hace la novela asombrosamente moderna.
Gervasia se nos muestra, al principio de relato, viviendo (malviviendo) con Lantier del que tiene dos niños de 4 y 7 años. Lantier es un crápula que, después de dilapidar hasta el último franco que les queda, la abandona por otra. Gervasia sobrevive de su trabajo para mantenerse ella y los chicos. Pero no consigue zafarse ni en su corazón ni, posteriormente, de su vida de Lantier.
No sin recelos, aunque tampoco con mucha oposición, la protagonista entra nuevas relaciones con Coupeau, con el que contrae matrimonio. Es este un joven obrero que no tiene, en principio, nada que ver con el carácter bebedor y juerguista de su anterior compañero. Aunque Coupeau ya apunta maneras de su carácter pusilánime en la relación apocada que mantiene con su familia (por cierto: ella siente verdadera aversión hacia esta familia, ejemplo de embrutecimiento, a lo largo de toda la novela).
Esta laxitud del carácter de Coupeau muestra sus fatales consecuencias cuando se presenta la ocasión. Esta surge cuando, tras un grave accidente laboral, se ve obligado a un largo periodo de inactividad, permaneciendo en casa bajo los cuidados de Gervasia- gracias a cuyo esfuerzo y determinación se recupera-, pero al final de la convalecencia, él hombre de hogar que era, empieza a frecuentar las tabernas en compañía de Lantier, también antiguo conocido de él.
Esta relación con Lantier es fatal para el matrimonio Coupeau: él, que supuestamente detestaba a quienes bebían, termina alcoholizado e incapaz de volver al trabajo; ella, vuelve a ser la amante del “tío” que la dejo abandonada y en la ruina, y además queda como la única que puede aportar, como sea, algo de dinero para mantener la familia.
De aquí en adelante todo es degradación y marcha hacia el abismo.
Mi conclusión de lector, porque esta novela está entre las que obliga a cada lector a sacar sus propias conclusiones-como debe ser-, es que Zola nos muestra a través de las paginas de su obra los tres grandes pilares que conducen a la perdición de ciertas   personas.
Primero, la falta de carácter, que acabo de describir.
Segundo, la ignorancia y la falta de educación que impiden que estas personas reaccionen contra el medio que las degrada y envilece. La ignorancia queda magistralmente expuesta por el escritor de una forma tragicómica- la ignorancia no deja de ser una forma de vida- cuando, para hacer tiempo hasta la hora del banquete, la comitiva de boda de Gervasia y Coupeau visita un museo. El autor lo resume con esta frase, “siglos de arte pasaban ante su ignorancia estupefacta.”
La falta de preocupación, o mejor dicho, la despreocupación por la educación, aunque latente en toda la novela, nos es arrojada al primer plano cuando la protagonista mantiene relaciones sexuales sin tener en cuenta para nada la presencia de su hija pequeña en la misma habitación. La pequeña Naná, que años más tarde hubiera sido una estupenda candidata para el diván de Freud, pronto acusa estas carencias educativas.
 Podemos pensar, en principio, que esta es una magnifica novela costumbrista: no creo que haya tratado histórico mejor documentado sobre oficios y modos y maneras de la clase obrera de la época. Pero también es una gran obra realista, la prostitucíon, y el abandono y embrutecimiento total en el alcohol y otras “sustancias”- aunque sea el ocasional de fin de semana- sigue siendo una lacra que afecta a todas las sociedades actuales. Y, según dicen ellos, uno de los primeros motivos de preocupación de gobernantes y educadores. (Se gastan, o por lo menos se han gastado antes de la crisis, cuantiosas sumas de dinero en tratar de averiguar que importancia tiene el medio y cual la determinación genética en estos comportamientos, pero esa es otra historia).
Mientras tanto, cuando todo falla, nos sigue quedando la vieja metáfora de la perdición: la taberna. Como así lo canta el maestro J. Sabina “...y volví a la perdición de los bares.”      

martes, 19 de marzo de 2013

NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES. Visita guiada


         La riqueza histórica y patrimonial del Convento Nuestra Señora de los Ángeles es tan importante para la historia de Málaga como desconocida para nosotros, sus habitantes, y singularmente para los que vivimos o trabajamos en Miraflores de los Ángeles, enclave del que recibe su nombre.
        
          Con el objetivo de provocar un conocimiento y a la vez una cercanía, la asociación de amigos de la biblioteca organizó una visita guiada el pasado viernes.
             
          Miguel A. García Grassot, conocedor apasionado del patrimonio de Málaga, se ofreció a actuar de guía,  papel que ejecutó magistralmente.
            
          La historia se remonta a la figura de Diego Torres, descendiente directo de uno de los capitanes de los reyes católicos que conquistaron la ciudad, que tuvo el cargo de regidor de Málaga, y que cede un terreno de su propiedad para un convento franciscano. Para esta familia se instituyó el Condado de Miraflores, que aún se conserva.
             
          Construida en 1585 en el lugar donde la tradición situó los enterramientos de los mártires Ciriaco y Paula,  la iglesia se realizó sobre planta renacentista,  y cuenta con iconografía del siglo XVII, imágenes de San Francisco abrazando a Cristo, de San Buenaventura y Santa Clara, y pechinas de la cúpula con retratos de pontífices franciscanos.
            
          Destaca en el conjunto el retablo barroco del XVII-XVIII.
            
          En el 1836, con la desamortización, el monumento se convierte en manicomio, y desde 1893 es asilo.
             
          Desde entonces está dirigido por un  Patronato, y en las buenas manos de su Directora Cristina Rueda, que nos brindó una calurosa acogida, y nos abrió las puertas para sumarnos a su sostenimiento, especialmente en estos momentos de especiales dificultades.
                     http://www.facebook.com/#!/AmigosDelAsiloDeLosAngeles/info




sábado, 9 de marzo de 2013

LOS PECES DE LA AMARGURA. FERNANDO ARAMBURU Y LOS DELIRIOS DEL NACIONALISMO.


¿Es verdad que se ha acabado ya el terrorismo de ETA? ¿Qué no va a haber más víctimas, que estamos camino de una reconciliación total? Respecto a la primera pregunta, todos esperamos que la respuesta sea positiva. Respecto a la segunda, los cuentos de Fernando Arramburu nos demuestran que las víctimas siguen siéndolo muchos años después de haber experimentado las amenazas y la violencia en sus propias carnes o en la de sus seres queridos.

Los personajes de Arramburu se mueven como peces fuera del agua, en permanente angustia, encerrados en un círculo de afrentas milenarias que no se acaban nunca, alimentando artificialmente un conflicto cuya auténtica razón de ser, a poco que se examine con frialdad, es el mantenimiento de un status quo que privilegia el victimismo nacionalista, la lógica de la afrenta permanente, la búsqueda de una pureza imaginaria, de un paraíso perdido que nunca existió. Para aquellos que se definen a sí mismos como vascos auténticos, los que piensan distinto, los que tienen unos orígenes raciales distintos, y viven en Euskadi, son opresores. La primera tarea del nacionalismo radical es la de definir las características del buen vasco. Seguidamente se trazará una firme línea divisoria entre buenos y malos. Los que estén al otro lado de la línea serán considerados enemigos y quienes estén a este lado y se desvíen del camino correcto serán estigmatizados.

En uno de los mejores relatos de este libro magnífico un habitante de un pequeño pueblo, de apellido y costumbres inequívocamente vascos intenta redimirse ante sus vecinos por haber tenido una pequeña debilidad con el enemigo, quizá porque erróneamente los trató por unos segundos como seres humanos. No hay perdón para el hereje en este ambiente social opresivo que tanto se parece en algunos aspectos a la Alemania del nazismo: la lucha del pueblo elegido contra los considerados diferentes o incluso inferiores, que contaminan la pureza milenaria de un Estado que no puede ser plural, sino homogéneo.

El ambiente de la Euskadi que describe Arramburu se parece mucho al de Irlanda del Norte que tantas películas no ha descrito: una atmósfera asfixiante donde absolutamente todos los actos de la vida de la persona tienen significado político y todo el que se desvie un ápice de lo consignado será considerado sospechoso. Cuando el terrorista mata a un concejal de un partido españolista no está comentiendo asesinato sino que su mano está ejecutando la justicia del pueblo, que es la verdadera víctima del conflicto. Es la misma lógica que la del violador que alega en su defensa que su víctima le provocó y no pudo evitar agredirla. Lo que sucede es que prácticamente nadie va a dar crédito al violador, pero en el caso del terrorista será considerado un héroe por muchos de sus conciudadanos, que ignorarán el infierno de la madre del muerto para centrarse en el purgatorio de la del asesino, que debe viajar muchos kilómetros cada vez que quiere visitar a su hijo en la cárcel.

Los relatos de Fernando Arramburu tienen el acierto de describir el conflicto vasco desde todos los ángulos: desde quien lo sufre indirectamente, con una mezcla de congoja y de fastidio, hasta quien lo sufre directamente en sus carnes, pasando por quienes se benefician del mismo. Pero su mirada intenta transmitir ante todo el dolor de aquellas víctimas inocentes que ven rota su vida por culpa de este enorme malentendido que es ese nacionalismo radical que todo lo impregna de desconfianza, de miedo y de odio, definido estupendamente en su libro El mito nacionalista por Fernando Savater, ese vasco que ha sabido siempre plantar cara valientemente a la amenaza terrorista:

"(...) el nacionalismo no es un sentimiento, sino una ideología política. El nacionalismo no habla de amores, sino de quien debe mandar y cómo ha de organizarse una sociedad: de modo que convierte la pertenencia étnica en base y orientación de la participación democrática. Del sentimiento de amor al propio terruño no se deriva forzosamente la ideología nacionalista, del mismo modo que el incesto no es una consecuencia inevitable del amor filial: en ambos casos se trata de desbordamientos morbosos y probablemente indeseables. (...) Como ha señalado con razón y gracia Julián Marías, uno puede saberse perteneciente a una nación sin ser nacionalista, lo mismo que puede tener un apéndice sin padecer apendicitis."

Sin duda las heridas en el País Vasco tardarán en curar, sobre todo porque ETA todavía no ha pedido perdón por provocar tanto sufrimiento innecesario y porque si ha abandonado su campaña de asesinatos no ha sido por una conversión milagrosa a las fórmulas pacíficas, sino porque estaba perdiendo la guerra que había declarado al Estado español. Esperemos que a partir de ahora la paz no sea un término maleable en bocas interesadas, sino un auténtico sentimiento que incluya a todos los habitantes de ese territorio, tengan la ideología que tengan y provengan de donde provengan. Ya era hora de terminar con las consignas vociferantes y empezar a escuchar discursos razonables.