Andy y Hank Hanson son dos hermanos con vidas muy diferentes. Andy (Philip Seymour Hoffman) ocupa un puesto directivo en una inmobiliaria. A pesar de su aparente vida acomodada, esconde varios secretos que, si no lo remedia, pronto acabarán saliendo a la luz: se queda con el dinero destinado a la Seguridad Social de las nóminas de los trabajadores y es adicto a la heroína. Vive junto a Gina, una mujer florero con la que comparte una vida sexual cada vez más decadente. A pesar de todo, Andy mantiene la compostura y espera resolver sus problemas ejecutando un plan junto a su hermano. Hank posee un carácter mucho más retraído, quizá porque sus circunstancias vitales son más duras, si cabe. El hermano menor ha pasado por un proceso de divorcio y como consecuencia del mismo, ha de destinar buena parte de su escueto salario a pagar la pensión alimenticia de su hija. Su ex esposa le recuerda cada vez que lo ve que es un fracasado y él tiene asumida dicha condición. Por eso, cuando Andy le propone una solución que supone quebrantar la ley, no se lo piensa demasiado: quien no tiene mucho que perder, no arriesga mucho.
El plan de Andy es tan sencillo como insólito: consiste en atracar la joyería de sus padres, en la que ambos trabajaron hace años. En teoría se trata de un proyecto perfecto: cuentan con que en la tienda se encuentre una mujer casi anciana, empleada por los padres, que no opondrá la más mínima resistencia. Pero, como dice el refrán, el diablo está en los detalles. Todo sale mal desde el principio, porque dejar el atraco en manos de Hank es una mala decisión, sobre todo si este dedice subcontratarlo.
En cualquier caso, tan importante como la poderosa narrativa que imprime Sidney Lumet a este filme son las reflexiones que conlleva. Porque al final las decisiones vitales que tomemos pueden llevarnos al desastre o salvarnos. Claro que también está el factor suerte. Una suerte que los hermanos Hanson se atreven a tentar de una manera totalmente irresponsable. Hank se verá perdido desde el principio, desesperado e intentando huir de la realidad. Andy, a pesar de todos los desastrosos contratiempos que se van acumulando a su plan, cree tenerlo todo bajo control, seguramente por la influencia nefasta de su adicción a la heroína. Antes que el diablo sepa que has muerto nos dice que el mal cotidiano puede irrumpir en el momento menos pensado en la vida de gente inocente, como la madre de los protagonistas, y reclutar para sus filas a los débiles de espíritu, incapaces de decir no a la tentación. Sobre todo en una sociedad como la estadounidense, en la que es tan sencillo hacerse con armas de fuego. Lo cierto es que a los pobres hermanos Hanson no se les concede ni media hora en el paraíso.
domingo, 13 de diciembre de 2015
lunes, 9 de noviembre de 2015
Matar a un ruiseñor, de Harper Lee
La autora Harper Lee nos traslada al estado de Alabama, a un pueblo imaginario “Maycomb”, durante la gran depresión americana. La historia tiene como narradora a Scout Finch una niña huérfana de seis años que vive con su padre Atticus, un respetable abogado, su hermano Jem y el ama de llaves Calpurnia.
La
novela tiene como hilo conductor un hecho real ocurrido en 1936, la violación
de una chica blanca a manos de un hombre negro y sirve para contar desde la
perspectiva de una niña la historia de su infancia (que la autora delimita en
un periodo de 3 años) y que tiene un marcado carácter biográfico.
El
relato se inicia en el transcurso de un verano con las “aventuras” de Scout,
Jem y su recién conocido vecino, otro niño de su edad Dill, haciéndonos vivir sus
sentimientos, sus fantasias, su visión
sobre sus familiares, vecinos o compañeros de clase. La fascinación y el miedo
que produce a los niños su vecino Boo Radley, que no ha salido de su casa en
años y sobre el que existe un silencio tácito entre los vecinos (al parecer
debido a algún tipo de enfermedad mental) enciende la imaginación de los niños.
La narración nos muestra la visión de una niña inteligente y sensible.
La
educación y los conocimientos que le transmite su padre Aticus muy superiores a
los de los otros niños y que incluso su profesora le recrimina por entenderlo
inadecuado para una niña de su edad, nos descubre la sociedad llena de
prejuicios en la que vive. Solo con su amigo Dill con el que tiene una gran
complicidad (se refiere a su amigo de la infancia Truman Capote) deja correr
libremente sus fantasías y se puede mostrar como realmente es.
A lo largo de esos años va
descubriendo el racismo de sus vecinos contra los ciudadanos afroamericanos,
prejuicios de todo tipo, la diferencia de clases sociales, la crudeza de la
vida. La inocencia que va quedando atrás, va dando paso a la adolescencia. Su
hermano Jem será el artífice de este paso.
Su
padre Atticus será quien represente los más altos valores del individuo, la
honestidad la integridad la valentía. Decide actuar como abogado defensor de un
ciudadano negro Tom Robinson, acusado de violar a una mujer blanca por lo que
debe enfrentarse a los insultos y la incomprensión de sus vecinos blancos, los
niños sufrirán también ese acoso.
Atticus, llega incluso a
defender con su vida al condenado, que iba a ser linchado por los vecinos antes
de la celebración del juicio. Scout y Jem a acuden en ayuda de su padre y
consiguen dispersarlos.
Aunque
queda casi demostrada su inocencia, Tom es condenado pero deja en evidencia a
la víctima, lo que provoca la venganza del padre de esta, Ewell. Tom condenado
y desesperado intenta huir, recibe un disparo y muere.
El
desenlace provoca tanto en Jem como en Scout la perdida de fe en la justicia
que tanto les había inculcado su padre.
Jem
y Scout son atacados por Ewell, que sorprendentemente son defendidos por Boo
Radley. (al que finalmente llegan a conocer y a comprender)
Ewell
muere en el incidente y no queda claro cuál de los dos ha sido sí Jem o Boo. La
honestidad de Atticus le lleva incluso a culpabilizar a su hijo y que fuese
sometido a juicio.
La mediación del sheriff, hace
a Atticus reflexionar, llegan a la conclusión de que lo correcto sería aceptar
la muerte accidental de Ewell.
La
novela aborda un tema muy delicado para la época. El racismo y los prejuicios
en contra de los ciudadanos afroamericanos, que estaba muy extendido en el sur
de EEUU. Aunque trata también otros como la destrucción de la inocencia, la
amistad.
Una
economía rural dominada por blancos que ejercía el dominio político y social
sobre los ciudadanos negros, privados de todos los derechos y con un sistema
judicial sin garantías.
El
trasfondo autobiográfico queda patente, ya que su padre también abogado
defendió a dos hombres negros, y la figura de Dill, amigo de los niños, de una
gran imaginación coincide con la vida real de Truman Capote. Al igual que en la
novela un ama de llaves negra( en la novela Calpurnia) acudía diariamente al
hogar de los Lee.
Pese
a que la madre de Lee murió cuando ella tenia 25 años, padecía una enfermedad
que la volvía mental y emocionalmente ausente lo que pudo inspirar el personaje
de Boo. Tenía un hermano llamado Ewin quien como Jem era 4 años mayor que ella.
Nacida
en 1926 Harper Lee creció en la localidad sureña de Monroeville, Alabama donde
entablo una estrecha amistad con su vecino de los veranos Truman Capote.
En
la universidad escribió en distintas revistas y periódicos, publicando relatos
sobre injusticia social, un tema raramente mencionado en los campus de la
época.
Más
tarde se trasladó a Nueva York donde comenzó a escribir ensayos y pequeños
relatos sobre la gente de Monroeville, su pueblo natal. Allí ejerció periodismo
y junto a Truman Capote se recorre el territorio donde se iba a desarrollar la
novela, tomando anotaciones que posteriormente también servirían a Capote para
su obra.
En
principio una primera versión de la novela es rechazada por el editor, por
considerarla poco comercial, lo que la hace modificarla (aunque ella diría que
se trataba de otra novela diferente).
Finalmente
Lee empleó dos años y medio en escribir matar a un ruiseñor su única novela, el
libro se publico en 1961 consiguiendo el premio Pulitzer. Se comentó que la
obra había sido escrita por Capote, lo que este no desmintió. Quizás fue eso lo
que acabó con la amistad entre ambos escritores.
Está
considerada como un clásico de la literatura americana del siglo XX. Desde el
primer momento tiene un gran éxito y en 1962 es llevada al cine por Robert
Mulligan consiguiendo varios Óscar.
Lee disfrutó de una gran popularidad en los años
posteriores a la publicación de la novela, declara sentirse abrumada por tantas
entrevistas y premios, no soporta el éxito, se retira, y no vuelve a escribir.
En 2015 se publica la secuela de matar a un ruiseñor
con el titulo de “Ve y pon un centinela”, que según parece se trataría de la
recuperación de la primera versión que no llego a publicar.
María José Bernal Enjuto
sábado, 7 de noviembre de 2015
MATAR A UN RUISEÑOR
MATAR A UN RUISEÑOR
Como veo que
han pasado los días y nadie se ha decidido a insertar un comentario sobre el
gran Atticus lo hago yo, aunque sea un poco a destiempo, la reunión del club fue
el 23 de octubre.
Matar a un ruiseñor, estamos ante una novela considerada
un clásico moderno. Como todo clásico trasciende lo puramente local y temporal
para tocar cuestiones, valores y prejuicios de siempre. Por unanimidad, con
algún matiz, ha gustado a todos, lo que no es muy bueno para el debate pero si
para la obra.
Argumento,
para quienes todavía no hayan leído la novela, la acción transcurre en el
profundo sur de Estados Unidos,
concretamente en la ciudad de Maycomb, capital del condado del mismo nombre
(Alabama).Corren los años de la Gran Depresión. Allí vive Atticus, viudo con
dos hijos, un chico Jem, 12 años y una chica, Scout, 8 años. La niña es la
narradora de la novela, gran acierto pues mezcla la curiosidad infantil con la
inocencia propias de su edad; refrendada, por el inicio en los valores y los
conflictos de los adultos a los cuales ella no llega, por el personaje de su
hermano. Pero el gran personaje de la novela es sin duda Atticus. Él ejerce en esta ciudad como abogado. Es de los primeros
que tienen que ganarse la vida al margen
de la plantación familiar y, gracias a tener estudios, lo hace con una profesión
que le da una relevancia social privilegiada. Cuestión esta de la que él tiene
clara conciencia.
En este
ambiente, de pocos de clase social que no tengan que ganarse la vida con el
trabajo de sus manos, donde la mayoría de los blancos son campesinos pobres y
de una población negra que no cuenta socialmente para nada, es donde
transcurre, en cierta forma placentera, la vida de Atticus.
Cuando el
juez local le nombra abogado de oficio en la defensa de un negro, sabedor el
juez de que, aunque no gane, es el único capaz de mover un poco la tierra bajo los pies de sus conciudadanos blancos,
es cuando se nos muestra la verdadera dimensión del personaje. Atticus sabe que
es una causa perdida de antemano; aunque todas las pruebas apuntan a la
inocencia del hombre, no hay jurado en la ciudad, donde solo los hombres
blancos pueden ser miembros, que
absuelva a un hombre negro acusado de la violación de una mujer blanca. Él no quería un caso
así, es algo que le han endilgado, “tarde o temprano surge un caso así en la
carrera de todo abogado”. Pero una vez dentro, pone toda su pericia y empeño en
la defensa de este hombre.
Esto es lo que convierte, según el
entender de este lector, en grande a
Atticus: hace lo que debe hacerse, sin discursos ni alharacas. Ya se sabe,
si lo correcto va contra la ignorancia y los prejuicios e intereses, siempre
hay un coste. Pero él lo tiene claro, la posición preeminente que ocupa en la
sociedad le permite y le exige, según su propia concepción, ser fiel a este principio, con el que intenta educar a
sus hijos: una
persona debe hacer lo que está bien porque sabe que es lo que está bien, sin más.
La novela es
de una gran complejidad en su aparente sencillez. La autora hace lo que toda gran obra: nos muestra a los personajes,
deja que se vayan construyendo ante nuestros ojos con sus acciones .Esta es la parte que no se puede resumir
de los clásicos, solamente podemos apreciarlos y disfrutarlos leyéndolos.
FRANCISCO TORRES DOMÍNGUEZ
FRANCISCO TORRES DOMÍNGUEZ
MEJOR... IMPOSIBLE, DE JAMES L. BROOKS.
A primera vista, Mejor.. imposible, no parece más que un mero vehículo de lucimiento de Jack Nicholson. Y hay parte de verdad en esta afirmación, porque el papel protagonista parece escrito para él, pero afortunadamente la película de James L. Brooks cuenta con muchos más ingredientes, entre los que destaca un guión excelente, optimista y con abundantes dosis de comedia, pero mucho más complejo de lo que parece a primera vista.
Melvin Udall es un enfermo. Padece un severo transtorno obsesivo-compulsivo, es decir, su mente alberga habitualmente ideas obsesivas que le causan una angustia permanente, por lo que debe realizar actos un tanto insólitos para intentar liberarse de ellas: lavarse las manos con un jabón distinto cada vez, pasear sin pisar las líneas de la acera y, en lo posible, seguir rutinas estrictas en su vida cotidiana. Además Melvin es un ser extramadamente desagradable con el prójimo. Brutalmente sincero, no le importa manifestar públicamente sus pensamientos racistas, xenóbofos, homófobos y machistas. Sus intereses empiezan y terminan en sí mismo, por lo que cualquier alteración en la tranquilidad de sus hábitos, es percibida por él como la peor de la catástrofes. Lo paradójico es que se gana la vida como escritor de género romántico, con gran éxito porque, a decir de sus lectoras, nadie es capaz de captar mejor que él los sentimientos femeninos.
En cierta forma Mejor... imposible funciona como un cuento moral, como una gran conspiración del azar para que el hombre maduro y gruñón aprenda un poco de empatía, que la relación con otros seres humanos (y caninos) no es solo motivo de fastidio, sino una fuente de beneficios mutuos, en las que todos pueden aportar algo. Que en medio de este proceso le asalte el sentimiento amoroso no es más que un estímulo más para que el protagonista realice un examen íntimo de conciencia y se proponga abordar unos revolucionarios cambios en su actitud ante la existencia. Quizá también le ayude el hecho de advertir, una vez que salta las barreras que le separaban de los demás, que él no es el único sufriente, el único ser solitario en el mundo, por mucho que las apariencias le hayan dicho hasta el momento lo contrario.
Por otra parte, hay que apuntar que la trama no se priva de denunciar la situación de la Sanidad en Estados Unidos. Nada menos que dos personajes se ven afectados por aquel sistema, uno de ellos pierde su hogar por no poder pagar la factura del hospital, después de haber recibido una paliza para robarle en su propio domicilio y el seguro médico de la protagonista es insuficiente para cubrir las atenciones médicas que necesita su hijo enfermo de asma crónico.
La de Brooks es una de esas producciones bienintencionadas que nos intentan acercar al mundo de esta clase de enfermos desde una perspectiva amable, aunque la realidad sea mucho más dura. Otro ejemplo famoso y muy reciente es el Sheldon de The Big Bang Theory. Por una parte, la enfermedad se populariza y la gente la acepta mejor, pero por otra la información que llega está edulcorada. El happy end de Mejor... imposible quizá no lo sea tanto si pudiéramos asomarnos al futuro inmediato de la recién constituida pareja.
Melvin Udall es un enfermo. Padece un severo transtorno obsesivo-compulsivo, es decir, su mente alberga habitualmente ideas obsesivas que le causan una angustia permanente, por lo que debe realizar actos un tanto insólitos para intentar liberarse de ellas: lavarse las manos con un jabón distinto cada vez, pasear sin pisar las líneas de la acera y, en lo posible, seguir rutinas estrictas en su vida cotidiana. Además Melvin es un ser extramadamente desagradable con el prójimo. Brutalmente sincero, no le importa manifestar públicamente sus pensamientos racistas, xenóbofos, homófobos y machistas. Sus intereses empiezan y terminan en sí mismo, por lo que cualquier alteración en la tranquilidad de sus hábitos, es percibida por él como la peor de la catástrofes. Lo paradójico es que se gana la vida como escritor de género romántico, con gran éxito porque, a decir de sus lectoras, nadie es capaz de captar mejor que él los sentimientos femeninos.
En cierta forma Mejor... imposible funciona como un cuento moral, como una gran conspiración del azar para que el hombre maduro y gruñón aprenda un poco de empatía, que la relación con otros seres humanos (y caninos) no es solo motivo de fastidio, sino una fuente de beneficios mutuos, en las que todos pueden aportar algo. Que en medio de este proceso le asalte el sentimiento amoroso no es más que un estímulo más para que el protagonista realice un examen íntimo de conciencia y se proponga abordar unos revolucionarios cambios en su actitud ante la existencia. Quizá también le ayude el hecho de advertir, una vez que salta las barreras que le separaban de los demás, que él no es el único sufriente, el único ser solitario en el mundo, por mucho que las apariencias le hayan dicho hasta el momento lo contrario.
Por otra parte, hay que apuntar que la trama no se priva de denunciar la situación de la Sanidad en Estados Unidos. Nada menos que dos personajes se ven afectados por aquel sistema, uno de ellos pierde su hogar por no poder pagar la factura del hospital, después de haber recibido una paliza para robarle en su propio domicilio y el seguro médico de la protagonista es insuficiente para cubrir las atenciones médicas que necesita su hijo enfermo de asma crónico.
La de Brooks es una de esas producciones bienintencionadas que nos intentan acercar al mundo de esta clase de enfermos desde una perspectiva amable, aunque la realidad sea mucho más dura. Otro ejemplo famoso y muy reciente es el Sheldon de The Big Bang Theory. Por una parte, la enfermedad se populariza y la gente la acepta mejor, pero por otra la información que llega está edulcorada. El happy end de Mejor... imposible quizá no lo sea tanto si pudiéramos asomarnos al futuro inmediato de la recién constituida pareja.
viernes, 30 de octubre de 2015
Encuentro provincial de clubes de lectura de Málaga con Antonio Soler
(Teatro Cánovas, 28/10/2015)
Tras una breve presentación
del autor, por parte de representantes de diferentes bibliotecas, en la que todas ellas agradecían el encuentro,
elogiaban la obra literaria del autor y su ubicación malagueña de los
personajes de muchas de sus novelas (El
camino de los ingleses, Las bailarinas muertas, y la obra objeto del encuentro, Una historia violenta), le cedieron la palabra al escritor.
Éste, nos contó que su
novela y muchos de sus personajes se
basaban en vivencias de su niñez y el
recuerdo de sus padres y vecinos.
Nos habló también (ya iniciado el
debate) de que algunas de las incógnitas del libro no las había resuelto por
ser la visión de un niño de siete años, que no entendía muchas de las cosas que
sucedían a su alrededor.
También hizo referencia a la
simbología de que, en la casa más próspera del vecindario, anidaran las ratas
en sus entrañas casi igual que en los
corazones de sus moradores, donde la fachada prevalecía sobre el interior.
Al final del debate, nos
contó que su nueva novela iba a contar la historia de un anarquista catalán,
cuya vida transcurre a principios del siglo pasado, llegando a ser líder de la
CNT.
Y sin más, se dio por
terminado el encuentro, que nos dejó algunas anécdotas de un club que formó con
otros escritores (Garriga Vela entre ellos) y sus reuniones anuales para
nombrar un nuevo miembro de dicho club.
Por último, dijo que su novela, a pesar
de las situaciones sórdidas en las que se encuentran algunos personajes, es un
canto al optimismo, porque ¨ganan los buenos”.
En
Málaga, a 30 de octubre de 2015
sábado, 12 de septiembre de 2015
EL INSÓLITO PEREGRINAJE DE HAROLD FRY.
Hace poco se publicó en nuestro país un ensayo, firmado por Frédéric Gros, titulado Andar, una filosofía. En él se exponen distintas concepciones, algunas casi terapeúticas, de lo que puede suponer para algunos filósofos algo tan cotidiano como dar un paseo. Aunque el asunto de El insólito peregrinaje de Harold Fry no sea tan placentero, sí que puede inscribirse también en el terreno de lo simbólico. El protagonista recibe una carta de una antigua compañera de trabajo en la que le cuenta que está muriendo de cáncer. Harold reacciona en principio como lo haría casi todo el mundo, escribiéndole una carta de condolencias. Pero cuando va caminando hacia el buzón de correos, un extraño impulso se apodera de su ser. De pronto siente que su acción no es suficiente, que debe hacer algo más por ese ser moribundo. Y sigue caminando, hasta que, con la ayuda de una empleada de una gasolinera, surge la idea que estaba bullendo en su cabeza: seguir caminando mil kilómetros hacia el norte, hasta llegar a la clínica donde está ingresada Queenie.
El viaje será improvisado, con lo puesto, un proyecto que debe ser puesto en marcha inmediatamente, sin preparativos de ninguna clase. Gran parte de su motivación se basa en una especie de pensamiento mágico: que mientras esté caminando, Queenie no morirá, esperará su llegada para despedirse de él. Como todo buen peregrinaje, va a servir sobre todo para que Harold se conozca mejor a sí mismo, reflexione sobre los errores de su vida y alcance por momentos esa especie de serenidad que solo puede experimentar quien pasa algún tiempo en soledad. Además, el viaje es una ocasión perfecta para abandonar el asfixiante clima de silencios elocuentes que soporta en su hogar desde hace décadas, a causa de enormes malentendidos en su relación con su mujer e hijo:
"(...) la sensación de libertad, de adentrarse en lo desconocido, era tan estimulante que no podía dejar de sonreír. Estaba solo en el mundo y nada podía interponerse en su camino ni decirle que cortara el césped."
Por supuesto, es evidente que la peregrinación no va a curar a Queenie, pero es una idea tan firmemente asentada en el caminante, que cuando mantenga casualmente una conversación con un oncólogo, en uno de sus descansos, se dará cuenta de que los milagros no existen cuando hablamos de una enfermedad como el cáncer. No obstante, su determinación permanece incólume, aún cuando su cuerpo y sus zapatos naúticos comiencen a sufrir las consecuencias de tan prolongada caminata. El caso de Harold Fry empieza a hacerse famoso y algunos peregrinos se unen a su causa, aunque, como estamos hablando del mundo moderno, las motivaciones de algunos de ellos son más publicitarias que espirituales. Lo cierto es que la cosa llega a un punto en el que Harold está casi a punto de ser declarado santo por la opinión pública, lo que acentúa la sensación medievalista del relato, aunque con un toque muy de nuestro tiempo, en el que estas historias se ponen de actualidad y se olvidan con una velocidad pasmosa:
"La prensa también siguió recogiendo testimonios sobre la bondad de Harold, el cual no tenía tiempo para leer los diarios (...). Un espiritista de Clitheroe afirmó que el peregrino poseía un aura dorada. Un joven que había estado a punto de tirarse del puente colgante de Clifton hizo un relato conmovedor de cómo Harold lo había disuadido.
- Pero si yo no he estado en Bristol - objetó éste (...)."
Desde un punto de vista meramente literario, El insólito peregrinaje de Harold Fry, es una novela que ha sabido fabricar la fórmula perfecta para llegar al gran público y convertirse en un éxito de ventas. Pero eso no quiere decir que nos encontremos ante una narración de calidad, aunque sí correcta. La estructura del libro está un poco descompensada y adolece de muchos episodios reiterativos, que restan agilidad de un relato que apela de manera continuada a los sentimientos del lector, para que se conmueva con el protagonista al igual que lo hace el gran público cuando la historia de Harold se hace famosa. Bien es cierto que el final sí es acertado, una dosis de dureza y realismo, que contrasta con ese pensamiento mágico que ha sido el alimento del protagonista para lograr culminar su simbólica hazaña.
El viaje será improvisado, con lo puesto, un proyecto que debe ser puesto en marcha inmediatamente, sin preparativos de ninguna clase. Gran parte de su motivación se basa en una especie de pensamiento mágico: que mientras esté caminando, Queenie no morirá, esperará su llegada para despedirse de él. Como todo buen peregrinaje, va a servir sobre todo para que Harold se conozca mejor a sí mismo, reflexione sobre los errores de su vida y alcance por momentos esa especie de serenidad que solo puede experimentar quien pasa algún tiempo en soledad. Además, el viaje es una ocasión perfecta para abandonar el asfixiante clima de silencios elocuentes que soporta en su hogar desde hace décadas, a causa de enormes malentendidos en su relación con su mujer e hijo:
"(...) la sensación de libertad, de adentrarse en lo desconocido, era tan estimulante que no podía dejar de sonreír. Estaba solo en el mundo y nada podía interponerse en su camino ni decirle que cortara el césped."
Por supuesto, es evidente que la peregrinación no va a curar a Queenie, pero es una idea tan firmemente asentada en el caminante, que cuando mantenga casualmente una conversación con un oncólogo, en uno de sus descansos, se dará cuenta de que los milagros no existen cuando hablamos de una enfermedad como el cáncer. No obstante, su determinación permanece incólume, aún cuando su cuerpo y sus zapatos naúticos comiencen a sufrir las consecuencias de tan prolongada caminata. El caso de Harold Fry empieza a hacerse famoso y algunos peregrinos se unen a su causa, aunque, como estamos hablando del mundo moderno, las motivaciones de algunos de ellos son más publicitarias que espirituales. Lo cierto es que la cosa llega a un punto en el que Harold está casi a punto de ser declarado santo por la opinión pública, lo que acentúa la sensación medievalista del relato, aunque con un toque muy de nuestro tiempo, en el que estas historias se ponen de actualidad y se olvidan con una velocidad pasmosa:
"La prensa también siguió recogiendo testimonios sobre la bondad de Harold, el cual no tenía tiempo para leer los diarios (...). Un espiritista de Clitheroe afirmó que el peregrino poseía un aura dorada. Un joven que había estado a punto de tirarse del puente colgante de Clifton hizo un relato conmovedor de cómo Harold lo había disuadido.
- Pero si yo no he estado en Bristol - objetó éste (...)."
Desde un punto de vista meramente literario, El insólito peregrinaje de Harold Fry, es una novela que ha sabido fabricar la fórmula perfecta para llegar al gran público y convertirse en un éxito de ventas. Pero eso no quiere decir que nos encontremos ante una narración de calidad, aunque sí correcta. La estructura del libro está un poco descompensada y adolece de muchos episodios reiterativos, que restan agilidad de un relato que apela de manera continuada a los sentimientos del lector, para que se conmueva con el protagonista al igual que lo hace el gran público cuando la historia de Harold se hace famosa. Bien es cierto que el final sí es acertado, una dosis de dureza y realismo, que contrasta con ese pensamiento mágico que ha sido el alimento del protagonista para lograr culminar su simbólica hazaña.
lunes, 7 de septiembre de 2015
IDA.
El siglo XX fue muy duro con Polonia. La Segunda Guerra Mundial comenzó con la agresión alemana a su territorio. Lo que no suele recordarse tan habitualmente es que los soviéticos habían pactado con Hitler repartirse el territorio polaco y la invadieron a su vez por el este. Un par de años después, en 1941, Alemania invadió la Unión Soviética y acabó perdiendo la guerra. La URSS liberó Polonia, pero bien pronto sus habitantes constatarían que se enfrentaban más bien a una nueva conquista. Desde el principio se organizó una represión generalizada de los militantes en organizaciones políticas no comunistas, siendo el ejemplo más sangrante la realizada contra muchos de los miembros del ejército clandestino polaco que se había levantado contra los nazis en Varsovia. Aunque hubo elecciones libres (que perdieron los comunistas), pronto éstos se harían con el poder, con la ayuda de su control de la policía secreta y la presencia del Ejército Rojo. Bajo los auspicios de Stalin, se establecería un régimen de corte totalitario, en el que el Estado estaría presente en todos los aspectos de la vida del individuo, desde lo laboral (se intentó que todas las empresas fueran públicas) hasta el tiempo de ocio.
Ida transcurre en el año 1960, durante el gobierno de Wladyslaw Gomulka, un dirigente comunista que había conseguido cierta independencia respecto al control soviético del país. Bajo su gobierno se liberalizaron algo las costumbres, permitiéndose entre cosas la música jazz y rock, algo que se muestra en la película, aunque siempre con la limitación del respeto a la decencia en las costumbres. A pesar de ello, esto no evitó que la situación económica siguiera siendo desastrosa, con las consiguientes huelgas y la creación de organizaciones independientes, como el sindicato Solidaridad, ya en los años ochenta. Respecto a la situación religiosa, a principios de los años cincuenta, el primado Wyszynski había llegado a un entendimiento con las autoridades comunistas, para permitir que la iglesia católica siguiera desarrollando sus actividades sin sobresaltos. A cambio, debía reconocerse la legitimidad del Estado y recomendarse entre los creyentes la obediencia a las autoridades, un acuerdo que causó escándalo a no pocos cristianos.
En estas circunstancias, la película de Pawlidowski nos presenta a Anna, un personaje inocente, que lleva desde la más tierna infancia ingresada en un convento, donde ha asumido con toda naturalidad su naturaleza de novicia y todo lo que ello implica: obediencia, castidad y humildad. Antes de tomar los hábitos como monja, la superiora le recomienda que visite a su tía, el único familiar vivo que le queda. Conocerla va a suponer para Anna enfrentarse bruscamente a su pasado, que es el pasado de su país: su tía Wanda, que es una dura jueza comunista, le revela que en realidad es judía y que su verdadero nombre es Ida. Siendo niña, durante la ocupación nazi, su familia fue asesinada en circunstancias oscuras, por lo que emprenderá un viaje con Wanda para averiguar la verdad de aquellos hechos. A partir de aquí el film adquiere cierta condición de road movie. Las protagonistas se pasean por una Polonia rural y ciertamente sórdida, llena de personajes autodestructivos que parecen haber abandonado toda esperanza de alcanzar alguna vez ese estado difuso que llamamos felicidad. El comunismo es tan gris, tan en blanco y negro como la fotografía de Ida, un régimen que hacía algunas concesiones secundarias, pero en lo fundamental - economía planificada y represión de la disidencia - se mantenía incólume. El individuo no tiene importancia, si no se inserta en la idea de proletariado que el Estado dice proteger.
Así pues, la protagonista aprende más sobre la vida auténtica en tres días que en toda su vida anterior. Experimenta la vida auténtica, siempre desde la moderación de su condición religiosa y saca sus íntimas conclusiones. Además, es capaz de apreciar y querer a un ser de carácter totalmente opuesto al suyo: su tía Wanda, una mujer que ha tratado de exorcizar el pasado a través de la venganza y que ha acabado convertida en una burócrata alcohólica y absolutamente hastiada de la existencia. Ida es un retrato elegante y a la vez nada complaciente acerca del pasado inmediato de un país que todavía está recuperándose de la profunda cicatriz adquirida en el siglo pasado.
Ida transcurre en el año 1960, durante el gobierno de Wladyslaw Gomulka, un dirigente comunista que había conseguido cierta independencia respecto al control soviético del país. Bajo su gobierno se liberalizaron algo las costumbres, permitiéndose entre cosas la música jazz y rock, algo que se muestra en la película, aunque siempre con la limitación del respeto a la decencia en las costumbres. A pesar de ello, esto no evitó que la situación económica siguiera siendo desastrosa, con las consiguientes huelgas y la creación de organizaciones independientes, como el sindicato Solidaridad, ya en los años ochenta. Respecto a la situación religiosa, a principios de los años cincuenta, el primado Wyszynski había llegado a un entendimiento con las autoridades comunistas, para permitir que la iglesia católica siguiera desarrollando sus actividades sin sobresaltos. A cambio, debía reconocerse la legitimidad del Estado y recomendarse entre los creyentes la obediencia a las autoridades, un acuerdo que causó escándalo a no pocos cristianos.
En estas circunstancias, la película de Pawlidowski nos presenta a Anna, un personaje inocente, que lleva desde la más tierna infancia ingresada en un convento, donde ha asumido con toda naturalidad su naturaleza de novicia y todo lo que ello implica: obediencia, castidad y humildad. Antes de tomar los hábitos como monja, la superiora le recomienda que visite a su tía, el único familiar vivo que le queda. Conocerla va a suponer para Anna enfrentarse bruscamente a su pasado, que es el pasado de su país: su tía Wanda, que es una dura jueza comunista, le revela que en realidad es judía y que su verdadero nombre es Ida. Siendo niña, durante la ocupación nazi, su familia fue asesinada en circunstancias oscuras, por lo que emprenderá un viaje con Wanda para averiguar la verdad de aquellos hechos. A partir de aquí el film adquiere cierta condición de road movie. Las protagonistas se pasean por una Polonia rural y ciertamente sórdida, llena de personajes autodestructivos que parecen haber abandonado toda esperanza de alcanzar alguna vez ese estado difuso que llamamos felicidad. El comunismo es tan gris, tan en blanco y negro como la fotografía de Ida, un régimen que hacía algunas concesiones secundarias, pero en lo fundamental - economía planificada y represión de la disidencia - se mantenía incólume. El individuo no tiene importancia, si no se inserta en la idea de proletariado que el Estado dice proteger.
Así pues, la protagonista aprende más sobre la vida auténtica en tres días que en toda su vida anterior. Experimenta la vida auténtica, siempre desde la moderación de su condición religiosa y saca sus íntimas conclusiones. Además, es capaz de apreciar y querer a un ser de carácter totalmente opuesto al suyo: su tía Wanda, una mujer que ha tratado de exorcizar el pasado a través de la venganza y que ha acabado convertida en una burócrata alcohólica y absolutamente hastiada de la existencia. Ida es un retrato elegante y a la vez nada complaciente acerca del pasado inmediato de un país que todavía está recuperándose de la profunda cicatriz adquirida en el siglo pasado.
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