“El día de todas las almas”. CEES NOOTEBOOM.
Calificado por algunos como existencialista, de escritor y viajero presume este autor, y considera ambas actividades íntimamente ligadas. El lema de su ya prolongada trayectoria ha sido viajar y escribir, observar e imaginar.
Muy al estilo de su experiencia personal, “El día de todas las almas” es una novela de contrastes: De la ausencia y de la presencia, del pasado en el presente, de la historia con mayúsculas frente a los sucesos cotidianos. También de la frágil frontera entre trágico y lo cómico; o de las ciudades llenas a veces, y otras veces vacías pero plagadas de huellas. Sobretodo, insisto, quiere ser una reflexión sobre el pasado ausente que siempre pesa sobre un presente denso.
El protagonista es un camarógrafo con el alma herida. Desarraigado, conserva unos apoyos en un artístico y variopinto grupo de amigos, cuyas ligaduras al principio aparentan ser demasiado frías, pero que poco a poco resultan más entrañables. Descreído y errante, con Berlín como refugio (o”nicho”), vaga a la búsqueda incansable de sentido, y lo hace a través de sus documentales profesionales (donde recorre el mundo histórico en sus escenarios más dramáticos) y de sus colecciones de imágenes particulares (en las que selecciona el mundo ahistórico o cotidiano). Y deduce que todo es a la vez real e ilusión.
Todos estos contrastes se traducen en las reacciones que provoca en sus lectores.
La novela es para algunos insoportablemente lenta e incomprensible. Son los que piensan si no es demasiado pedante utilizar expresiones como “fórmula atávica con fervor retórico”. El propio autor reconoce en el texto que “a veces las palabras suenan demasiado grandilocuentes” .
Otros lectores valoran su prosa, pero la ven incompleta, con numerosos altibajos, descompensada..., quizás solo a la medida de aquel javanés que “cada vez que ganaba veinte céntimos iba a sentarse a la sombra de una palmera”.
Y otros hemos disfrutado la lectura por sus imágenes, sus diálogos y sus referencias. Hemos buscado aquellas pinturas que son nombradas, “La Reina Luisa de Prusia” de Grassi, y las imágenes de Veemer que “había embrujado la sensatez en los rostros de las mujeres neerlandesas, mundos ocultos en los que no podías entrar”. Hemos escuchado las músicas (Winter music de Jonh Cage, Varese, Ken Volans, los coros femeninos de Hildergard von Bingen), hemos buscado los lugares (las plazas de Berlín, los templos de Japón, los parajes de Zamora...), las citas (“No quiero ser el único mudo en una época polifónica “ de Luciano), y nos hemos asomado a personajes históricos tan sorprendentemente tratados como Doña Urraca, reina de Castilla.
El autor en alguna entrevista ha dicho que no es escritor de anécdotas, sino de “meditación y estilo” (¿?). Y este estilo peculiar se manifiesta en unos cuantos intercalados en los que interrumpe el relato y se dirige directamente al lector para participarle una reflexión al hilo de lo que se desarrolla en el texto
Como decía una participante en la tertulia, le ha gustado porque en un momento dado se ha dejado llevar por la lectura hasta la última línea.
Pepe de la Torre