sábado, 19 de octubre de 2013

EL OLVIDO QUE SEREMOS, DE HÉCTOR ABAD FACIOLINCE.


Cuenta Héctor Abad que tardó muchos años en poder enfrentarse a los terribles hechos que relata y poder escribir el libro. Debió ser un ejercicio doloroso, pues pocas páginas destilan tanta sinceridad como las de El olvido que seremos. Escribir autobiográficamente significa en muchas ocasiones explorar abismos que se encuentran dentro de nosotros, analizar hechos pretéritos de los que fuimos protagonistas e interpretarlos. Pero para Abad el objetivo prioritario, más que ajustar cuentas con el pasado, es inmortalizar la memoria de una persona cercana y toda su escritura está subordinada a ese propósito:


"¿Cuánta vida le devuelve a un muerto un libro? En la realidad, ninguna, en la memoria de los hombres, mucho. Yo he logrado que algunas personas en Colombia, e incluso en España, en Argentina, en México, ahora en Gran Bretaña, conozcan la vida de este médico bueno. La suya fue una vida ejemplar, creo yo, y me gusta usar esta palabra e las novelas cortas de Cervantes. Las vidas ejemplares pueden hacer mejores a los hombres.
Ahora, en cuanto a la lectura de libros… Yo me pregunto si algunos libros no nos harán también peores. Hay libros perniciosos, pero como el criterio de lo que es pernicioso no se puede saber con seguridad, es necesario permitir todos los libros. Creo que cuantos más libros se lean, más poderes tenemos para identificar los libros perniciosos.

Aunque no sé; parece que había nazis que eran también grandes lectores. En mi padre la lectura producía una metamorfosis feliz; creo que en la mayoría es así. Pero no voy a idealizar los libros. Los libros son como los cuchillos: sirven para pelar naranjas y para matar gente."

El médico Héctor Abad Gómez es retratado como un hombre siempre activo y feliz, uno de esos librepensadores que tienen que transigir en su vida diaria con la preponderancia de valores religiosos en su propia familia, que tiene que ser tolerante con ideas que él considera absurdas y supersticiosas, pero a la vez inofensivas. Se define a sí mismo con gran precisión como "cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política" y su actitud no queda en meras palabras, sino que se empeña constamente en llevar a la práctica sus ideas sobre salud pública y prevención de enfermedades en los barrios más pobres de Medellín. Su recuerdo ha permanecido en esta ciudad a la que la historia ha tratado tan mal a través de la Corporación para la Eduación y la Salud Pública Héctor Abad Gómez, que patrocina acciones encaminadas a beneficiar a las poblaciones con bajos recursos y la Cátedra Héctor Abad Gómez, centrada en la lucha por la salud universal en el marco de los Derechos Humanos.

El olvido que seremos cuenta con dos partes diferenciadas. La primera describe los años de felicidad familiar de una familia acomodada, los años de formación del escritor, al que su padre siempre otorgó una inmensa libertad para que siguiera el camino vital que prefiriera, contando con su apoyo incondicional. Un padre comprensivo, tolerante, que confía plenamente en el criterio de su vástago, educándolo en una especie de Summerhill familiar basado en la creencia en la bondad natural de las personas. Y funcionaba con su ejemplo vital:



“Sin decirme una sola palabra, sin obligarme a leer y sin echarme el sermón de lo sana para el espíritu que podía ser la música clásica, yo entendí, sólo mirándolo, viendo en él los efectos benéficos de la música y de la lectura, que en la vida todos podíamos recibir un gran regalo, no muy caro y más o menos al alcance de la mano: los libros y los discos. Ese señor oscuro y malhumorado que había llegado de la calle con la cabeza cargada de las malas influencias y las tragedias y las injusticias de la realidad, había recuperado su mejor semblante, y la alegría, de la mano de los buenos poetas, de los grandes pensadores y de los grandes músicos.”

La segunda parte es mucho más oscura. Comienza con la cruel muerte de la hermana del escritor, describiendo los padecimientos de su terrible enfermedad. Poco después la violencia, que siempre ha existido en Colombia, empieza a adueñarse del país de una manera insoportable: la guerrilla, los grupos paramilitares y los narcotraficantes campan a sus anchas asesinando por doquier, siendo Medellín uno de sus puntos neurálgicos. Héctor Abad jamás se acobardó ante los violentos y los denunció constantemente, especialmente al gobierno, cuyo sometimiento al imperio de la ley hacía especialmente vergonzoso que patrocinara de forma más o menos descarada a escuadrones de la muerte. El autor no se abstiene de señalar algún punto oscuro en las actividades de su padre en este periodo: su compresión (aunque sin apoyar los asesinatos) de la existencia de ciertos grupos guerrilleros, su ingenuidad a la hora de apoyar causas tan indefendibles como el comunismo de Corea del Norte y la utilización que hacían los izquierdistas radicales de su prestigiosa figura para legitimar su causa. Pero por encima de todo esto estaba su condición de humanista, de médico cercano a los pobres y alejado del ideario de la clase social a la que pertenecía. Con esto y con el ejercicio continuado y valiente de su libertad de expresión firmó su propia sentencia de muerte. Su hijo no quiso recoger el testigo, acción que él estimaba poco menos que suicida y se exilió portando como equipaje un dolor inmenso que seguramente habrá podido mitigar en parte a través de la escritura.

En el club de lectura El olvido que seremos ha dado pie a un intensísimo debate en el que al final se han establecido paralelismos entre lo que cuenta el libro y los hechos más luctuosos de la historia reciente de nuestro país: la Guerra Civil, el franquismo y los asesinatos de ETA. Termino recordando las palabras elogiosas que le dedicó Mario Vargas Llosa:  

" (...) el libro es (...) una sobrecogedora inmersión en el infierno de la violencia política colombiana, en la vida y el alma de la ciudad de Medellín, en los ritos, pequeñeces, intimidades y grandezas de una familia, un testimonio delicado y sutil del amor filial, una historia verdadera que es asimismo una soberbia ficción por la manera como está escrita y construida, y uno de los más elocuentes alegatos que se hayan escrito en nuestro tiempo y en todos los tiempos contra el terror como instrumento de la acción política."

martes, 8 de octubre de 2013

A una lectora que nos ha dejado.

Hoy, con vuestro permiso, quiero dejar aquí constancia no sobre un libro o un autor, no. Simplemente hablare de una lectora. Una gran lectora de libros y también de la vida: mi hermana.
Poco antes de ingresar en el hospital, de donde ya no volvió a salir con vida, en una de esas largas conversaciones que manteníamos, muchas veces por teléfono (así no hay quien nos moleste, afirmaba), yo me quejaba de que últimamente no encontraba consuelo para el tedio de la vida (taedium vitae) ni en la lectura. Firme y decidida, como siempre, ella me comentaba:
-Paco, tú piensas mucho, hay que vivir más. Y añadió, la felicidad puede ser disfrutar de un par de huevos fritos con patatas y una cerveza fría. Lo tenía muy claro, decía: déjate de rollos metafísicos, la felicidad se conforma de momentos y de actos; lo demás es palabrería de autoayuda.
Mi hermana fue consciente de la espada de Damocles sobre su cabeza durante quince años. (Si, si lo pensamos bien todos la tenemos sobre nosotros, pero quien seria capaz de ser ejemplo vital sintiéndola cada día).  En todo ese tiempo, nunca cejó en su empeño y en su concepción de lo que es la vida – de lo que es la felicidad, si se quiere:
 Es tenerte a ti mismo y seguir poseyéndote para ti y para los demás; es poder levantarse cada día sin ayuda; es renunciar a muchas cosas para no abdicar nunca de la vida; es acordase de acariciar, aunque sea levemente, una mano querida.
Toñi Torres, mi hermana, que con su risa- casi siempre presente en ella- y su fuerza  y voluntad para aprovechar cada momento, me recordaba siempre que solo tenemos una obligación al despertar cada mañana: vivir la vida. Aprovechar cada nuevo día que nos es dado. Lo demás son ocupaciones cotidianas, por muy apegados que estemos a ellas, por mucho que nos agobien o por muy importantes que las consideremos, son solo eso, ocupaciones. Algo que, cuando ya no podamos o dejemos de hacer, alguien hará por nosotros. Pero nadie puede vivir nuestra vida. Ese cometido es únicamente nuestro. El único exclusivo.
Al fin de cuentas, los años de una vida son como la lectura: hay quien lee cien libros y no se entera de nada, y hay quien con un solo libro, incluso con un solo poema, goza plenamente del acto de leer.
Cuando escribo estas palabras para dar las gracias a esa gran mujer y esa querida amiga que fue, y es en mi mente y en mí corazón, Antonia Torres, La niña para sus padres y sus dos hermanos, la pena y la congoja me angustian y se ciernen sobre mí, pero no me inmovilizan. Sé, por eso las escribo, las palabras que ella me diría, me dice:
-Experimenta y siente tu dolor, forma parte de la vida; pero deja de compadecerte en el. No lo pongas como excusa para no vivir. Estás vivo compórtate como tal. Vive.
El corazón de Antonia Torres Domínguez dejó de latir, en paz consigo mismo y con los demás, el miércoles 2 de octubre de 2013.
        



domingo, 6 de octubre de 2013

LUCES ROJAS, DE RODRIGO CORTÉS.

A raíz de la lectura del imprescindible ensayo de James Randi, Fraudes paranormales, se me ocurrió que el mejor acercamiento a su obra a través del ciclo Literatura y cine era esta película del español Rodrigo Cortés que muestra el trabajo de una pareja de profesores que se dedica a lo mismo que el propio Randi: investigar a todos aquellos que dicen poseer algún poder sobrenatural y desenmascararlo. Pero dejemos que sea el propio director el que hable de sus motivaciones:

"Me interesaban mucho los mecanismos de la percepción del cerebro humano, como nos miente y filtra los estímulos para ajustarse a lo que queremos creer: cómo la gente cree lo que quiere creer. He pasado año y medio estudiando ambos lados, a los creyentes y a los escépticos, y los dos se comportaban de forma parecida: negaban todo aquello que no encajara con su filosofía, rechazaban todo lo que se saliera de sus esquemas. Todo eso confluye de algún modo en los personajes de la película." 

Si tenemos que hacer la distinción de que habla Cortés, respecto a los asistentes al debate los escépticos ganaban por goleada, ya que nadie se declaró como creyente en fenómenos paranormales. En cualquier caso, dicha creencia está muy extendida en nuestras sociedades, pues deriva de un anhelo de trascendencia que es muy humano: pocos se resignan a pensar que su propio ser es finito, que algún día su existencia tendrá un final que se presume más absurdo que otra cosa. Esta necesidad humana es aprovechada por una legión de embaucadores que se presentan con mayor o menor fortuna como seres con poderes sobrenaturales, capaces de manejar una serie de energías que los científicos no conocen: parapsicólogos, echadores de cartas, zahoríes, psíquicos, astrólogos..., muchos de los cuales han sido desenmascarados por el propio Randi a través de su reto del millón de dólares: ofreciendo dicha cantidad de dinero a quien sea capaz de demostrar, bajo condiciones de laboratorio, que posee dichos poderes sobrenaturales. Hasta ahora todo el que lo ha intentado ha fracasado.

Como película, Luces rojas cuenta con un arranque espectacular. La pareja formada por actores tan sólidos como Sigourney Weaver y el siempre inquietante Cillian Murphy visitan una presunta casa embrujada para encontrar que se están usando los trucos de siempre para asustar a una pobre familia. Siguiendo el libro de Randi se nos muestran otros casos igualmente curiosos: la adivinación de cartas a través del reflejo en los cristales de las gafas del científico, los horóscopos que se entregan a los alumnos de una clase, que descubren fascinados que corresponden con su personalidad, solo para darse cuenta más tarde de que todos son iguales y, el más espectacular: el fraude perpetrado por un predicador que dice curar los males de la gente, cuando en realidad le van dando instrucciones a través de un pequeño receptor de radio oculto en su oreja. La película toma verdadero interés cuando el personaje interpretado por Robert de Niro, un presunto psíquico que fue famoso hace años y se retiró, vuelve a los escenarios como una especie de reto para los dos protagonistas. Quizá este personaje esté vagamente inspirado en Uri Geller, el israelí que se hizo mundialmente famoso doblando cucharas con el poder de su mente y al que James Randi desenmascaró con la complicidad del presentador de uno de los programas a los que acudió.

Es una lástima que a partir de la muerte de la doctora Matheson, la trama de la película baje muchos enteros y siga el dictado de un thriller de lo más convencional, con un final que no fue satisfactorio para casi nadie, pero que sin duda estuvo dictado por los productores en pos de la comercialidad del producto. Si que es cierto que la película, solventemente dirigida por un Cortés que en muchos momentos recuerda el estilo de Christopher Nolan, dio pie a un extenso debate donde no tardaron en surgir las creencias propias de nuestra sociedad, sobre todo relacionadas con la religión católica y las procesiones que protagoniza. Y yo me pregunto. Si al predicador de la película se le descubre el fraude y se le encarcela ¿no puede hacerse lo mismo (tampoco pediría penas de cárcel, pero sí multas) a quienes se aprovechan de la gente para sacarles el dinero asegurando que cuentan con poderes sobrenaturales? Corríjanme si me equivoco, pero me parece que en España no se ha dado ningún caso parecido, más bien lo contrario: subvenciones a lugares como la casa de las caras de Bélmez o tolerancia absoluta con fenómenos tan pintorescos como el Palmar de Troya o las apariciones de la Virgen en El Escorial, que siempre terminan con alguien enriqueciéndose desmesuradamente, porque al final, como sucede con las religiones, todo es una cuestión de poder y dinero aprovechando el consuelo (o a veces el miedo) que inspiran en los creyentes. Podríamos haber seguido debatiendo toda la noche. Desde aquí quiero agradecer las interesantísimas aportaciones de todos y cada uno de los participantes en el mismo en un tema que a mi me interesa muchísimo. 

Aunque se me olvidó decirlo el viernes, lo pongo aquí. Son un par de recomendaciones de ensayos que tienen mucho que ver con el tema tratado: El mundo y sus demonios, de Carl Sagan, El espejismo de Dios, de Richard Dawkins y Dios no es bueno, de Christopher Hitchens.

Aquí les dejo también el artículo que publiqué hace poco acerca del libro de James Randi:

http://elhogardelaspalabras.blogspot.com.es/2013/09/fraudes-paranormales-1982-de-james.html

lunes, 30 de septiembre de 2013

MIRADAS. Pinturas de Luis Pernía



Luis Pernía Ibáñez nace en Mahamud (Burgos) el 26 de noviembre de 1944. Es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación. Y Diplomado Universitario en Enfermería y Fisioterapia por la Universidad de Málaga. Trabajó en la Unidad de Diálisis del Servicio de Nefrología del Hospital Carlos Haya de Málaga hasta su jubilación.

Cofundador del Comité de Solidaridad con Centroamérica, de la Asociación Andaluza por la Solidaridad y la Paz (ASPA), y de  la Asociación Al Qund con el fin de ayudar al pueblo palestino.

Viajero de la solidaridad por África, concretamente Ruanda, Burkina Fasso, Togo  y Benin; por el continente latinoamericano,  Perú y Bolivia, Nicaragua, Cuba, o El Salvador. También viajó a los territorios ocupados de Palestina y realiza diversos viajes anuales al Sáhara Occidental, a los campos de refugiados de Tinduf con una Comisión médico quirúrgica con el fin de paliar  la situación sanitaria.

Miradas....es el  título de  esta exposición en la Biblioteca Cristóbal Cuevas. Buena parte de los personajes de los cuadros traen a colación  personas reales que nos interpelan desde su situación de pobreza o marginación, sobretodo miradas de niños y mujeres que hablan de  tantos olvidos.

Sobre su obra el autor cita a Paulo Coelho:
“Podemos tener todos los medios de comunicación del mundo, pero nada, absolutamente nada, sustituye la mirada del ser humano”.

martes, 24 de septiembre de 2013

Delitos y faltas. Otra aportación

DELITOS Y FALTAS. 1989.  WOODY ALLEN.
Genero. DRAMA-COMEDIA-CRIMEN.

Narra la historia de un prestigioso oftalmólogo que, chantajeado  por su querida con la amenaza de dar un  escándalo de  hacer pública su relación , se ve  obligado a tomar una decisión para librarse del problema.
Partiendo del hecho que él descarte desde el principio la que sería la solución más lógica, confesar a su esposa su aventura y que esta decidiera la decisión a tomar ,pocas más opciones quedan .Por lo que va a buscarla en su hermano, que le da la única plausible desde su punto de vista ,quitarla del medio y asunto resuelto de lo que se encargará el mismo.
A  partir de aquí es cuando comenzamos el coloquio ,sobre  la sinceridad real del doctor y sus escrúpulos  o es todo una mera pose para mantener tranquila su conciencia ,si es que realmente la tiene .El parece preocupado sobre todo por la  influencia religiosa, que dice que Dios tiene un ojo que todo lo ve y esto lo va perseguir siempre aunque él se considera no creyente y esto no debería afectarle.
Coincidimos el ver al médico ,como alguien que nos va presentando a la querida como una persona poco razonable, que no quiere comprender que lo suyo no era algo para siempre, sino que durara lo que durara, y después cada uno por su lado con lo bueno vivido ,pero  se vuelve cada vez menos razonable y mas histérica y casi se está buscando el final no querido .Pero es el médico el egoísta el que busca solución más  traumática pero más cómoda para él.
Aquí entramos en un debate sobre  las distintas clases de moral ,la religiosa y trascendente que te recompensa por el buen comportamiento ,la  del no creyente que mantiene una moral por principios y coherencia consigo mismo, más dura y meritoria, y la moral más lasa o amoral que no guarda ningún principio sino el que te impone la sociedad por el mal comportamiento ,que si te coge pagas según la pena y saldas tu deuda social y si no vives bien y sin remordimiento. A esta última  es la que pensamos que llega el doctor cuando cometido el delito y visto que no tiene consecuencias puede seguir su vida con total tranquilidad.
Pienso que el director a pesar de todo lo que muestra en la  película sobre el delito y su dilema para él al final no lo es tanto, porque también relativiza las relaciones humanas ,solo hay que fijarse en su personaje , con unas relaciones acabada con su mujer y un fracaso en el intento de conseguir algo con la productora de su cuñado que lo soporta por serlo, pero al que odia y le arrebata  lo que pretende .Tratado todo esto con humor corrosivo, que culmina con el pensador que después de valorar la relaciones humanas con amor como algo que hace más llevadera  y le da sentido a nuestra vida en el mundo termina tirándose por  la ventana.
Escrito lo cual creo que a todos nos gustó la película ,lo pasamos bien y tuvimos un coloquio  entretenido en el que hubo mucha participación lo que  siempre es  positivo.

Mariano Calderón

lunes, 23 de septiembre de 2013

DELITOS Y FALTAS, DE WOODY ALLEN.

A la espera de la nueva película de Woody Allen - que dicen que es la mejor en muchos años - es bueno repasar en el baúl inagotable de su obra cinematográfica y recuperar algunas de sus obras clásicas, como Delitos y faltas, que para mí es su obra más lograda, aunque sea por el extraordinario equilibrio que sabe mantener entre comedia y tragedia.

El guión de Delitos y faltas hace una evocación más que evidente de la obra maestra de Dostoievski, Crimen y castigo. El protagonista de la que podríamos denominar parte trágica es el doctor Judah Rosenthal, un oftalmólogo que parece vivir una existencia perfecta: goza de un gran prestigio profesional, su familia le adora y posee el suficiente dinero como para vivir en una burbuja de bienestar que le aisla de los problemas del mundo real. Pero hay una molesta piedra en su zapato que amenaza con dejarle descalzo: una amante a la que hizo demasiadas promesas y que ahora se ha convertido en un ser histérico cuya única pretensión es que Rosenthal demuestre la veracidad de sus pasadas declaraciones de amor y se divorcie de su mujer. Si no, está dispuesta a destruir su vida. Ante esta tesitura, el oftalmólogo deberá optar entre las soluciones que le ofrecen dos personas (que son como el ángel bueno y el ángel malo que se aparecen al protagonista en algunos dibujos animados), un rabino amigo suyo, cuya visión del mundo tiene que ver más con lo celestial que con lo material (y que, paradójicamente, se está quedando ciego), que le aconseja que afronte el problema contándoselo todo a su mujer y su propio hermano, alguien que está acostumbrado a moverse al otro lado de la ley, que le ofrece una solución más radical: matar a su amante.

En la otra historia, el protagonismo está reservado al propio Woody Allen, que interpreta a Cliff Stern, un hombre que está pasando por una profunda crisis vital: su matrimonio hace aguas y su trabajo como realizador de documentales no prospera. Stern intentará acogerse a un nuevo amor, pero todo le saldrá mal. Aunque su historia está narrada en tono de comedia, el fondo es amargo y el espectador siente que el castigo del que se hace acreedor por su faltas, es desmesurado, sobre todo si lo comparamos con el destino de Rosenthal.

Como en la novela de Dostoievski, el gran tema de Delitos y faltas es el remordimiento, esa sensación de ser devorado por dentro que puede afectarnos independientemente de la gravedad de nuestras culpas. Así lo expresaba Emil Cioran en su obra El ocaso del pensamiento:

"El remordimiento metafísico es una turbación sin causa, una inquietud ética en el límite de la vida. No tienes culpa alguna de la que arrepentirte y sin embargo sientes remordimientos. No te acuerdas de nada pero te invade un sentimiento infinitamente doloroso del pasado. No has hecho nada malo pero te sientes responsable de los males del universo. Sensaciones de Satanás delirante de escrúpulo. El principio del Mal apresado en las redes de los problemas éticos y en el terror inmediato de las soluciones. Cuanto menos indiferente seas al Mal, más cerca estarás del remordimiento esencial. (...)"

Pero ¿cuál es la solución? Parece ser que ese sentimiento tan difuso que llamamos amor. Quien goza del amor de los demás, se salva. Quien no es capaz de ser acreedor del mismo, acaba hundiéndose. Así Rosenthal, que vive rodeado del cariño de los suyos, se va construyendo poco a poco un subterfugio para justificar como inevitable un acto que en realidad ha sido inhumano y merecedor de los más severos reproches. En cambio, Stern pierde sus dos amores, el antiguo y el que esperaba con ilusión. Cuando lo vemos por última vez, parece estar actuando sobre él la eterna frialdad del Universo. En palabras del profesor Louis Levy, sobre el que está realizando un documental:

"Pero debemos recordar siempre que nosotros cuando nacemos necesitamos mucho amor para convencernos de que hay que seguir viviendo y una vez conseguido ese amor suele durarnos. Pero no olvidemos que el Universo es un lugar muy frío. Somos nosotros los que lo revestimos con nuestros sentimientos y, desde luego, en ciertas condiciones nos parece que esto no vale la pena."

El ojo de Dios. El ojo de la propia conciencia. El ojo ajeno. Y, por fin, el ojo del espectador que juzga la tragedia desde fuera, pero inevitablemente comparando la existencia de los personajes con la suya propia. Por eso fue tan apasionado el debate del viernes pasado, porque Woody Allen toca temas intemporales, a través de un equilibrio magistral entre comedia y tragedia que suele estar presente en nuestras vidas.

domingo, 15 de septiembre de 2013

OTRA VUELTA DE TUERCA, DE HENRY JAMES.


 Más de un siglo después de haberse publicado, después de numerosas adaptaciones teatrales y cinematográficas, la novela de Henry James sigue siendo objeto de controversia, algo que quedó claro desde los primeros instantes en la concurrida reunión en torno a ella que celebramos el pasado viernes. Y es que todo lector de Otra vuelta de tuerca termina preguntándose si las visiones de la institutriz tienen fundamento más allá de su propia mente. En este punto James fue siempre tan ambiguo como la propia narración, no queriendo jamás desvelar cual era su propia posición al respecto. En realidad, ese no era el auténtico interés del novelista, sino más bien crear una obra dominada por una atmósfera cerrada y asfixiante, una obra que le fue sugerida en una conversación con el arzobispo de Canterbury, que le contó una especie de leyenda urbana de la época:  

"La historia de unos niños pequeños (número y edad indeterminados), confiados a los criados en una vieja mansión en medio del campo, probablemente tras la muerte de sus padres. Los criados, malvados y depravados, corrompen y depravan a los niños; los niños son malos, llenos de perversidad en un grado siniestro. Los criados mueren (la historia sigue siendo imprecisa en cuanto a la forma en la que mueren) y sus fantasmas, sus figuras, vuelven a frecuentar la casa para atormentar a los niños, a quienes parecen hacer señas, invitar y solicitar desde ciertos lugares peligrosos... (...) para invitarlos a destruirse a sí mismos, a perderse obediciéndolos, poniéndose bajo su dominio. Mientras se les mantiene apartados de ellos, los niños no se pierden; pero aquellas presencias maléficas tratan incansablemente de apoderarse de ellos, atrayéndolos allí donde se encuentran. Todo es demasiado oscuro e incompleto, la descripción, la historia, pero sugiere un efecto extrañamente horrible. La historia debe contarla... con suficiente verosimilitud... un observador desde fuera."

Pocas veces tenemos ocasión de conocer los orígenes de una novela. A James le sedujo el tema de inmediato por su ambivalencia, por la posibilidad de poder jugar con un lector al que sume en una incómoda duda. Lo que sí está claro es que el novelista estadounidense rompió con la forma tradicional en la que la literatura presentaba a los fantasmas y construyó un discurso más científico, acorde con las investigaciones parapsicológicas tan de moda en esos años (recordemos que es la época de la generalización de la fotografía, del espiritismo...). Asesorado por su hermano William, uno de los más afamados investigadores de estos fenómenos, Henry James retrató a unos fantasmas silenciosos, que se aparecen no para asustar a los moradores de la mansión, sino para cumplir una misión más siniestra: corromper a unos niños que, cuando el lector los conoce, hace tiempo que han perdido su inocencia. 

En realidad Otra vuelta de tuerca no es una historia de terror al uso, sino, como acertadamente se le calificó en el debate, se trata más bien de una novela psicológica. Después de una larga sesión y, por supuesto, sin haber llegado a conclusión definitiva alguna, solo a nuevas vueltas de tuerca: ¿y si resulta que la protagonista tiene poderes psíquicos y es la única que puede ver a unos fantasmas que resultan ser reales? ¿y si son los fantasmas los que solo se dejan ver a ella? ¿y si las visiones de la institutriz no son más que una manifestación de su represión sexual? Personalmente lei Otra vuelta de tuerca hace siete u ocho años. El nuevo encuentro con la novela ha hecho que la aprecie aún más, que admire su complejidad y conocer la visión de los compañeros acerca de la misma. ¿Qué importa en el fondo que existan o no los fantasmas cuando la inmensa calidad literaria de James es una realidad?