El viernes fue un día muy especial en la biblioteca Cristóbal Cuevas. Por una parte, se inauguró la exposición de Miriam Roig, una joven artista con una obra sencillamente fascinante. Los dibujos de Miriam parten de situaciones reales, de conflictos sociales que estamos viviendo todos los días, pero a partir de ahí lo que impera es una fantasía tan perturbadora como sugestiva para el observador. De hecho, recién leídos los microrrelatos de Muñoz Rengel, los dibujos parecían estar elegidos precisamente para ilustrar la jornada en la que íbamos a celebrar el encuentro con el exitoso autor malagueño. Una de las características más insólitas de estos trabajos es la técnica de su realización: un simple bolígrafo utilizado con mano maestra y trazo firme para crear desde un papel en blanco estas pequeñas obras de arte que gozan de un privilegiado centro de exposiciones entre las estanterías de la biblioteca.
Si abrir las páginas de un libro significa de ordinario embarcarse en un viaje hacia lo desconocido, sentarse a leer El libro de los pequeños milagros implica estar dispuesto a realizar múltiples viajes de ida y vuelta, a cual más insólito. Los relatos de Muñoz Rengel son pequeñas píldoras que contienen mucho más de lo que parece a primera vista. En ellos se juega con el tiempo, con el espacio, con el tamaño de las cosas y con distintos niveles de inteligencia y comprensión. A modo de ejemplo pongo uno de mis favoritos:
"En la casa de muñecas de su casa de muñecas se oyó un sonido agudo. Se acercó todo lo que pudo a la habitación en miniatura, y pudo distinguir que de la casita de su casita salía una vocecilla casi imperceptible, que gritaba:
- ¡Aaaaah! ¡Algo se ha movido ahí dentro!
Fue entonces cuando sintió una sombra en su propia ventana y vio la gigantesca yema de un dedo frotando los cristales."
La literatura de Muñoz Rengel bebe de múltiples fuentes. Estuvimos media tarde tratando de enumerarlas, pero intuyo que nos quedamos muy cortos. Quizá una de las más importantes sea una referencia un tanto extraña para la literatura, pero que resulta muy hermosa a la luz de los últimos descubrimientos científicos, esos que investigan los especialistas en astrofísica como Michiu Kaku y que nos hablan de universos paralelos y realidades infinitas, como si de una novela de ciencia ficción se tratara. Philip K. Dick, Stephen Hawking o Scott Fitzgerald entre muchos otros se dan cita entre estas páginas realmente mágicas, que constituyen una lectura inolvidable, de esas que hacen verosímil lo inversosímil.
También hubo un pequeño espacio para hablar de la vertiente periodística del autor malagueño y en concreto de un artículo suyo que publicó El País hace pocas semanas y que hablaba de un tema fascinante, la literatura distópica del siglo XX. Pongo aquí el enlace. Que lo disfruten:
http://elpais.com/elpais/2013/11/07/opinion/1383853908_900723.html
lunes, 16 de diciembre de 2013
jueves, 12 de diciembre de 2013
EL ULTIMO REFUGIO. TRACY CHEVALIER
A
modo de preámbulo: Pocas veces después de leer un libro me he permitido recomendarlo. Y sobre todo se lo
recomendaría al mundo femenino, sin preocuparme si ello es más o menos correcto.
Con ello no quiero decir que a un
hombre no le pueda interesar, la prueba es que a mí me ha gustado, pero creo
que una mujer sentirá más simpatía y empatía con la protagonista, por ser una
mujer y son mujeres las principales protagonistas de toda la historia.
Arranca
el relato cuando Honor abandonada por su novio desde la niñez, acepta acompañar a su hermana a América, donde va a casarse
con conocido, con el que quizás no sea muy compatible, pero sí le sacará
de su ambiente monótono y sin muchos alicientes. Hay que tener en cuenta, y es
muy importante para el desarrollo y comprensión de muchas cosas que suceden,
que ellas son cuáqueras.
La
travesía en barco es un suplicio para la protagonista, de tal
forma que es una causa que le impide el pensar en volver a Inglaterra a pesar
de todas sus desdichas. Nada más llegar a América, su hermana enferma de una
fiebres y muere, así que se encuentra de golpe en un país extraño y enorme para
ella, completamente sola, lejos de su
destino y sin saber cómo va ser recibida por el que iba a ser su cuñado, cuando
sepa que su futura mujer ha muerto y ella ya no le toca nada, y abundando en la
dificultad, el hermano de su futuro cuñado también acaba de morir, así que se
encontrará viviendo con otra mujer y un hombre a los que no les une nada.
No
todo va a ser malo, tiene la suerte de antes de tener esos temidos encuentros
alojarse en casa de Belle, la sombrerera, en la que se recupera de la muerte
de su hermana, esta es una mujer aunque de apariencia seca y fría, es una mujer
fuerte y muy humana, que será para ella el único soporte en aquel mundo extraño
y su mejor amiga después de la que dejó
en Inglaterra.
Cómo
cuáquera, para seguir en esa comunidad ha de buscar una solución aceptable a su
manera de vivir, ya que en la casa que vive, la vida es insoportable por lo que se casa con el primer hombre que
se le ofrece y es amable con ella, aunque siempre sentirá algo especial por el
perseguidor de esclavos, hombre detestable.
Está,
también uno, por no decir la principal cuestión de las novelas, cual es el
problema de la esclavitud de aquel 1885, la lucha del abolicionista contra la
esclavitud. Según lo aprendido y vivido en su comunidad y por ella algo
irrenunciable la lucha contra la misma y hace todo lo que está de su mano por
ayudar a los fugitivos. Esto le acarreará problemas con su familia, a la que
abandonará, ya que ellos aunque comulgan con su ideal, no están dispuestos a
ponerlos en práctica por el castigo que
sufrieron por ello.
No
voy a desvelar más entresijos de la
novela, creo que con lo expuesto se ve que es una historia interesante, donde a mí me ha llamado la
atención, que más importante que la pertenencia a un grupo determinado están
las personas como individuos libres, que toman
sus propias decisiones, y el pertenecer a un grupo aunque parezcan más
justos a nivel personal pueden dejar mucho que desear, y lo mismo en el caso
contrario, ser persona muy válida aunque a nivel social no se reconozca.
Me
ha gustado y por eso la recomiendo.
Mariano
Calderón
Marcaldom49@hotmail.com
viernes, 29 de noviembre de 2013
UN MUNDO DE CATATREPAS. Miriam Roig Heredia. Exposición de dibujo
EXPOSICIÓN DEL 1 AL 31 DE DICIEMBRE
PRESENTACIÓN 13 DE DICIEMBRE A LAS 18 HORAS
La comunicación a través del dibujo.
El
dibujo es un mecanismo de comunicación de primer orden. Como en cualquier
lenguaje, desempeña diferentes funciones, desde aquella cuyo cometido es
identificar un objeto o una imagen mental, hasta la que permite transmitir
intenciones, estados de ánimo y sentimientos.
Por estas virtudes, se ha utilizado el dibujo como canal más sencillo y
directo para transmitir una serie de ideas. Los dibujos están realizados a
bolígrafo utilizando la técnica pictórica del grafismo. Los grafismos son
aquellas líneas que mantienen el mismo grosor en toda su expresión. Gracias al
control de este recurso se han conseguido crear los volúmenes y los
claros-oscuros de los dibujos, que no son más que un juego de luces y sombras
que modelan las figuras de la composición, fingiendo la tridimensionalidad que
le falta al soporte plano y que a su vez enriquecen la gama acromática de las
obras. Las técnicas que se muestran en estos dibujos, son unas aprendidas y
otras intuidas, pero ambas poseen un mismo objetivo, plasmar sucesos y
problemáticas sociales, desde un prisma subjetivo.Mi exposición, Un mundo de catatrepas, ilustra, los principales problemas y preocupaciones de la sociedad actual como entre otros, el paro o los desahucios, desde un posicionamiento reivindicativo y crítico. Esto se ha llevado a cabo a través de metáforas visuales, que se podrían situar a medio camino entre el surrealismo y el realismo mágico. Y con esta personal combinación de estilos, se ha conseguido obras que están cargadas de originalidad e interrogantes. Ya que las figuras y componentes que forman las composiciones; elementos humanos y vegetales u objetos y formas inorgánicos, se confunden sinuosamente intercambiando y compartiendo roles, alcanzando un resultado general enigmático.
Miriam Roig Heredia
jueves, 28 de noviembre de 2013
Zoe Valdés y Dora Maar
La novela trata de la vida de Dora Maar, artista surrealista, y una de las llamadas “mujeres de Picasso”. Dora convive con Picasso durante diez años turbulentos, plasmados en multitud de retratos en los que, a partir de un momento dado, aparece llorando, y que progresivamente va pareciéndose a un monstruo llorón. Al final de esta relación Dora se aísla en su apartamento y en su religión (“... después de Picasso, Dios”).
La autora en su libro plantea una trama ficticia, que consiste en descubrir el por qué del aislamiento, que se produjo concretamente tras un viaje a Venecia con James Lord y Bernard Minoret, ambos estrechamente ligados al entorno de la pareja. Sin embargo la impresión general es que esta trama es una excusa, ya que la obra va por otros derroteros.
Zoé, como mujer escritora contemporánea, busca el personaje femenino, y construye en sus historias un modelo de mujer propio. Esta es la coincidencia esencial entre otros de sus libros anteriores (véase La nada cotidiana) con esta obra, aunque echamos en falta el halo poético de aquellos frente al tono más prosaico de esta, quizás invadida por las referencias históricas.
Algunos nos imaginábamos a Zoé vestida de su personaje y que, llorona como tal, nos iba a regalar una sesión plagada de “letanías”, término que ella repite refiriéndose a una forma de expresarse más pasional que racional, y que tiene que ver con el título de la novela. Teníamos una idea errónea sobre la autora, motivada quizás por alguna alusión en su relato que nos predisponía a ello (“mis lágrimas las he convertido en palabras escritas”), por su condición de exiliada y su militancia opositora al régimen cubano, y por algunas de sus intervenciones en medios de comunicación y redes sociales.
El encuentro modificó mi imagen sobre la escritora pero confirmó mi sospecha sobre la obra. La autora ha reconstruido al personaje histórico femenino y no podemos calibrar su equivalencia con el real. Sin aparente deformación exagerada la ha mimetizado a su modelo propio de mujer. Zoé, cuyas novelas siempre parecen reflejar algo autobiográfico, repite el esquema una vez más.
Pensando en esta ligazón, se me ha venido a la cabeza aquel otro diálogo literario entre autor y personaje que concluye de la siguiente forma:
- “No será, mi querido don Miguel que sea usted, y no yo, el ente de ficción... No será que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo”.
En “La mujer que llora”, más que encuentro hay pura simbiosis entre la autora y su personaje. Dice Zoé que “me conmueven las mujeres que se aíslan”, e incluye dentro de la propia narración el proceso de documentarse para descubrir la razón acudiendo a paisajes y personajes. Pero desde mi punto de vista pasa muy por encima sobre un dato crucial que yo creería explicativo del desenlace, como es el más o menos significativo grado de locura de la protagonista.
Ante la ausencia de más datos objetivos tras la clausura, Zoé tiene campo abierto para reinventar a su heroína, hacerla su amiga, concebir una complicidad casi adolescente entre ambas, idear un vínculo emocional y urdir un encuentro solidario trascendiendo todas las dimensiones.
En esto consiste la literatura y por eso nos atrae.
Pepe de la Torre
domingo, 10 de noviembre de 2013
FURIA, DE FRITZ LANG.
La carrera del Fritz Lang - uno de los directores de cine que cuentan en su haber con más obras maestras - puede dividirse en dos etapas muy bien diferenciadas: su etapa de cine de mudo, que realizó en Alemania bajo la influencia del Movimiento Expresionista, cuyo punto culminante fue Metrópolis (1927) (la primera película en ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco), una especie de prefiguración del destino de la sociedad alemana si llegara a triunfar el totalitarismo en el país. Una de las anecdótas más curiosas de esta etapa se refiere a su película La mujer en la Luna (1929). Lang asegura que él fue el inventor de la cuenta atrás, esa secuencia de lanzamiento que fue adoptada universalmente cuando llegó la era espacial. A él simplemente se le ocurrió porque contar hacia atrás haría mucho más apasionante la secuencia del lanzamiento del cohete.
Hay algo paradójico en la obra de Fritz Lang. De ascendencia judía por parte de madre, fue uno de los directores más innovadores durante la etapa de la República de Weimar. Llegados los nazis al poder en 1933, estos prohibieron su película El testamento del doctor Mabuse, dado que su protagonista, un ser maligno que planificaba grandes golpes criminales en la sombra, podía confundir a la población alemana y socavar la confianza en sus líderes. No obstante, siendo Hitler un gran admirador de la obra de Lang (más de una madrugada dedicó el líder nazi al visionado de Los Nibelungos), Goebbels le ofreció la dirección de la UFA, para que se encargara de que se realizaran obras que enaltecieran la nueva Alemania. Esa misma tarde, Lang tomó un tren hacia Francia y posteriormente recaló en Estados Unidos, donde iniciaría la segunda etapa de su obra cinematográfica con Furia (1936).
Furia es hija de la obsesión del director con los totalitarismos, con esas ideologías de masas que anulan la voluntad del individuo y la ponen al servicio de un fin superior. Lang no solo había profetizado la llegada del nazismo a través de su obra cinematográfica, sino que había vivido en sus propias carnes la locura de la Primera Guerra Mundial (fue herido varias veces como soldado del ejército austrohúngaro) provocada por la locura extrema de los nacionalismos. Cuando las masas se someten a un poder superior y dejan de pensar por sí mismas, las pasiones vencen a la razón y cualquier locura colectiva es posible. En 1960 Elias Canetti publicó Masa y poder, un famoso ensayo en el que analizaba este fenómeno, concluyendo algunas características del fenómeno: que la masa siempre quiere crecer, admitiendo nuevos miembros dispuestas a seguir ciegamente sus objetivos, que en el interior de la masa reina una igualdad aparente (el mismo líder siempre se declara el primero entre iguales) y que quien no comulga con la masa sufrirá una exclusión social en diversos grados. El mismo Fritz Lang reflexionaba sobre este asunto en el magnífico libro-entrevista de Peter Bogdanovich, Fritz Lang en América:
"Las masas pierden consciencia cuando están juntas, se convierten en turbas y ya no tienen consciencia personal. Cosas que ocurren durante un tumulto son la expresión de un sentimiento de masa, no son ya el sentimiento de individuos."
El héroe de Furia, como corresponde a una producción estadounidense, es un hombre corriente (Spencer Tracy), un ciudadano que intenta salir adelante honradamente con el objetivo de fundar una familia. Para ello elige la vía emprendedora y comienza a realizar su particular sueño americano inaugurando una gasolinera junto a sus hermanos. Todo parece ir bien, no hay obstáculos en la felicidad de Joe Wilson, pero el destino va a cruzarse en su camino cuando es confundido con un secuestrador y confinado en la comisaría de un pequeño pueblo. Poco a poco la noticia se va difundiendo entre los habitantes del lugar y, como suele suceder en estos casos, todo se tergiversa y el mero sospechoso se convierte en culpable de horribles crímenes. La justicia popular, que sustituye a la lentísima y corrupta justicia oficial tiene carta blanca para actuar. Wilson observa desde su celda como se va reuniendo cada vez más gente alrededor de la comisaría y los ánimos se exaltan hasta el punto de iniciarse un asalto masivo al edificio que termina en el incendio del mismo. Entonces se produce uno de esos milagros con los que de vez en cuando nos regala el cine: Lang homenajea su propia etapa expresionista y coloca los sentimientos de los personajes ante la cámara en una escena de una fuerza inusitada cuyo punto álgido son las imágenes del prisionero observando horrorizado cómo las llamas se extienden a su alrededor.
Después Furia se transforma en otra película, en la historia de una venganza propiciada por un personaje roto, que reniega de los valores que hasta entonces habían condicionado su existencia, utilizando para ello la misma máquinaria de la justicia en la que había creído antes de perder su inocencia de ciudadano integrado. Aquí el mensaje se complica magistralmente y Lang cuestiona contínuamente al espectador. ¿Es lícita la actitud del protagonista? ¿existe la misma responsabilidad en los que actúan dentro de una masa que en la actuación individual? ¿hubiera sido distinta la reacción del espectador ante los hechos si el protagonista hubiera sido, por ejemplo, un violador de niños? ¿sabríamos conservar nuestra individualidad en una situación parecida? Muchas de las preguntas son incómodas y aún más lo son las respuestas. No es lo mismo contemplar una escena desde la comodidad de una butaca que vivirla en la realidad, estar implicado en la misma. Una de las emociones más manipulables es el llamado sentido de justicia, que hace que la masa se sienta que es mucho más rápido y económico linchar a un individuo al que se supone culpable que probar dicha culpabilidad en un costoso y largo juicio. Visto todo esto, reflexionen acerca del espectáculo con el que nos obsequian las televisiones cada vez que surge un caso especialmente morboso, como el asesinato de una adolescente. La prensa y su sed de fabricar noticias sensacionalistas, también está presente en el film de Lang, así como la corrupción de los políticos. Pero sobre este tema en concreto hablaremos más profundamente cuando programemos otra obra maestra del cine norteamericano: El gran carnaval, de Billy Wilder.
Hay algo paradójico en la obra de Fritz Lang. De ascendencia judía por parte de madre, fue uno de los directores más innovadores durante la etapa de la República de Weimar. Llegados los nazis al poder en 1933, estos prohibieron su película El testamento del doctor Mabuse, dado que su protagonista, un ser maligno que planificaba grandes golpes criminales en la sombra, podía confundir a la población alemana y socavar la confianza en sus líderes. No obstante, siendo Hitler un gran admirador de la obra de Lang (más de una madrugada dedicó el líder nazi al visionado de Los Nibelungos), Goebbels le ofreció la dirección de la UFA, para que se encargara de que se realizaran obras que enaltecieran la nueva Alemania. Esa misma tarde, Lang tomó un tren hacia Francia y posteriormente recaló en Estados Unidos, donde iniciaría la segunda etapa de su obra cinematográfica con Furia (1936).
Furia es hija de la obsesión del director con los totalitarismos, con esas ideologías de masas que anulan la voluntad del individuo y la ponen al servicio de un fin superior. Lang no solo había profetizado la llegada del nazismo a través de su obra cinematográfica, sino que había vivido en sus propias carnes la locura de la Primera Guerra Mundial (fue herido varias veces como soldado del ejército austrohúngaro) provocada por la locura extrema de los nacionalismos. Cuando las masas se someten a un poder superior y dejan de pensar por sí mismas, las pasiones vencen a la razón y cualquier locura colectiva es posible. En 1960 Elias Canetti publicó Masa y poder, un famoso ensayo en el que analizaba este fenómeno, concluyendo algunas características del fenómeno: que la masa siempre quiere crecer, admitiendo nuevos miembros dispuestas a seguir ciegamente sus objetivos, que en el interior de la masa reina una igualdad aparente (el mismo líder siempre se declara el primero entre iguales) y que quien no comulga con la masa sufrirá una exclusión social en diversos grados. El mismo Fritz Lang reflexionaba sobre este asunto en el magnífico libro-entrevista de Peter Bogdanovich, Fritz Lang en América:
"Las masas pierden consciencia cuando están juntas, se convierten en turbas y ya no tienen consciencia personal. Cosas que ocurren durante un tumulto son la expresión de un sentimiento de masa, no son ya el sentimiento de individuos."
El héroe de Furia, como corresponde a una producción estadounidense, es un hombre corriente (Spencer Tracy), un ciudadano que intenta salir adelante honradamente con el objetivo de fundar una familia. Para ello elige la vía emprendedora y comienza a realizar su particular sueño americano inaugurando una gasolinera junto a sus hermanos. Todo parece ir bien, no hay obstáculos en la felicidad de Joe Wilson, pero el destino va a cruzarse en su camino cuando es confundido con un secuestrador y confinado en la comisaría de un pequeño pueblo. Poco a poco la noticia se va difundiendo entre los habitantes del lugar y, como suele suceder en estos casos, todo se tergiversa y el mero sospechoso se convierte en culpable de horribles crímenes. La justicia popular, que sustituye a la lentísima y corrupta justicia oficial tiene carta blanca para actuar. Wilson observa desde su celda como se va reuniendo cada vez más gente alrededor de la comisaría y los ánimos se exaltan hasta el punto de iniciarse un asalto masivo al edificio que termina en el incendio del mismo. Entonces se produce uno de esos milagros con los que de vez en cuando nos regala el cine: Lang homenajea su propia etapa expresionista y coloca los sentimientos de los personajes ante la cámara en una escena de una fuerza inusitada cuyo punto álgido son las imágenes del prisionero observando horrorizado cómo las llamas se extienden a su alrededor.
Después Furia se transforma en otra película, en la historia de una venganza propiciada por un personaje roto, que reniega de los valores que hasta entonces habían condicionado su existencia, utilizando para ello la misma máquinaria de la justicia en la que había creído antes de perder su inocencia de ciudadano integrado. Aquí el mensaje se complica magistralmente y Lang cuestiona contínuamente al espectador. ¿Es lícita la actitud del protagonista? ¿existe la misma responsabilidad en los que actúan dentro de una masa que en la actuación individual? ¿hubiera sido distinta la reacción del espectador ante los hechos si el protagonista hubiera sido, por ejemplo, un violador de niños? ¿sabríamos conservar nuestra individualidad en una situación parecida? Muchas de las preguntas son incómodas y aún más lo son las respuestas. No es lo mismo contemplar una escena desde la comodidad de una butaca que vivirla en la realidad, estar implicado en la misma. Una de las emociones más manipulables es el llamado sentido de justicia, que hace que la masa se sienta que es mucho más rápido y económico linchar a un individuo al que se supone culpable que probar dicha culpabilidad en un costoso y largo juicio. Visto todo esto, reflexionen acerca del espectáculo con el que nos obsequian las televisiones cada vez que surge un caso especialmente morboso, como el asesinato de una adolescente. La prensa y su sed de fabricar noticias sensacionalistas, también está presente en el film de Lang, así como la corrupción de los políticos. Pero sobre este tema en concreto hablaremos más profundamente cuando programemos otra obra maestra del cine norteamericano: El gran carnaval, de Billy Wilder.
sábado, 19 de octubre de 2013
EL OLVIDO QUE SEREMOS, DE HÉCTOR ABAD FACIOLINCE.
Cuenta Héctor Abad que tardó muchos años en poder enfrentarse a los terribles hechos que relata y poder escribir el libro. Debió ser un ejercicio doloroso, pues pocas páginas destilan tanta sinceridad como las de El olvido que seremos. Escribir autobiográficamente significa en muchas ocasiones explorar abismos que se encuentran dentro de nosotros, analizar hechos pretéritos de los que fuimos protagonistas e interpretarlos. Pero para Abad el objetivo prioritario, más que ajustar cuentas con el pasado, es inmortalizar la memoria de una persona cercana y toda su escritura está subordinada a ese propósito:
"¿Cuánta vida le devuelve a un muerto un libro? En la realidad, ninguna, en la memoria de los hombres, mucho. Yo he logrado que algunas personas en Colombia, e incluso en España, en Argentina, en México, ahora en Gran Bretaña, conozcan la vida de este médico bueno. La suya fue una vida ejemplar, creo yo, y me gusta usar esta palabra e las novelas cortas de Cervantes. Las vidas ejemplares pueden hacer mejores a los hombres.
Ahora, en
cuanto a la lectura de libros… Yo me pregunto si algunos libros no nos harán
también peores. Hay libros perniciosos, pero como el criterio de lo que es
pernicioso no se puede saber con seguridad, es necesario permitir todos los
libros. Creo que cuantos más libros se lean, más poderes tenemos para
identificar los libros perniciosos.
Aunque no
sé; parece que había nazis que eran también grandes lectores. En mi padre la
lectura producía una metamorfosis feliz; creo que en la mayoría es así. Pero no
voy a idealizar los libros. Los libros son como los cuchillos: sirven para
pelar naranjas y para matar gente."
El médico Héctor Abad Gómez es retratado como un hombre siempre activo y feliz, uno de esos librepensadores que tienen que transigir en su vida diaria con la preponderancia de valores religiosos en su propia familia, que tiene que ser tolerante con ideas que él considera absurdas y supersticiosas, pero a la vez inofensivas. Se define a sí mismo con gran precisión como "cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política" y su actitud no queda en meras palabras, sino que se empeña constamente en llevar a la práctica sus ideas sobre salud pública y prevención de enfermedades en los barrios más pobres de Medellín. Su recuerdo ha permanecido en esta ciudad a la que la historia ha tratado tan mal a través de la Corporación para la Eduación y la Salud Pública Héctor Abad Gómez, que patrocina acciones encaminadas a beneficiar a las poblaciones con bajos recursos y la Cátedra Héctor Abad Gómez, centrada en la lucha por la salud universal en el marco de los Derechos Humanos.
El olvido que seremos cuenta con dos partes diferenciadas. La primera describe los años de felicidad familiar de una familia acomodada, los años de formación del escritor, al que su padre siempre otorgó una inmensa libertad para que siguiera el camino vital que prefiriera, contando con su apoyo incondicional. Un padre comprensivo, tolerante, que confía plenamente en el criterio de su vástago, educándolo en una especie de Summerhill familiar basado en la creencia en la bondad natural de las personas. Y funcionaba con su ejemplo vital:
“Sin decirme una sola palabra, sin obligarme a leer y sin echarme el sermón de lo sana para el espíritu que podía ser la música clásica, yo entendí, sólo mirándolo, viendo en él los efectos benéficos de la música y de la lectura, que en la vida todos podíamos recibir un gran regalo, no muy caro y más o menos al alcance de la mano: los libros y los discos. Ese señor oscuro y malhumorado que había llegado de la calle con la cabeza cargada de las malas influencias y las tragedias y las injusticias de la realidad, había recuperado su mejor semblante, y la alegría, de la mano de los buenos poetas, de los grandes pensadores y de los grandes músicos.”
La segunda parte es mucho más oscura. Comienza con la cruel muerte de la hermana del escritor, describiendo los padecimientos de su terrible enfermedad. Poco después la violencia, que siempre ha existido en Colombia, empieza a adueñarse del país de una manera insoportable: la guerrilla, los grupos paramilitares y los narcotraficantes campan a sus anchas asesinando por doquier, siendo Medellín uno de sus puntos neurálgicos. Héctor Abad jamás se acobardó ante los violentos y los denunció constantemente, especialmente al gobierno, cuyo sometimiento al imperio de la ley hacía especialmente vergonzoso que patrocinara de forma más o menos descarada a escuadrones de la muerte. El autor no se abstiene de señalar algún punto oscuro en las actividades de su padre en este periodo: su compresión (aunque sin apoyar los asesinatos) de la existencia de ciertos grupos guerrilleros, su ingenuidad a la hora de apoyar causas tan indefendibles como el comunismo de Corea del Norte y la utilización que hacían los izquierdistas radicales de su prestigiosa figura para legitimar su causa. Pero por encima de todo esto estaba su condición de humanista, de médico cercano a los pobres y alejado del ideario de la clase social a la que pertenecía. Con esto y con el ejercicio continuado y valiente de su libertad de expresión firmó su propia sentencia de muerte. Su hijo no quiso recoger el testigo, acción que él estimaba poco menos que suicida y se exilió portando como equipaje un dolor inmenso que seguramente habrá podido mitigar en parte a través de la escritura.
En el club de lectura El olvido que seremos ha dado pie a un intensísimo debate en el que al final se han establecido paralelismos entre lo que cuenta el libro y los hechos más luctuosos de la historia reciente de nuestro país: la Guerra Civil, el franquismo y los asesinatos de ETA. Termino recordando las palabras elogiosas que le dedicó Mario Vargas Llosa:
" (...) el libro es (...) una sobrecogedora inmersión en el infierno de la violencia política colombiana, en la vida y el alma de la ciudad de Medellín, en los ritos, pequeñeces, intimidades y grandezas de una familia, un testimonio delicado y sutil del amor filial, una historia verdadera que es asimismo una soberbia ficción por la manera como está escrita y construida, y uno de los más elocuentes alegatos que se hayan escrito en nuestro tiempo y en todos los tiempos contra el terror como instrumento de la acción política."
martes, 8 de octubre de 2013
A una lectora que nos ha dejado.
Hoy,
con vuestro permiso, quiero dejar aquí constancia no sobre un libro o un autor,
no. Simplemente hablare de una lectora. Una gran lectora de libros y también de
la vida: mi hermana.
Poco
antes de ingresar en el hospital, de donde ya no volvió a salir con vida, en
una de esas largas conversaciones que manteníamos, muchas veces por teléfono
(así no hay quien nos moleste, afirmaba), yo me quejaba de que últimamente no
encontraba consuelo para el tedio de la vida (taedium vitae) ni en la lectura.
Firme y decidida, como siempre, ella me comentaba:
-Paco,
tú piensas mucho, hay que vivir más. Y añadió, la felicidad puede ser disfrutar
de un par de huevos fritos con patatas y una cerveza fría. Lo tenía muy claro,
decía: déjate de rollos metafísicos, la felicidad se conforma de momentos y de
actos; lo demás es palabrería de autoayuda.
Mi
hermana fue consciente de la espada de Damocles sobre su cabeza durante quince años. (Si, si lo pensamos bien todos la tenemos sobre nosotros, pero
quien seria capaz de ser ejemplo vital sintiéndola cada día). En todo ese
tiempo, nunca cejó en su empeño y en su concepción de lo que es la vida – de lo
que es la felicidad, si se quiere:
Es
tenerte a ti mismo y seguir poseyéndote para ti y para los demás; es poder
levantarse cada día sin ayuda; es renunciar a muchas cosas para no abdicar
nunca de la vida; es acordase de acariciar, aunque sea levemente, una mano
querida.
Toñi
Torres, mi hermana, que con su risa- casi siempre presente en ella- y su fuerza y voluntad para aprovechar cada momento, me recordaba siempre que solo tenemos una obligación al despertar cada mañana: vivir la vida. Aprovechar
cada nuevo día que nos es dado. Lo demás son ocupaciones cotidianas, por muy
apegados que estemos a ellas, por mucho que nos agobien o por muy importantes
que las consideremos, son solo eso, ocupaciones. Algo que, cuando ya no podamos
o dejemos de hacer, alguien hará por nosotros. Pero nadie puede vivir nuestra
vida. Ese cometido es únicamente nuestro. El único exclusivo.
Al
fin de cuentas, los años de una vida son como la lectura: hay quien lee cien
libros y no se entera de nada, y hay quien con un solo libro, incluso con un
solo poema, goza plenamente del acto de leer.
Cuando
escribo estas palabras para dar las gracias a esa gran mujer y esa querida
amiga que fue, y es en mi mente y en mí corazón, Antonia Torres, La niña para
sus padres y sus dos hermanos, la pena y la congoja me angustian y se ciernen
sobre mí, pero no me inmovilizan. Sé, por eso las escribo, las palabras que
ella me diría, me dice:
-Experimenta
y siente tu dolor, forma parte de la vida; pero deja de compadecerte en el. No
lo pongas como excusa para no vivir. Estás
vivo compórtate como tal. Vive.
El
corazón de Antonia Torres Domínguez dejó de latir, en paz consigo mismo y con
los demás, el miércoles 2 de octubre de 2013.
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