martes, 14 de enero de 2014

EL GRAN CARNAVAL.

Contemplar hoy día una película como El gran carnaval y comprobar que sigue manteniendo la misma fuerza que cuando fue concebida resulta asombroso. Y no solo eso. Su mensaje está más vigente que nunca en esta era de la difusión viral de noticias banales, de acceso a grandes cantidades de información y a la vez a enormes cantidades de manipulación. El periodista Charles Tatum, grandiosamente interpretado por Kirk Douglas es un ejemplo claro de hombre ambicioso y hecho a sí mismo que pueblan la mitología estadounidense, alguien nacido para triunfar, aunque tenga que destrozar la vida de algunos de sus semejantes en su camino. Para él la profesión periodística no es informar al público de la verdad, sino tomar un suceso, exagerarlo hasta extremos inconcebibles y conspirar para que la noticia se alargue, intoxicando con su veneno a todos los que están alrededor de la misma.

Su presentación es antológica: llega a la redacción del periódico local de Albuquerque arrasando con su personalidad (atención a su forma de encender una cerilla)  y consigue en pocos meses el puesto de redactor jefe. Pero se aburre. Tatum anhela que se produzca alguna catástrofe o algún crimen en la tranquila ciudad y ve su oportunidad en el accidente de un saqueador de antigüedades indias, que ha quedado atrapado en una mina. En vez de instar su rápido rescate, el periodista convence al sheriff para alargar el asunto y así hacer subir su popularidad. De esto último se encargará él, escribiendo unas crónicas épicas que empezarán a atraer a numeroso público, hasta hacer de este suceso anodino la noticia más importante del momento (hoy se diría trending topic). Hay que decir que este argumento se basa en un hecho real: en el año 1925 Floyd Collins, un guía turístico de Kentucky quedó atrapado en una gruta por una avalancha de rocas y el periodista William Burke - que acabó ganando el premio Pulitzer por aquello - lideró a los equipos de rescate durante dieciocho días, aunque parece ser que no manipuló a nadie para que la operación de salvamento se alargara.

De la intensidad del trabajo de Kirk Douglas (patente para cualquiera que vea la película), nos habla él mismo a través de su autobiografía, El hijo del trapero:

"En mi opinión, mi personaje de Ace in the hole era excesivamente brutal.

- Billy, ¿no te parece que debería hacerlo un poco más blando, algo más simpático, para volverlo comprensivo al público?

- Interprétalo con la mayor brutalidad posible. Desde el principio.

Le hice caso. En Ace in the hole hay una escena en la que cojo la pequeña estola de piel de Jan Sterling y se la retuerzo alrededor del cuello, indignado por lo mal que está tratando a su marido. En realidad, estoy furioso conmigo mismo porque yo lo trato peor, manteniéndolo en el fondo de un pozo sólo para conseguir un artículo. Antes de filmar la escena le dije:

- Jan, si aprieto demasiado, dímelo.

La estrangulaba mientras decía mi parlamento. De pronto la miré: estaba azul. Solté la estola. Jan cayó al suelo. La levanté, le di unas bofetadas, le alcancé agua.

- ¿Te sientes mal, Jan? - ella jadeaba -. Cielos, si estaba apretando demasiado, ¿por qué no me lo dijiste?

- No podía - refunfuñó - Me estabas asfixiando."

El gran carnaval fue un fracaso comercial en Estados Unidos, auspiciado por las críticas negativas, que veían en la película un insulto al pueblo american, respecto al cual consideraban que no podía ser objeto de tan burda manipulación. El tiempo ha dado la razón ampliamente a Billy Wilder. La gente común se traga lo que le echen, si está bien cocinado, aunque su sabor sea nauseabundo: guerras prefabricadas, idioteces de famosos o hechos tan banales como lo de la restauradora del Ecce Homo de Borja, que se convirtió por unas semanas en prácticamente la noticia del siglo, atrayendo al pequeño pueblo a numerosos visitantes, en una secuencia de hechos parecida a la que cuenta esta película, aunque, afortunadamente, sin consecuencias tan dramáticas. El propio Wilder, en sus memorias, Nadie es perfecto, escritas en colaboración con Helmuth Karasek, nos ofrece las claves de su obra:

"Es una película sobre el periodismo sensacionalista, seguro. Pero en mayor proporción todavía, es una película sobre el público que hace posible el periodismo sensacionalista. (...)

El gran carnaval (según Film noir de Alan Silver y Elisabeth Ward, "una de las películas más cruelmente cínicas que Hollywood ha producido jamás") es una obra en la que nada es como parece: el afán de ayudar resulta ser un egoísmo asesino; el interés, afán de sensación; la desconsideración periodística y la franqueza, manipulación. Todo lo que se manifiesta exteriormente va encaminado a ocultar lo que la gente quiere en realidad, ya se trate de políticos que aparentan prudencia y decisión, o de mujeres que tienen que fingir tristeza. Cuando el periodista se muestra finalmente tal y como es, la gente tiene todavía menos interés en saberlo: porque temen encontrarse también ellos desnudos y desprotegidos." 

jueves, 26 de diciembre de 2013

UP IN THE AIR.

Para Ryan Bingham todas las ciudades vistas desde el cielo son iguales. También lo son los coches que alquila una vez que llega a ellas y los hoteles en los que se aloja. Todas las empresas que visita para encargarse de transmitir la noticia de su despido a ciertos trabajadores también se parecen por el ambiente de miedo que se encuentra cuando llega a ellas. Ryan es un alto ejecutivo cuya filosofía es alejarse de las preocupaciones y compromisos. Y la mejor manera de hacerlo es estar en todas partes y a la vez en ningún sitio, viajando ligero de equipaje, como decía Antonio Machado. Ryan es un hombre-pantalla, que aparece en la vida de ciertos individuos para transmitirles falsas esperanzas basadas en las doctrinas-basura derivadas de los libros de autoayuda.  En la novela en la que se basa la película, escrita por Walter Kirn, se nos ofrecen algunas claves del trabajo de Ryan, propio de la era de la subcontratación:

"La mayoría de las personas creen que nos llaman para despedir a la gente o para encontrar nuevos empleos a los despedidos. Ni una cosa ni la otra. Nuestro papel es hacer que el limbo sea tolerable, llevar en una barca a las almas perdidas, a través del río del terror y la humillación y la falta de confianza en uno mismo, hasta el punto en la que brillante costa de la esperanza sea débilmente visible, y luego anclar el bote y hacerlos nadar mientras nosotros remamos de vuelta al palacio del que han sido desterrados para presentar a los nobles nuestra factura. No ofrecemos garantías ni promesas a los nadadores. (...) Llegamos a nuestro puerto antes de que ellos lleguen al suyo, y no miramos atrás por encima del hombro para ver como les va, aunque ellos nos miran a nosotros contínuamente."

Ryan va de ciudad en ciudad efectuando despidos ordenados por sus jefes, a quienes antes se los han encargados otros, los jefes de los despedidos, gente demasiado cobarde como para dar la cara en un momento así. Pero a él personalmente no parecen afectarle las reacciones de sus víctimas: está entrenado para blindarse ante las emociones. Todo en su vida es tan efímero como que apenas le deja huella: sus residencias (se pasa prácticamente todo el años viajando), sus relaciones sexuales o sus amistades. Desde su medio natural, Mundo aéreo, los problemas se ven muy lejanos y pequeños. Tiene familia, sí, pero ellos apenas tienen alguna idea de a qué se dedica. La película de Reitman es mucho más inteligente que el libro en el que se basa. La novela de Kirn es más bien el monólogo de un personaje egocéntrico que analiza el mundo que le rodea (el mundo del capitalismo más darwinista) de una manera presuntamente brillante, como si él estuviera por encima de todo eso. Si bien su comienzo es prometedor, hacia la mitad se vuelve demasiado cargante: es imposible empatizar con el personaje del modo como lo hacemos con el que encarna George Clooney en la gran pantalla. Y también las historias son muy diferentes. La de Reitman se desarrolla en plena crisis económica, por lo que el papel del protagonista se torna como una especie de brujo malo que deja marcadas con una maldición a sus víctimas. Y es que así funciona el capitalismo, por ciclos: las crisis no son catástrofes naturales (normalmente) porque sus gestaciones son eminentemente humanas. Luego se intentan evaluar y explicar, pero en un sistema que se supone tan avanzado y tan científico, nadie sabe como corregirlas.

El debate dio para mucho: es lógico con un argumento tan de actualidad, pero al final acabamos analizando la actitud de Ryan: él, que tan libre se cree ¿es más esclavo que nadie de su trabajo? ¿es mejor vivir sin ataduras o lo más natural son las relaciones estrechas? El mensaje final de la película es conservador: tanto elogiar un cierto estilo de vida para después vapulearlo de esa manera en la última escena. Y es que al final descubrimos que a la vida de Ryan le falta calor humano: en cualquier caso, él tiene los medios para corregir esa carencia en el futuro.

Dejo aquí el artículo que le dediqué a la película hace un par de años:

http://suite101.net/article/up-in-the-air-de-jason-reitman-a11690

lunes, 16 de diciembre de 2013

EL LIBRO DE LOS PEQUEÑOS MILAGROS, DE JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL.

El viernes fue un día muy especial en la biblioteca Cristóbal Cuevas. Por una parte, se inauguró la exposición de Miriam Roig, una joven artista con una obra sencillamente fascinante. Los dibujos de Miriam parten de situaciones reales, de conflictos sociales que estamos viviendo todos los días, pero a partir de ahí lo que impera es una fantasía tan perturbadora como sugestiva para el observador. De hecho, recién leídos los microrrelatos de Muñoz Rengel, los dibujos parecían estar elegidos precisamente para ilustrar la jornada en la que íbamos a celebrar el encuentro con el exitoso autor malagueño. Una de las características más insólitas de estos trabajos es la técnica de su realización: un simple bolígrafo utilizado con mano maestra y trazo firme para crear desde un papel en blanco estas pequeñas obras de arte que gozan de un privilegiado centro de exposiciones entre las estanterías de la biblioteca.

Si abrir las páginas de un libro significa de ordinario embarcarse en un viaje hacia lo desconocido, sentarse a leer El libro de los pequeños milagros implica estar dispuesto a realizar múltiples viajes de ida y vuelta, a cual más insólito. Los relatos de Muñoz Rengel son pequeñas píldoras que contienen mucho más de lo que parece a primera vista. En ellos se juega con el tiempo, con el espacio, con el tamaño de las cosas y con distintos niveles de inteligencia y comprensión. A modo de ejemplo pongo uno de mis favoritos:

"En la casa de muñecas de su casa de muñecas se oyó un sonido agudo. Se acercó todo lo que pudo a la habitación en miniatura, y pudo distinguir que de la casita de su casita salía una vocecilla casi imperceptible, que gritaba:

- ¡Aaaaah! ¡Algo se ha movido ahí dentro!

Fue entonces cuando sintió una sombra en su propia ventana y vio la gigantesca yema de un dedo frotando los cristales."

La literatura de Muñoz Rengel bebe de múltiples fuentes. Estuvimos media tarde tratando de enumerarlas, pero intuyo que nos quedamos muy cortos. Quizá una de las más importantes sea una referencia un tanto extraña para la literatura, pero que resulta muy hermosa a la luz de los últimos descubrimientos científicos, esos que investigan los especialistas en astrofísica como Michiu Kaku y que nos hablan de universos paralelos y realidades infinitas, como si de una novela de ciencia ficción se tratara. Philip K. Dick, Stephen Hawking o Scott Fitzgerald entre muchos otros se dan cita entre estas páginas realmente mágicas, que constituyen una lectura inolvidable, de esas que hacen verosímil lo inversosímil. 

También hubo un pequeño espacio para hablar de la vertiente periodística del autor malagueño y en concreto de un artículo suyo que publicó El País hace pocas semanas y que hablaba de un tema fascinante, la literatura distópica del siglo XX. Pongo aquí el enlace. Que lo disfruten:

 http://elpais.com/elpais/2013/11/07/opinion/1383853908_900723.html

jueves, 12 de diciembre de 2013

EL ULTIMO REFUGIO. TRACY CHEVALIER

A modo de preámbulo: Pocas veces después de leer un libro me he permitido  recomendarlo. Y sobre todo se lo recomendaría al mundo femenino, sin preocuparme si ello es más o menos correcto. Con ello no quiero decir que  a un hombre no le pueda interesar, la prueba es que a mí me ha gustado, pero creo que una mujer sentirá más simpatía y empatía con la protagonista, por ser una mujer y son mujeres las principales protagonistas de toda la historia.
Arranca el relato cuando Honor abandonada por su novio desde  la niñez, acepta acompañar a su hermana  a América, donde va a casarse  con conocido, con el que quizás no sea muy compatible, pero sí le sacará de su ambiente monótono y sin muchos alicientes. Hay que tener en cuenta, y es muy importante para el desarrollo y comprensión de muchas cosas que suceden, que ellas son cuáqueras.
La travesía  en barco  es un suplicio para la protagonista, de tal forma que es una causa que le impide el pensar en volver a Inglaterra a pesar de todas sus desdichas. Nada más llegar a América, su hermana enferma de una fiebres y muere, así que se encuentra de golpe en un país extraño y enorme para ella, completamente sola, lejos  de su destino y sin saber cómo va ser recibida por el que iba a ser su cuñado, cuando sepa que su futura mujer ha muerto y ella ya no le toca nada, y abundando en la dificultad, el hermano de su futuro cuñado también acaba de morir, así que se encontrará viviendo con otra mujer y un hombre a los que no les une nada.
No todo va a ser malo, tiene la suerte de antes de tener esos temidos encuentros alojarse en casa de Belle, la sombrerera, en la que  se recupera  de la muerte de su hermana, esta es una mujer aunque de apariencia seca y fría, es una mujer fuerte y muy humana, que será para ella el único soporte en aquel mundo extraño y su  mejor amiga después de la que dejó en Inglaterra.
Cómo cuáquera, para seguir en esa comunidad ha de buscar una solución aceptable a su manera de vivir, ya que en la casa que vive, la vida es insoportable  por lo que se casa con el primer hombre que se le ofrece y es amable con ella, aunque siempre sentirá algo especial por el perseguidor de esclavos, hombre detestable.
Está, también uno, por no decir la principal cuestión de las novelas, cual es el problema de la esclavitud de aquel 1885, la lucha del abolicionista contra la esclavitud. Según lo aprendido y vivido en su comunidad y por ella algo irrenunciable la lucha contra la misma y hace todo lo que está de su mano por ayudar a los fugitivos. Esto le acarreará problemas con su familia, a la que abandonará, ya que ellos aunque comulgan con su ideal, no están dispuestos a ponerlos en práctica  por el castigo que sufrieron por ello.
No voy a desvelar  más entresijos de la novela, creo que con lo expuesto se ve que es una historia  interesante, donde a mí me ha llamado la atención, que más importante que la pertenencia a un grupo determinado están las personas como individuos libres, que toman  sus propias decisiones, y el pertenecer a un grupo aunque parezcan más justos a nivel personal pueden dejar mucho que desear, y lo mismo en el caso contrario, ser persona muy válida aunque a nivel social no se reconozca.
Me ha gustado y por eso la recomiendo.  

Mariano Calderón                                   Marcaldom49@hotmail.com


viernes, 29 de noviembre de 2013

UN MUNDO DE CATATREPAS. Miriam Roig Heredia. Exposición de dibujo

EXPOSICIÓN DEL 1 AL 31 DE DICIEMBRE

PRESENTACIÓN 13 DE DICIEMBRE A LAS 18 HORAS


La comunicación a través del dibujo.
El dibujo es un mecanismo de comunicación de primer orden. Como en cualquier lenguaje, desempeña diferentes funciones, desde aquella cuyo cometido es identificar un objeto o una imagen mental, hasta la que permite transmitir intenciones, estados de ánimo y sentimientos.
Por estas virtudes, se ha utilizado el dibujo como canal más sencillo y directo para transmitir una serie de ideas. Los dibujos están realizados a bolígrafo utilizando la técnica pictórica del grafismo. Los grafismos son aquellas líneas que mantienen el mismo grosor en toda su expresión. Gracias al control de este recurso se han conseguido crear los volúmenes y los claros-oscuros de los dibujos, que no son más que un juego de luces y sombras que modelan las figuras de la composición, fingiendo la tridimensionalidad que le falta al soporte plano y que a su vez enriquecen la gama acromática de las obras. Las técnicas que se muestran en estos dibujos, son unas aprendidas y otras intuidas, pero ambas poseen un mismo objetivo, plasmar sucesos y problemáticas sociales, desde un prisma subjetivo.



Temática de la exposición.
Mi exposición, Un mundo de catatrepas, ilustra, los principales problemas y preocupaciones de la sociedad actual como entre otros, el paro o los desahucios, desde un posicionamiento reivindicativo y crítico. Esto se ha llevado a cabo a través de metáforas visuales, que se podrían situar a medio camino entre el surrealismo y el realismo mágico. Y con esta personal  combinación de estilos, se ha conseguido obras que están cargadas de originalidad e interrogantes. Ya que las figuras y componentes que forman las composiciones; elementos humanos y vegetales u objetos y formas inorgánicos, se confunden sinuosamente intercambiando y compartiendo roles, alcanzando un resultado general enigmático.

Miriam Roig Heredia


jueves, 28 de noviembre de 2013

Zoe Valdés y Dora Maar


Muy ameno fue el encuentro de  Zoé Valdés con los clubes de lectura de la Red de Bibliotecas Municipales, en torno a su libro “La mujer que llora” que obtuvo el  Premio Azorin 2013.
La novela trata de la vida de Dora Maar, artista surrealista, y una de las llamadas “mujeres de Picasso”. Dora convive con Picasso durante diez años turbulentos, plasmados en multitud de retratos en los que, a partir de un momento dado, aparece llorando, y que progresivamente  va pareciéndose a un monstruo llorón.  Al final de esta  relación Dora se aísla en su apartamento y en su religión (“... después de Picasso, Dios”).
La autora en su libro plantea una trama ficticia, que consiste en descubrir el por qué del aislamiento, que se produjo concretamente tras un viaje a Venecia con  James Lord y Bernard Minoret, ambos estrechamente ligados al entorno de la pareja. Sin embargo la impresión general es que esta trama es una excusa, ya que la obra va por otros derroteros.
Zoé, como mujer escritora contemporánea, busca el personaje femenino, y construye en sus historias un  modelo de mujer propio. Esta es la coincidencia esencial entre otros de sus libros anteriores (véase La nada cotidiana) con esta obra, aunque echamos en falta el halo poético de aquellos frente al tono más prosaico de esta, quizás invadida por las referencias históricas.
Algunos nos imaginábamos a Zoé vestida de su personaje y que, llorona como tal, nos iba a regalar una sesión plagada de “letanías”, término que ella repite refiriéndose a una forma de expresarse más pasional que racional, y que tiene que ver con el título de la novela. Teníamos una idea errónea sobre la autora, motivada quizás por alguna alusión en su relato que nos predisponía a ello (“mis lágrimas las he convertido en palabras escritas”), por su condición de exiliada y su militancia opositora al régimen cubano, y por algunas de sus intervenciones en medios de comunicación y redes sociales.
El encuentro modificó mi imagen sobre la escritora pero confirmó mi sospecha sobre la obra. La autora ha reconstruido al personaje histórico femenino y no podemos calibrar su equivalencia con el real. Sin aparente deformación exagerada la ha mimetizado a su modelo propio de mujer. Zoé, cuyas novelas siempre parecen reflejar algo autobiográfico, repite el esquema una vez más. 
Pensando en esta ligazón, se me ha venido a la cabeza aquel otro diálogo literario entre autor y personaje que concluye de la siguiente forma:
- “No será, mi querido don Miguel que sea usted, y no yo, el ente de ficción... No será que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo”.
Es la protesta de Augusto, el personaje de Niebla, cuando al final de la novela se encuentra con su autor, Unamuno, y este le revela que no es real, sino producto de su fantasía.
En “La mujer que llora”, más que encuentro hay pura simbiosis entre la autora y su personaje. Dice Zoé que “me conmueven las mujeres que se aíslan”, e incluye dentro de la propia narración el proceso de documentarse para descubrir la razón acudiendo a paisajes y personajes. Pero desde mi punto de vista pasa muy por encima sobre un dato crucial que yo creería explicativo del desenlace, como es el más o menos significativo grado de locura de la protagonista.
Ante la ausencia de más datos objetivos tras la clausura, Zoé tiene campo abierto para reinventar a su heroína, hacerla su amiga, concebir una complicidad casi adolescente entre ambas, idear un vínculo emocional y urdir un encuentro solidario trascendiendo todas las dimensiones.
En esto consiste la literatura y por eso nos atrae.
Pepe de la Torre

domingo, 10 de noviembre de 2013

FURIA, DE FRITZ LANG.

La carrera del Fritz Lang - uno de los directores de cine que cuentan en su haber con más obras maestras - puede dividirse en dos etapas muy bien diferenciadas: su etapa de cine de mudo, que realizó en Alemania bajo la influencia del Movimiento Expresionista, cuyo punto culminante fue Metrópolis (1927) (la primera película en ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco), una especie de prefiguración del destino de la sociedad alemana si llegara a triunfar el totalitarismo en el país. Una de las anecdótas más curiosas de esta etapa se refiere a su película La mujer en la Luna (1929). Lang asegura que él fue el inventor de la cuenta atrás, esa secuencia de lanzamiento que fue adoptada universalmente cuando llegó la era espacial. A él simplemente se le ocurrió porque contar hacia atrás haría mucho más apasionante la secuencia del lanzamiento del cohete.

Hay algo paradójico en la obra de Fritz Lang. De ascendencia judía por parte de madre, fue uno de los directores más innovadores durante la etapa de la República de Weimar. Llegados los nazis al poder en 1933, estos prohibieron su película El testamento del doctor Mabuse, dado que su protagonista, un ser maligno que planificaba grandes golpes criminales en la sombra, podía confundir a la población alemana y socavar la confianza en sus líderes. No obstante, siendo Hitler un gran admirador de la obra de Lang (más de una madrugada dedicó el líder nazi al visionado de Los Nibelungos), Goebbels le ofreció la dirección de la UFA, para que se encargara de que se realizaran obras que enaltecieran la nueva Alemania. Esa misma tarde, Lang tomó un tren hacia Francia y posteriormente recaló en Estados Unidos, donde iniciaría la segunda etapa de su obra cinematográfica con Furia (1936).

Furia es hija de la obsesión del director con los totalitarismos, con esas ideologías de masas que anulan la voluntad del individuo y la ponen al servicio de un fin superior. Lang no solo había profetizado la llegada del nazismo a través de su obra cinematográfica, sino que había vivido en sus propias carnes la locura de la Primera Guerra Mundial (fue herido varias veces como soldado del ejército austrohúngaro) provocada por la locura extrema de los nacionalismos. Cuando las masas se someten a un poder superior y dejan de pensar por sí mismas, las pasiones vencen a la razón y cualquier locura colectiva es posible. En 1960 Elias Canetti publicó Masa y poder, un famoso ensayo en el que analizaba este fenómeno, concluyendo algunas características del fenómeno: que la masa siempre quiere crecer, admitiendo nuevos miembros dispuestas a seguir ciegamente sus objetivos, que en el interior de la masa reina una igualdad aparente (el mismo líder siempre se declara el primero entre iguales) y que quien no comulga con la masa sufrirá una exclusión social en diversos grados. El mismo Fritz Lang reflexionaba sobre este asunto en el magnífico libro-entrevista de Peter Bogdanovich, Fritz Lang en América:  

"Las masas pierden consciencia cuando están juntas, se convierten en turbas y ya no tienen consciencia personal. Cosas que ocurren durante un tumulto son la expresión de un sentimiento de masa, no son ya el sentimiento de individuos."

El héroe de Furia, como corresponde a una producción estadounidense, es un hombre corriente (Spencer Tracy), un ciudadano que intenta salir adelante honradamente con el objetivo de fundar una familia. Para ello elige la vía emprendedora y comienza a realizar su particular sueño americano inaugurando una gasolinera junto a sus hermanos. Todo parece ir bien, no hay obstáculos en la felicidad de Joe Wilson, pero el destino va a cruzarse en su camino cuando es confundido con un secuestrador y confinado en la comisaría de un pequeño pueblo. Poco a poco la noticia se va difundiendo entre los habitantes del lugar y, como suele suceder en estos casos, todo se tergiversa y el mero sospechoso se convierte en culpable de horribles crímenes. La justicia popular, que sustituye a la lentísima y corrupta justicia oficial tiene carta blanca para actuar. Wilson observa desde su celda como se va reuniendo cada vez más gente alrededor de la comisaría y los ánimos se exaltan hasta el punto de iniciarse un asalto masivo al edificio que termina en el incendio del mismo. Entonces se produce uno de esos milagros con los que de vez en cuando nos regala el cine: Lang homenajea su propia etapa expresionista y coloca los sentimientos de los personajes ante la cámara en una escena de una fuerza inusitada cuyo punto álgido son las imágenes del prisionero observando horrorizado cómo las llamas se extienden a su alrededor.

Después Furia se transforma en otra película, en la historia de una venganza propiciada por un personaje roto, que reniega de los valores que hasta entonces habían condicionado su existencia, utilizando para ello la misma máquinaria de la justicia en la que había creído antes de perder su inocencia de ciudadano integrado. Aquí el mensaje se complica magistralmente y Lang cuestiona contínuamente al espectador. ¿Es lícita la actitud del protagonista? ¿existe la misma responsabilidad en los que actúan dentro de una masa que en la actuación individual? ¿hubiera sido distinta la reacción del espectador ante los hechos si el protagonista hubiera sido, por ejemplo, un violador de niños? ¿sabríamos conservar nuestra individualidad en una situación parecida? Muchas de las preguntas son incómodas y aún más lo son las respuestas. No es lo mismo contemplar una escena desde la comodidad de una butaca que vivirla en la realidad, estar implicado en la misma. Una de las emociones más manipulables es el llamado sentido de justicia, que hace que la masa se sienta que es mucho más rápido y económico linchar a un individuo al que se supone culpable que probar dicha culpabilidad en un costoso y largo juicio. Visto todo esto, reflexionen acerca del espectáculo con el que nos obsequian las televisiones cada vez que surge un caso especialmente morboso, como el asesinato de una adolescente. La prensa y su sed de fabricar noticias sensacionalistas, también está presente en el film de Lang, así como la corrupción de los políticos. Pero sobre este tema en concreto hablaremos más profundamente cuando programemos otra obra maestra del cine norteamericano: El gran carnaval, de Billy Wilder.