jueves, 24 de enero de 2019

MEJILLONES PARA CENAR, de Birgit Banderbeke


Por Inmaculada González Cuenca



         Iniciamos la sesión de club de lectura como es habitual opinando brevemente... así van surgiendo los temas  de los que trata este libro
El primero es lo cotidiano...en forma de monólogo interior con un estilo repetitivo: una niña describe la trama familiar. Al parecer su descripción tiene lugar cuando ya ha cumplido dieciocho años.
La familia está esperando al padre.
La madre, la hija y el hijo menor... son tres personajes hablando como nunca antes habían hablado de su vida. Se podría decir que ninguno sabía que todos estaban sufriendo el mismo maltrato.
Porque el padre, quien no ha vuelto para cenar esa noche, era en apariencia un hombre modelo.
La espera les descubre la realidad.
Al parecer el final queda abierto… el padre había desaparecido. Es una víctima? Se plantea ahora una discusión sobre el rol de cada uno desde el punto de vista sociopolítico.
¿Se puede identificar al padre con el Estado?
¿Se identifica a la madre con el pueblo?
La clave está en el momento histórico ya que la trama desvela un antes y un después de El Muro
¿Hay paralelismo entre estos personajes y los de nuestra familia en el contexto del franquismo?
La narradora es esta novela corta y densa es una niña que se atribuye las virtudes del padre. Admira a su abuela materna porque era capaz de ser una observadora. Mientras que la madre es una profesional que representa la cultura del Este.

miércoles, 2 de enero de 2019

EL VALLE DE LAS GIGANTAS, Gustavo Martín Garzo


Por Asunción Cabello López 





Horas antes de oír cantar millones de euros en la lotería más emblemática del año, nos acercamos decididamente resueltos a solventar el enigma que esconde El valle de las gigantas.

¿Cómo desvelar un misterio? Si se pudiera, no lo sería.
Aun así, comenzamos las elucubraciones mientras en nuestras calles sonaban villancicos antiguos.

Decidimos de común acuerdo enumerar nuestras creencias:

Este Lázaro no es el resucitado que todos conocemos.
El pueblo de su abuelo Héctor, con río donde pescar, se encuentra en Tordesillas.
Relatos sobre la guerra civil española y otros temas tintineaban, a medias verdades y ¿algunas, muchas? mentiras en boca del visitado.
Varios pasajes bíblicos cabriolaron hasta el delirio.
Las andanzas de una abuela actriz, extranjera, deseosa de ser robada de la farándula para luego fugarse sin más, es menos creativa pero más racional que la ninfa vampira, Macarrón, con lunar cerca de la boca.
Es posible y tan posible, que una chica de luminoso nombre se embelese de un chavalín de ciudad.
La nota filosófica la canturrea Sócrates, ex presidiario, perdido en preguntas sin respuestas.
Gigantas acuáticas caníbales, pertenecen al ritual onírico de sueños perversos.

Martín Garzo expande (en una novela de aprendizaje donde Lázaro abandona su infancia para entrar en un mundo menos resplandeciente) un espacio colosal donde todo es posible, en el cual sus personajes fantasean, dudan, mienten, sufren, sueñan, mueren; filtrándose lentamente en nuestro sentir.

Porque:
¿Acaso los abuelos que cuentan batallitas a sus nietos no sueltan mentirijillas doradas para embellecer sus historias?
¿No es verdad que un primer amor soporta la distancia con cartas o mensajes?
¿Olvidamos sentir pena de Niña Susana y su terrible destino que no debió darse jamás?
¿Nos incomodó dejar transitar sigilosamente sobre las mesas a Ramón el del bar, Luciano, sabedor de las locas gigantas, Mariela y Amalia, amigas de Alba, favorita de Lázaro…?

Si todas estas preguntas responden a la razón, entonces podéis creer lo que queráis. Saltó una voz vallisoletana de entre las páginas.

Al terminar, sin más temor que perder el importe del décimo elegido, saboreamos con inusitada lentitud algunos manjares navideños (la ocasión lo precisaba).

Pronto, después de comprobar que los números millonarios de los cantores de San Ildefonso no han entrado en nuestros bolsillos, construiremos un arca, sin Noé, y de chicle, que estiraremos hasta meter en él, aunque estén apretadísimos, todos nuestros amores.

¿Así fue la sesión? —preguntó un ausente.
—No sé. Supongo que sí. Aunque los 39º que chillaban el termómetro, me impidieron estar allí. De todos modos, en una novela donde impera el término fantasía puedo meter la mía. 


Felices fiestas y un 2019 colmado de buenas lecturas.
Besos a todos

Asunción Cabello





Gustavo Martín Garzo. Biografía


Gustavo Martín Garzo escritor español nacido en Valladolid en 1948. Licenciado en Filosofía y Letras en la especialidad de Psicología, es fundador de las revistas literarias Un ángel más y El signo del gorrión. Ha colaborado con sus artículos en los medios más importantes del país y ha participado en múltiples congresos de literatura. Está casado con la también escritora Esperanza Ortega. Se confiesa hombre metódico y sin prisas. Nunca ha abandonado su ciudad. "Cualquier lugar contiene el mundo entero, los mismo conflictos, los mismos anhelos. Basta con saber mirarlos", ha escrito.
Desde su primer libro Luz usada (Junta de Castilla y León, 1986), su actividad literaria ha sido incesante. Continúa con Una tienda junto al agua (Los infolios, 1991) y El amigo de las mujeres (Caja España, 1991) que obtuvo el Premio Emilio Hurtado de Relatos. Más tarde aparecen El lenguaje de las fuentes (Lumen, 1993), Premio Nacional de Narrativa, Marea oculta (Lumen, 1993), Premio Miguel Delibes, La princesa manca (Ave del Paraíso, 1995), La vida nueva (Lumen, 1996), Los cuadros del naturalista (Alianza, 1997), Ña y Bel (Ave del Paraíso, 1997), El pequeño heredero (Lumen, 1997) y Las historias de Marta y Fernando (Destino, 1999) con el que obtiene el Premio Nadal.

Prosigue su actividad narrativa con El valle de las gigantas (Destino, 2000),La soñadora (Areté-Lumen, 2001), Pequeño manual de las madres del mundo (R que R, 2003), un libro de relatos breve reeditado posteriormente como Todas las madres del mundo (Lumen, 2010), Los amores imprudentes (Areté-Lumen, 2004), Mi querida Eva (Lumen, 2006), con el que gana el Premio Mandarache (2008), El cuarto de al lado (Lumen, 2007), El jardín dorado (Lumen, 2008), La carta cerrada (Lumen, 2009), Tan cerca del aire (Plaza & Janés, 2010), Premio de Novela Ciudad de Torrevieja y Y que se duerma el mar (Lumen, 2012), obra con la que fue finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León en 2013.
Gustavo Martín Garzo también ha cultivado la narrativa infantil, habiendo publicado Una miga de pan (Siruela, 2000), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Tres cuentos de hadas (Siruela, 2003) por el que consigue el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil así como los álbumes ilustrados Dulcinea y los caballeros dormidos (Edelvives, 2005), Un regalo del cielo (SM, 2007) y El pacto del bosque (El jinete azul, 2010).
En su faceta como ensayista, el autor ha publicado los siguientes títulos: El pozo del alma (Anaya, 1995), la recopilación de artículos periodísticos El hilo azul (Aguilar, 2001), El libro de los encargos (Areté-Lumen, 2003), La calle del paraíso (El pasaje de las letras, 2006), también una recopilación de artículos periodísticos y Sesión continua (El pasaje de las letras, 2008)



sábado, 1 de diciembre de 2018

UNA CASA EN BLETURGE


Encuentro con la escritora Isabel Bono; como motivo principal, comentar su novela Una casa en Bleturge.  
Por Francisco Torres Domínguez

ISABEL y su admirado SAMUEL

     Aunque con un torbellino como Isabel hablar de un solo tema es, afortunadamente, casi imposible. Hablamos, como no, de su novela pero también de arte y artistas, de poesía, de música, de escritura de todo, en fin, lo que a ella y a nosotros se nos ocurrió y lo pasamos como niños pequeños mostrando sus juguetes preferidos.  
    No me extenderé hablando sobre Isabel, ya lo ha hecho, y muy bien, Asunción en su reseña. Lo que sí diré es  que es una persona de lo más cercana y de una jovialidad y humor sorprendentes.

Su novela, en la visión de este lector:
Lo personajes de Una casa en Bleturge, padre madre e hija, han perdido la capacidad de amar. Esta pérdida la ha provocado un hecho tan luctuoso como es la pérdida de un hijo, en el caso de los padres, y un hermano pequeño, en el caso de la hija.
La autora instala a sus personajes en el dolor y no los mueve de ahí. Pero el dolor, como todo, evoluciona y con el paso de los años se convierte más en un reproche a la vida misma y, por ende, a quien se tiene más  cerca.
Los tres viven en el dolor, o en lo que ha quedado de él, vale; pero nadie puede tener todo el tiempo en su cabeza una sola emoción, por fuerte que sea ésta.
El detalle significativo, ver dónde otros no ven o escuchan nada, o ven solo lo evidente, es lo que da valor y emoción al día a día, como si de un buen texto se tratase.
Ella, la madre, no puede, aunque quiera, negar esa capacidad de ver de oír de sentir: la vida es lo que pasa fuera de nosotros. (Aunque cada vez haya menos personas que sepan mirar algo que no sea una pantallita, pero esa es otra historia). Como nos afecta este paso, es lo que tenemos en la cabeza.
La narración nos muestra que el personaje principal no puede dejarse ir, como hacen los otros dos personajes, en modo automático o, por el contrario, solo centrados en sí mismos.
La autora nos va contando -más bien mostrando, cómo hacen los buenos narradores- cómo ha evolucionado la forma de ver la vida de su personaje, condicionada por algo tan insuperable como es la pérdida de un hijo.
Pero esta mujer, esta madre, también nos dice que sigue viva y despierta, y nos va contando, como hacen todas las personas que saben mirar y escuchar (no son tantas, no crean), la vida que pasa junto a ella: la anécdota, el  detalle, las conversaciones ajenas; todo, esas cosas a las que no puede, ni quiere, negar sus sentidos y entendimiento y que la siguen, también y aunque sea a su pesar, conformando como persona. 
Esta mujer, que no puede dejar pasar la vida sin implicarse, tiene sueños, como todos. Aunque en su caso sea solo uno: romper con todo, marcharse, tener una casa en Bleturge, allí donde todo sera mirado como nuevo; donde nada ni nadie le recuerden su vida pasada, su dolor.
Así he visto yo esta novela, centrándome, en esta reseña, en su personaje principal, la madre, en su dolor por la pérdida del hijo y en sus vivencias que a pesar de todo las sigue teniendo.
Si quieren saber cómo la ven ustedes, léanla. Merece el esfuerzo.


martes, 27 de noviembre de 2018

ENCUENTRO CON LA AUTORA ISABEL BONO



 Por Asunción Cabello López

    
     Viernes negro deja la lluvia tras de sí. Sabe que Cristóbal Cuevas abre sus puertas a Isabel Bono portadora bajo el brazo de una casa sin suelo, paredes ni techo.
      La sala bulle de compañeros adictos a leer.
      La expectación está en el aire, en las miradas, en los pensamientos, en querer saber, en desear no decir la dificultad de entrar en un libro silencioso, trágico, a golpes, necesitado de ojos que encajen sus escenas.
      Una historia familiar en la que el hijo de seis años, al intentar tragar el planeta más grande de plastilina, muere.
      Madre, padre, hermana del muerto no saben cómo arrancar de sus vidas tanto pesar.       
       Hay más, mucho más…, pero… ¿Qué decir de un libro-novela ganador del CAFÉ GIJÓN 2016, dos años después?
                                  NADA-TODO
     La luz enclaustrada de siempre cede su esplendor a Isabel (nombre de reina) que, en su serena-inquieta persona, cautiva por igual a adeptos y no tanto a la dificultad narrativa de su historia.    
     Dos decenas de bocas, y algunas más, se atreven a opinar sobre Una casa en Bleturge. 

¿Dónde está?, ¿es real?, ¿qué hay allí?, ¿puedo ir?

     Palabras, apenas contenidas, enfrentan opiniones varias: «dura», «difícil», «cuesta armar el relato», «no es mi estilo», «he tenido que volver atrás más de una vez», «a mí me ha gustado», «es muy original», «los personajes parecen reales», «engancha», «¿tiene algo de biográfica de ti o de alguien que conozcas? », «¿por qué los personajes no tienen nombre? », «¿los pequeños detalles que asoman los has visto? », «se nota que eres poeta», «queda bien la brevedad de las escenas»…
     Todas las preguntas encuentran respuestas.
     Aguantamos, de puntillas, frente al tema de una pérdida descomunal.

   Isabel, frágil, sencilla, cercana, habla de todo. Su afán de escribir sus sueños en papel, desde los nueve años, guardarlos en un mueble cajonero de su cuarto y olvidarlos luego.
     Dice ser observadora de pequeñísimas cosas que la gente suele pasar por alto.

     ¿Caminar con las llaves en la mano acompaña?
     No hay nada mejor que correr sin tener prisa. Y corre.
     Masticaba de una forma grotesca para no estropear el maquillaje.
     El gato boqueaba como pez con el cuello torcido y el rabo en ele.
   Cuando ponen el ataúd en vertical y a ese cuerpo aún caliente se le doblan las rodillas…  
  
     Habla de su experiencia ante el prestigioso premio.
     «El premio me llegó de improviso. Salía de tomar unas cañas con amigos cuando vi una luz saliendo del bolso procedente de un móvil antiguo. Abrí la lengüeta, había al menos veinte mensajes. Comencé a leer el último: “Felicidades”. “Enhorabuena”… Seguí leyendo hacia atrás hasta llegar al primero donde se me anunciaba que había ganado el premio Café Gijón 2016, seguido de “Isabel, tiene que estar en Madrid mañana a primera hora”. No lo podía creer, ¿por qué a mí y no a otro? Mis amigos insistieron “otra ronda y esa la pagas tú”. Al llegar a casa, muy tarde, me miré al espejo y pensé que debía teñir unas canas frontales. De madrugada, en Renfe. A las nueve, en Madrid. Poco después de recibir el premio pasé a una rueda de prensa. Más tarde, la insistencia del teléfono, las entrevistas… Pienso que los premios traen mucho ruido. A mí me gusta el silencio».

     A nosotros nos gusta que hable, que diga, que cuente.

     Dice escribir a diario.
     Sostiene en ventas un grupo de libros con nombres extraños: Hielo seco. Pan comido. Hojas secas mojadas… alimentados con su particularísima poesía.
    Tiene dos blogs, isabelbono.blogspot.com y unacasaenbleturge.blogspot.com, dignos de ser visitados. Dice necesitar de la calle, la gente, oír, ver, sentir, anotar…, convirtiendo en prosa o poesía cualquier cosa, porque su visión de todo la vive desde dentro con retazos nimios de fuera.

      De su próximo libro-novela nos avisa que va a ser más intenso que el presente, más terrible. Aunque nos asegura sonriendo en una cara ligeramente encendida: «Soy la pesimista más feliz del mundo».
     Y es que ella es así, cariñosa, tierna, educada, fina por fuera. Oscura en su pensar.

    Le interesa indagar en el dolor, la frustración, el no perdón, la culpa, la soledad…, eso que duele, se oculta, se mata, se olvida…

     Alaba a autores y obras desde una sencillez exquisita: Nada que temer, Julián Barnes. También esto pasará, Milena Busquets. La herida en la lengua, La mujer de pie, Chantal Maillard.

    

La tarde cae en noche.
    Hay que volver a casa.
    Una casa con suelo, paredes y techo.                             



                                   Gracias, Isabel.

martes, 30 de octubre de 2018

“Me voy”, de Jean Echenoz


Por Francisco Martín Ruíz

        La crítica aclamó esta novela que recibió el premio Goncourt en 1999. Se trata de una intriga centrada en el mundo del arte escrita con fluidez e ironía que puede interpretarse también como una crítica de costumbres: el protagonista es un hombre maduro que oscila entre el conformismo burgués y
la insatisfacción propia del artista crítico, aunque solo se trate del propietario de una galería de arte para nuevos talentos. 
     De modo que lo vemos solo, buscando cierta estabilidad económica y sentimental, y al mismo tiempo aceptando que siempre ha de comenzar de nuevo e incluso irse al Polo Norte si así lo exige el negocio. 
    También ha de enfrentarse a la enfermedad y a los reveses inesperados. A su alrededor los creadores de arte viven en su predecible bohemia y hay quien se ve tentado por la delincuencia y el crimen. 
      Así pues, la cotidianidad no garantiza la estabilidad y en el fondo la estabilidad es todo lo que queremos por mucho que el arte parezca suponer una aventura, ya que las aventuras parecen difícilmente soportables. Mejor es esperar que llegue el pudiente coleccionista de arte con el billetero bien repleto que nos sacará de todos los apuros e incertidumbres…
     La ligereza del estilo de la novela, el tono irónico y cierta movilidad de la acción nos prometen al principio una lectura fácil y amable, pero al final uno se da cuenta de que aquí hay mucho “vacío existencial” con poco dramatismo.   
     El lector quizá hubiera preferido más intriga, más calor humano y unos personajes más simpáticos. Pero eso no tiene por qué ser lo más importante de una novela. El creador –en este caso, el novelista- puede conformarse con sorprendernos…


lunes, 17 de septiembre de 2018

La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Crónica de la sesión de Club de lectura. 14/09/2018



Por Asunción Cabello López

    Un sol tristón a mediados de septiembre empujó nuestras espaldas hacia el mundo de las letras. Habíamos hecho los deberes de un verano flojo, sin valor de fuego. Cristóbal Cuevas nos recibió encantado de sorprendernos. Onofre Bouvila, trajeado del 29, manos en bolsillos de chaqueta doble pechera, jugueteaba quizá con el diamante Regent. Al vernos se detuvo. Sonrió con cierta rojez en las mejillas.
     Buenas tardes, amigos: a sabiendas de parecer pretencioso quiero contaros, de primera mano, las motivaciones que hicieron de mí una persona ¿cruel?
        Los presentes callamos. Nos sentamos sin mirarnos, temerosos de romper el hechizo, en torno a las cuatro mesas encajadas a lo largo y ancho de la amplia habitación repleta sus paredes de historias tan interesantes o más que la del autoinvitado.
     Como iba diciendo, no, mejor remontaré mi relato al principio —permaneció de pie.
     Alguien dijo: Sea breve, por favor, no desmigaje las casi 600 páginas de unas andanzas que ya conocemos.
   ¿Acaso cree que adornaré a mi favor lo que mi creador ha decidido mostrar sobre mí sin reparo?
     No, por supuesto que no, prosiga —dijo el valiente.
      Gracias. En realidad Mendoza me pensó en alguien bueno, luego creyó que con piel infame conseguiría más clarividencia en los acontecimientos que proyectaba contar. Siendo, como es, un entusiasta de Barcelona, se sumergió conmigo entre las dos grandes Exposiciones Universales, 1888 - 1929. No me podía negar, ¡¿quién se enfrenta a su creador?! En fin, el resultado no fue tan terrible. Salí de una zona rural por un demoledor desengaño con mi padre.
     Oiga, no se explaye, el tiempo camina sobre sus palabras, abrevie —instó una voz razonada.
       Está bien, iré al grano: Mi padre marchó a Cuba y volvió diez años después trayendo por toda riqueza un mono enfermo, que una vez muerto mandó disecar, un traje a medida, un sombrero panamá y un montón de deudas. ¿Os imagináis el impacto emocional de un chiquillo anhelante de agarrar fuertemente la fortuna de un país en el bolsillo de su padre?
     Todos callamos. Onofre Bouvila paseo sus ojos sobre el canto de innumerables libros acoplados en estanterías claras.
     Como sabéis —continuó— me instalé en la pensión del señor Braulio, hombre travestido en la clandestinidad de los garitos. Me enamoré salvajemente de su hija Delfina, odié a Belcebú, gato infernal que hacía honor a su nombre. Repartí panfletos anarquistas, sin saber de qué iba aquello. Vendí crece pelos. Conocí a Efrén Castell, gigante por dentro y por fuera; un amigo para toda la vida. Reuní caterva de niños-ladrones-nocturnos sustraedores de objetos diversos en grandes almacenes. Hice mía a Delfina de mala manera ignorando su libre entrega por amor. Me asocié con don Humbert Figa i Morera, abogado corrupto, conocedor de las noches barcelonesa, a las que me aficioné: cabarets, burdeles, proxenetas, prostitutas…, y gracias al cual pude participar, con la hipoteca de las tierras de mis padres, en el mundo de la especulación de viviendas. Mientras, Barcelona se expandía, bullía, evolucionaba social e industrialmente. Medré rápido, me casé con Margarita, hija de mi socio, tuve cuatro hijos que no me dieron ninguna satisfacción. Enfrenté situaciones fuertes contra gánsteres de la banda opuesta a Humbert Figa i Morera saliendo vencedor. ¿Delinquí?, por supuesto que sí, Mendoza me lo exigía, también el momento histórico.
      Mi naturaleza inquieta se movía entre personajes importantes de la época: Mata Hari, Rasputín, Sissi Emperatriz, Alfonso XIII, Primo de Rivera, Picasso… —sacó levemente la lengua intentando mojar los labios—. Por favor, alguien puede darme un vaso de agua.
    Nos miramos. Un compañero le alargó su botellín a la mitad.
  Gracias —bebió—. No os voy a entretener mucho más. ¿Por dónde iba? Ah, ya. Durante la Gran Guerra seguí enriqueciéndome con la venta de armas. Como veis, no trato de justificarme, soy mala persona por deseo de Mendoza, es un hecho al que no puedo sustraerme.
    Después de la guerra invertí parte de mi capital en el cinematógrafo, haciendo de Delfina una actriz efímera que acabó sus días en el psiquiátrico. El tiempo corría delante de mí sin poder alcanzarlo. Mis riquezas no me llevaron al reconocimiento burgués, causándome gran pesar. Pasados los cincuenta me enamoré de María, hija del inventor Santiago Belltall, al que financié una especie de pájaro de vertical subida.
     El tiempo en que no pude trapichear con mis bienes, debido a la dictadura de Primo de Rivera, invertí en diamantes. La suerte me trajo el Regent, limpio, grande, valiosísimo, con él en el bolsillo de la chaqueta subí junto a María al aparato volador. Durante la marcha sobre el mar, antes de hundirse el artefacto en aguas mediterráneas, creí oír voces del pueblo: «¿Será verdad que de joven fue anarquista, ladrón y pistolero?, ¿qué durante la guerra traficaba con armas?, ¿qué tuvo a sueldo a varios políticos de renombre, a varios gabinetes ministeriales enteros?, ¿y que todo esto lo consiguió solo y sin ayuda, partiendo de cero, a base de coraje y voluntad?
    Hubo silencio de ermita. Onofre Bouvila dejó el botellín vacío sobre una silla junto a él, miró por encima de nuestras cabezas, allí, de cara frente a él, vio sobre una de las estanterías la portada de La ciudad de los prodigios.



http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-mitad-invisible/mitad-invisible-ciudad-prodigios-eduardo-mendoza/1358167/


lunes, 9 de julio de 2018

LA DULCE ENVENENADORA de Arto Paasilinna

                                     Por Esperanza Liñán Gálvez

      Apunte biográfico del autor: Arto Paasilinna nació en Kattila, Finlandia, en 1942. Entre sus muchos oficios figura el de guardabosques – de ahí su gran conocimiento de las plantas y su cercanía con el ecologismo- que demuestra en muchas de sus obras. Ha sido periodista,  como demuestra en su facilidad de lenguaje y capacidad de síntesis. Al parecer también hizo sus pinitos en la poesía. Muchos agradecen que no continuara por esa senda y se dedicara plenamente a la novela. Es un autor prolífico, que goza en su país natal de una impresionante fama y sus novelas han llegado a todos los rincones del mundo. En España sólo pueden encontrarse traducidas cinco de sus obras.

     Crónica del Club de lectura: Aunque a tod@s l@s compañer@s no les gustó el sentido del humor de este libro, calificado como humor inglés de Finlandia, en general fue muy bien valorado. Está catalogada como una novela negra porque su temática la encuadra en ese género. Sin embargo, nos lleva a través de la historia con la habilidad de un periodista de oficio, empleando el sarcasmo como un bisturí,  para sacar a la luz temas tan serios como el alcoholismo, la prostitución, el sida, la violencia gratuita o la escasez de valores morales. Y algo que muchos no sospechábamos: la precariedad económica en una sociedad que consideramos nada en la opulencia, le dan a esta obra otra perspectiva. Sin querer queriendo, en apariencia de puntillas, analiza con maestría, a través de unos personajes frustrados y carentes de ética que pululan sin rumbo, otra realidad de su país en esa época.

     No es una literatura trascendental, ni pretende serlo. Su humor requiere la complicidad del lector. El argumento se antoja predecible desde que Linnea, la no tan adorable anciana, decide abandonar el papel de víctima para terminar con los desmanes de su sobrino nieto que le quita cada mes gran parte de su pensión. Comentamos que nos recordaba a la abuelita de Arsénico por compasión. Su desarrollo, casi siempre rayando lo grotesco, nos engancha, entre bromas y veras, a seguirle los pasos hasta el final.
     
    Tiene una prosa ágil, concreta y rápida. No se detiene en historias paralelas innecesarias, que no aportan interés al argumento. Las escenas que se describen están bien estructuradas, son muy visuales y con el toque de lo absurdo como denominador común: recordemos a los policías que en vez de seguir a los delincuentes se paran a comerse el cerdo que estaban asando los susodichos, porque tienen hambre y no era cuestión de desaprovecharlo...
    
      Creo que los personajes, o mejor dicho el excelente ropaje con el que el autor los viste, dan la verdadera dimensión de la clase de individuos que marcan la historia. No abusa de calificativos ni metáforas recargadas. Cuenta solo lo necesario con un lenguaje sencillo pero contundente. En algunos se recrea más, como en el cruel sobrino nieto y sus amigos de fechorías. Tres canallas de manual con pocas neuronas, que ni siquiera se ponen de acuerdo. De ahí que sus actos lejos de beneficiarles en sus intenciones, vayan a parar al terreno de la «abuelita», quien aprovecha cada oportunidad para que sus planes se cumplan casi sin su intervención directa. La anciana, viuda del coronel Ravaska, utiliza a su buen amigo el Doctor Kivisto y sus pócimas, ensayando las dosis apropiadas para conseguir su fin. También se muestra amable y dispuesta a pagar, de forma anónima, el entierro de alguna de sus víctimas. Los indeseables no consiguen sus planes de asesinato para apoderarse de la herencia de Linnea por una serie de rocambolescos acontecimientos.  
No voy a contar paso a paso toda la historia porque ya la conocemos, aunque el autor, y para que ningún crimen quede sin castigo sobre la tierra nos remite al final del libro al mismísimo infierno, y dice textualmente:
    
     La venganza de la hermandad, sin embargo, no llegó a cumplirse, ya que en el Infierno y ejerciendo de guardaespaldas de Linnea se encontraban ya el doctor Jaakko Kivisto y el coronel Rainer Ravaska, así como su viejo amigo del alma: Belcebú en persona.
     Unos auténticos caballeros, los tres… Y una dama es una dama, incluso en el Infierno.

     Más o menos esta es la reseña de nuestro último encuentro, con aportaciones de mi cosecha, pero teniendo cuidado de no salirme del guión.
    
     Personalmente, al voltear la tapa trasera y cerrar el libro, no pude evitar una sonrisa y aunque duró lo justo hasta el siguiente atisbo de realidad, es un texto que ha merecido la pena por los buenos momentos que me hizo pasar.

      Después de leer y comentar en encuentros anteriores los debates morales de un Dr. Glass y su juramento hipocrático. Las muchas diatribas sobre la jurisprudencia británica de La ley del menor. La angustia de la indigencia que tan bien se refleja en Sintecho. Y las peripecias de una niña napolitana, vecindad incluida, de La amiga estupenda, entre otros, La dulce envenenadora ha sido como un bálsamo literario para estos meses de Julio y Agosto.

    Cuando volvamos al cole en Septiembre llegaremos con las pilas cargadas y dispuestos a desmenuzar La ciudad de los Prodigios de Eduardo Mendoza.

    Feliz verano y felices lecturas.

   Esperanza Liñán Gálvez