A veces pensamos que los mejores escritores son los que han vivido vidas intensas, al límite, los que han padecido todo tipo de experiencias negativas, los que han visto lo peor de la existencia humana. Pero este no es el caso de Nicole Krauss. Nacida en una familia rica de Long Island y educada en las mejores universidades. Es como si su vida hubiera sido un camino asfaltado con meta en su auténtica vocación: la escritura, donde le esperaba, como no podía ser de otra manera, el triunfo que ya le habían vaticinado autores como Roberto Bolaño. Además, está casada con otro gran escritor: Jonathan Safran Foer.
La gran casa fue la novela de su consagración, después del gran éxito que supuso La historia del amor. Se trata de una narración de estructura compleja, que requiere de una lectura prolongada y atenta, incluso de segundas y terceras lecturas, si queremos descubrir todos los vericuetos de la trama. En lo que hemos estado casi todos de acuerdo es en que su construcción es impecable, si bien esto no tiene por qué derivar en un disfrute pleno de la novela. Al analizar el estilo de Nicole Krauss se nota que trabaja con esquemas y que sigue fielmente los postulados de los mejores talleres de narrativa, lo que transmite perfección técnica, pero también algo de frialdad.
En La gran casa encontramos varias tramas unidas por la presencia en la vida de los personajes de un antiguo y enorme escritorio que, según se cree, perteneció brevemente a Federico García Lorca. En realidad se trata de un recuerdo familiar que obsesiona de uno de los protagonistas. Cierta sensación de extrañeza se produce en el lector cuando se adentra en la vida y en las intimidades de estos seres de ficción. Casi todos son gentes solitarias, que prefieren orientar su existencia hacia su interior, en vez de, como hace la mayoría, mezclarse con la sociedad. Esto consigue que la más nimia de sus acciones o decisiones sea tratada con excesiva trascendencia, lo que resulta algo incómodo, pues resta naturalidad al relato:
"Había algo en mí que me hacía rehuir el bullicio vital y preferir la premeditada congruencia de la ficción a la realidad inexplicada, preferir una libertad sin forma al enérgico esfuerzo de acompasar mis pensamientos a la lógica y el fluir de los de otro."
Quizá esta actitud se justifique en parte porque la sombra del holocausto, que es muy alargada, está muy presente en esta novela.
En suma, Krauss se muestra aquí como una magnífica narradora, conocedora de todas las técnicas del oficio, que sabe transmitir emociones, aunque a veces de manera poco natural. La gran casa es un compendio de la soledad humana, simbolizada por esos compartimentos estancos que son los cajones del escritorio. Y una gran metáfora del pueblo judío, el pueblo que hace del conocimiento la gran razón de su existencia y a la vez una fuente de sufrimiento, ya que pueden encontrar respuestas para todo, excepto para el misterio de la soledad y la muerte. Quizá ésta se encuentre en la Gran Casa, el instrumento vertebrador de las almas de los hebreos, errantes por el mundo, pero sabiendo en lo más íntimo, que tienen un hogar común al que volver.
sábado, 24 de mayo de 2014
sábado, 10 de mayo de 2014
LA MUERTE Y LA DONCELLA.
Paulina Escobar es una mujer rota. Habita en un país sudamericano que está viviendo la transición desde una terrible dictadura a la democracia. Durante aquella etapa ella fue militante política clandestina, fue capturada y torturada salvajemente durante semanas. Paulina no puede olvidar. Si observa que un coche se para de noche junto a su puerta, se abalanza sobre su pistola y se esconde temblando. Después de quince años, sigue reviviendo aquellos hechos como si hubieran sucedido el día anterior. Y es que un torturado difícilmente se recupera del trauma, del dolor, de la humillación, de la situación de indefensión en la que la humanidad es reemplazada por el puro terror. Gerardo, su marido, le debe la vida. Ella jamás lo delató y, a pesar de que cuando fue liberada él era amante de otra mujer, finalmente se casó con Paulina con una mezcla de agradecimiento y amor. Con estos antecedentes, la convivencia del matrimonio Escobar es complicada y se sostiene es por la inmensa paciencia del marido, un hombre que apenas es capaz de imaginarse los padecimientos de Paulina. Como es lógico, ella paga con reproches contínuos a su esposo su rencor contra el mundo. Para más inri, Gerardo acaba de aceptar el nombramiento como presidente de una Comisión para el esclarecimiento de la verdad de los crímenes de la dictadura.
La misma noche tormentosa en la que Paulina ha conocido el nuevo cargo de su esposo, llega un invitado circunstancial a la casa, que se encuentra situada en un paraje aislado de la costa. Ella escucha su voz. Se estremece. Los recuerdos vuelven con más fuerza que nunca. A pesar de que padeció su tormento siempre privada de visión, la voz del doctor, el peor de sus verdugos es inolvidable. El médico que primero la curó y después la violó, que la trató como un pedazo de carne. Ella le golpea y lo ata. Se han cambiado los papeles. La antigua víctima tiene ahora el poder.
A partir de aquí ya tenemos establecidos los personajes de esta obra, que, al más puro estilo de Polanski, está concebida como un juego de supremacía, mentiras y amenazas. Paulina al principio manifiesta una rabia animal, que tiene que ver con un deseo de venganza. Miranda defiende su inocencia, ante su presunta víctima y también ante el espectador. Y Gerardo, siempre prudente como hombre medroso que es, intenta aportar un poco de cordura a la situación, intentando la simulación de un juicio justo. Poco a poco ella cambia la idea de una venganza voluptuosa por la de una confesión sincera del reo. Eso demostraría su superioridad moral: ante el doctor Miranda, por no llevar su poder temporal sobre él hasta las últimas consecuencias y ante su marido, que comprenderá la auténtica dimensión del sacrificio al que tuvo que someterse para salvarle la vida.
Puede parecer, en una primera impresión, que La muerte y la doncella quiere reflexionar sobre la reconciliación y el perdón, pero en realidad lo que busca la Paulina es algo que las víctimas raramente consiguen: la confesión de su torturador, la humillación de tener que exponer sus pecados: el cobarde abuso que cometió sobre seres indefensos. La confesión es también una forma de justicia, quizá más pura que la mera venganza penal ejecutada por el Estado. Por eso casi ningún criminal - me refiero a asesinos, violadores, corruptos y demás calaña - suele confesar su culpa y mucho menos pedir perdón a la víctima. Por eso Paulina no busca que el doctor Miranda se justifique, sino que le devuelva su identidad como persona. Y esto solo lo va a conseguir con el reconocimiento de la abyección moral de un torturador que no va a tener más remedio que asomarse - aunque sea brevemente - al abismo infernal de sus propias obras. Una película redonda, sostenida por la tensión que sabe imprimir Polanski al relato y por la magnífica interpretación de sus tres únicos protagonistas.
La misma noche tormentosa en la que Paulina ha conocido el nuevo cargo de su esposo, llega un invitado circunstancial a la casa, que se encuentra situada en un paraje aislado de la costa. Ella escucha su voz. Se estremece. Los recuerdos vuelven con más fuerza que nunca. A pesar de que padeció su tormento siempre privada de visión, la voz del doctor, el peor de sus verdugos es inolvidable. El médico que primero la curó y después la violó, que la trató como un pedazo de carne. Ella le golpea y lo ata. Se han cambiado los papeles. La antigua víctima tiene ahora el poder.
A partir de aquí ya tenemos establecidos los personajes de esta obra, que, al más puro estilo de Polanski, está concebida como un juego de supremacía, mentiras y amenazas. Paulina al principio manifiesta una rabia animal, que tiene que ver con un deseo de venganza. Miranda defiende su inocencia, ante su presunta víctima y también ante el espectador. Y Gerardo, siempre prudente como hombre medroso que es, intenta aportar un poco de cordura a la situación, intentando la simulación de un juicio justo. Poco a poco ella cambia la idea de una venganza voluptuosa por la de una confesión sincera del reo. Eso demostraría su superioridad moral: ante el doctor Miranda, por no llevar su poder temporal sobre él hasta las últimas consecuencias y ante su marido, que comprenderá la auténtica dimensión del sacrificio al que tuvo que someterse para salvarle la vida.
Puede parecer, en una primera impresión, que La muerte y la doncella quiere reflexionar sobre la reconciliación y el perdón, pero en realidad lo que busca la Paulina es algo que las víctimas raramente consiguen: la confesión de su torturador, la humillación de tener que exponer sus pecados: el cobarde abuso que cometió sobre seres indefensos. La confesión es también una forma de justicia, quizá más pura que la mera venganza penal ejecutada por el Estado. Por eso casi ningún criminal - me refiero a asesinos, violadores, corruptos y demás calaña - suele confesar su culpa y mucho menos pedir perdón a la víctima. Por eso Paulina no busca que el doctor Miranda se justifique, sino que le devuelva su identidad como persona. Y esto solo lo va a conseguir con el reconocimiento de la abyección moral de un torturador que no va a tener más remedio que asomarse - aunque sea brevemente - al abismo infernal de sus propias obras. Una película redonda, sostenida por la tensión que sabe imprimir Polanski al relato y por la magnífica interpretación de sus tres únicos protagonistas.
martes, 6 de mayo de 2014
Encuentro con Antonio Soler
Después del encuentro con Antonio
Soler se acaba teniendo la sensación de haber estado con un escritor en toda
regla, conocedor de todos los secretos y las leyes de su oficio, y con
sabiduría y experiencia para comunicarlos.
Estos últimos días he refrescado
la lectura de “Una historia violenta” y me ha vuelto a impresionar. Y no lo
digo por halagar, pues con la misma sinceridad confieso que me han gustado “Las
bailarinas muertas” y “Málaga paraíso perdido”, y que sin embargo no me han
enganchado otras obras del autor.
El escenario donde se sitúa la
historia nos es muy familiar, un tiempo y un espacio local que todos
reconocemos, y que sin embargo el relato los transciende hacia contenidos
simbólicos universales: “He querido hacer una historia sobre la naturaleza
humana, el poder, el deseo, los celos... Situarla en Málaga no quiere decir que
no trate de cuestiones universales”. Aunque el autor no entra en ello, hay
quien denomina este paisaje como “TERRITORIO SOLER”, un lugar no tanto espacial como
interior, de visión de la vida y de la naturaleza humana, y bajo el
convencimiento de que los grandes dramas personales los sufrimos en los
entornos familiares y sociales más cercanos.
La narración está en primera
persona, desde los ojos de un niño, y por tanto con matices no totalmente
explicados en la novela. Exigen la inteligencia del lector para resolverlos o
al menos darles una interpretación entre las muchas posibles. El niño, como tal, no valora, no explica, no intepreta. Sencillamente
mira, temeroso o indeciso, y trata de adaptarse a la realidad que le ha tocado
vivir. Es por tanto una novela de iniciación, de asimilación del entorno, de
aprendizaje enfrentándose a lo diferente para crecer.
La novela consigue transmitir la
vulnerabilidad de la naturaleza humana, y más concretamente de la infancia, que
se desarrolla en un entorno que es a la vez protector y amenazante, refugio y
campo de batalla, que se evoca como trágico pero a la vez con nostalgia.
Antonio Soler nos reveló algunos
de sus estrategias como escritor. A raíz de una primera idea generadora que le
hace sospechar que puede ser objeto de convertirse en novela, el primer proceso
no lo exterioriza, sino que lo trabaja mentalmente. Antes de comenzar a
escribir incluso ha llegado a resolver algunas de las dificultades o problemas
planteados. Y el tránsito de la cabeza al ordenador a veces produce chascos y
otras veces alegrías. Un personaje prometedor termina no dando juego, y otro
secundario resulta estar repleto de
posibilidades. Pero la escritura siempre la realiza linealmente, tal
como llega al lector, aunque en sucesivas relecturas haya modificaciones más o
menos profundas.
Agradecemos a Soler su aprecio
por los clubes de lectura, “reserva espiritual de las sociedades industrializadas”,
con los que siempre confiesa su
predisposición a encontrarse siempre que se lo soliciten y su agenda lo permita.
Pepe de la Torre
viernes, 25 de abril de 2014
La fiesta de chivo
-
La Fiesta del
chivo
El pasado 24 de marzo tuvimos nuestra reunión mensual
en torno a esta novela de Mario Vargas Llosa.
Como me propuse que no pase ninguna de las lecturas
del club sin dejar constancia en el blog, y viendo, por el tiempo transcurrido,
que ninguno de los tertulianos/as se ha decidido a ello, dejo estas palabras en
torno a la obra que nos reunió ese día. Me centro en el hecho radiográfico que
hace el autor sobre las dictaduras en general sirviéndose de una en particular.
No entro ni en el estilo de V. Llosa, incuestionable, ni en los pormenores de
la obra (sobre ambos hay información, hasta la saciedad, en la red).
Lo primero que debo decir es que fue una de las obras
que proclamó un criterio favorable unánime, cosa rara: una gran radiografía de
las dictaduras, sean del signo que sean. El autor eligió, creo que con gran
acierto, una dictadura como fue la de Trujillo que se empleó a fondo en
convertir a un país en algo propio. Trujillo no fue un dictador de tránsito,
no. Fue alguien, así nos los presenta la novela, que ejerció la dictadura como
si fuese un elegido, un prócer que tiene que guiar a un país que no sabría que
hacer sin él. Claro está que, de camino en esta sublime e irrenunciable misión,
el país se convierte en un cortijo/hacienda propio y que cualquier crítica o
atisbo de disidencia será considerado como una traición
y reprimido de forma contundente y brutal. No hay nada tan didáctico para
fomentar la leyenda personal como alimentar el miedo en el contrario. .
Tampoco queda fuera del ámbito del dictador endiosarse,
mientras tiraniza a diestra y siniestra, y de camino proclamar las “grandes
virtudes patrias” de sus familiares; por muy negados, zoquetes y cafres que
sean. Y en esto la familia de Leonidas Trujillo, hijos incluidos, tampoco
escasea ejemplos al autor.
Vargas
Llosa tampoco deja fuera de su obra las condiciones para que un dictador se
adueñe de un país tantos años. Y dichas condiciones las ponen, como no puede
ser de otra manera, las clases altas (entendiéndose aquí como clase altas los arribados al poder, sea cual sea su
procedencia social). Como dice el gran ensayista español Rafael Sánchez
Ferlosio: “La clase ociosa siempre beneficiaria y promotora de cualquier ideología”.
Es esta clase que mantiene su estatus de poder económico y social a la sombra
del dictador la que lo mantiene encumbrado –aunque para ello, en muchos casos,
aguanten de forma individual, las mayores ignominias y vejaciones personales:
todo con tal de contar con el favor del supremo, y participar en el reparto de la
tarta – en el caso de las dictaduras gubernamentales, la tarta es todo un país.
Creo que Don Mario tenía muy claro, y esto es lo que
hace especialmente grande su novela, que
todas las dictaduras son iguales a si mismas por grande o pequeño que sea
su ámbito: su razón de ser es mantenerse
a si mismas -en la figura de un dictador
-y su discurso justificar lo
injustificable – la supuesta grandeza y necesidad de la dictadura, su
método eliminar cualquier resonancia de disidencia u oposición por mínimas que
sean; incluso, a veces, antes que surjan (para evitar tentaciones). Y aquí -como
también muestra muy bien la novela -es donde suelen surgir los talones de
Aquiles de las dictaduras: El dictador y su “equipo de limpieza de opositores”
ven complots y posibles traidores por todos lados –incluso entre sus propias
filas- “depurando” constantemente a cualquiera que parezca mínimamente
sospechoso o incluso antipático o soberbio a sus ojos. Esto, cuando son
dictaduras muy largas, genera cada vez más sangrías entre los propios;
recuérdese a Stalin o las cárceles cubanas, donde se han consumido muchos de sus
líderes iniciales caídos en desgracia, o la misma dictadura de la novela.
En la mayoría de las dictaduras que han caído por la
fuerza, incluida la que retrata esta novela: Leónidas Trujillo en la República
Dominicana, han caído por desafectos del régimen; quienes por algún motivo, las
más de las veces personal, estaban profundamente resentidos, tanto como para
jugársela. También, la mayoría de las veces, no había otra ideología detrás que
no fuese la animadversión o venganza contra el dictador y sus perros,
imponiéndose después otra dictadura e incorporándose los mismos derrocadores a
la nueva forma de dictadura. Como fue el caso del propio Trujillo con su
predecesor, al que derrocó.
Mi pregunta ante esta magnífica novela, y otras
cuantas que he leído –así como algunos ensayos – sobre el tema es la misma:
¿Dónde estaba, mientras tanto, el pueblo? Ese pueblo que nunca aparece para
nada. ¿Realmente, ningún pueblo –mientras tenga el plato de lentejas- hace nada
para quitarse de encima el oprobio opresor que lo limita a un organismo que se
alimenta? Y si esto, por desgracia,es
cierto, ¿donde se encuentra el pueblo cuando en democracia, apoyados por las
formas plurales del sistema -nada más que por las formas -el poder, que siempre
tiende ha hacerse dictatorial ,se apodera de forma artera y soterrada del porvenir de
ese pueblo y todo ello, encima, con el marchamo democrático, y a favor de los
de siempre: los arribados al poder.¿O
es el poder político quien se arriba ahora a
los de siempre?
Pero esa es otra historia. ¿O…, no?
domingo, 13 de abril de 2014
"NO SÉ QUIÉN ERES", MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE EN LA PROSA Y MARCOS REINA A LOS LÁPICES.
Qué alegría, entrar en la biblioteca para presentar la novela de Miguel Torres Uralde que hemos leído los miembros del club de lectura este mes y encontrar la sala llena de gente, esperando con gran espectación a que comience un acto muy especial: la fusión entre escritura y arte con la excusa, siempre grandiosa, de la literatura. Y poco a poco, la tarde se fue convirtiendo en una lección magistral dictada a dos bandas.
Para mí, la lectura de No sé quién eres, ha supuesto un soplo de aire fresco, un encuentro gozoso con una obra bien escrita a la par que adictiva. La novela, narrada en primera persona por el protagonista, del que nunca llegamos a conocer el nombre, basa su estructura en un triángulo de personajes: el ya nombrado protagonista, una misteriosa mujer y Somoza, un hombre maduro con pasado aventurero. Pero lo más original de su armazón narrativo es que Torres López de Uralde es capaz de moverse por varios géneros: la novela social e intimista, el relato de aventuras, el gótico, el psicológico e incluso añadiéndose un interludio erótico. Pero tal variedad de registros están bien sostenidos por una construcción realmente magnífica, que se nota que ha sido cuidadosamente planificada en (como él mismo nos contó) la cabeza del autor. Gracias a esta planificación, los detalles que sutilmente se nos ofrecen al principio, que parecen fuera de lugar, finalmente encuentran una explicación plenamente satisfactoria en la lógica del relato.
Por lo que respecta a las influencias que se aprecian en el relato, están claras - al menos en la parte aventurera del mismo - las de Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas), Edgar Allan Poe (Arthur Gordon Pym), Robert Louis Stevenson (Secuestrado) o Daniel Defoe (Robinson Crusoe). A estas hay que añadirles una no tan conocida - aportada in situ por el autor - , la de Haxtur, un cómic de finales de los años sesenta firmado por el gran Victor de la Fuente en el que, como sucede en No sé quién eres, la separación entre sueño, ilusión y realidad es muy sutil. También he encontrado paralelismos con una obra cinematográfica de Alejandro Amenábar: Abre los ojos, donde también se jugaba con las percepciones, reales o imaginarias, de su protagonista. Además, hay que destacar la técnica de inserción de escenarios del escritor: con unas pocas pinceladas es capaz de trasladar al lector a escenarios tan opuestos como una casa frente al cementerio de San Miguel, un hospital aislado en la montaña o el mismísimo río Amazonas.
Como ha ganado el premio Tristana de novela fantástica, la pregunta al autor era obvia: ¿nos encontramos ante una narración de este género? Las opiniones fueron para todos los gustos (y nos enteramos de que lo mismo sucedió en las deliberaciones del jurado), pero al final es la ambigüedad, el juego entre lo real y lo imaginario lo que destaca en No sé quién eres. En cualquier caso, el autor ha dejado su impronta realista en esta obra, aunque quizá la conclusión más válida podría tener que ver con el título de la más famosa obra de Calderón de la Barca, La vida es sueño.
Pero no solo dedicamos la tarde a la escritura. Las magníficas ilustraciones de Marcos Reina estuvieron presentes durante todo el debate. El dibujante nos ofreció una pequeña disertación sobre su arte y nos presentó su interpretación gráfica de los personajes de la novela de Torres López de Uralde. Éstos tomaron una insospechada carnalidad ante nuestros ojos, como si nos presentaran a unos viejos conocidos con los que nunca nos hubiéramos encontrado cara a cara. Quizá prospere el proyecto de estos dos artistas y veamos (puede que en el plazo de diez años, es posible que en menos tiempo) la plasmación de un pequeño sueño: la traslación de la novela al cómic. Se trataría de una obra muy atractiva, ya que No sé quién eres es una novela muy visual. Los bocetos de lo que podría llegar a ser este proyecto son tan sugerentes como el dibujo de Zoe observando el cementerio a la luz de la luna.
Para mí, la lectura de No sé quién eres, ha supuesto un soplo de aire fresco, un encuentro gozoso con una obra bien escrita a la par que adictiva. La novela, narrada en primera persona por el protagonista, del que nunca llegamos a conocer el nombre, basa su estructura en un triángulo de personajes: el ya nombrado protagonista, una misteriosa mujer y Somoza, un hombre maduro con pasado aventurero. Pero lo más original de su armazón narrativo es que Torres López de Uralde es capaz de moverse por varios géneros: la novela social e intimista, el relato de aventuras, el gótico, el psicológico e incluso añadiéndose un interludio erótico. Pero tal variedad de registros están bien sostenidos por una construcción realmente magnífica, que se nota que ha sido cuidadosamente planificada en (como él mismo nos contó) la cabeza del autor. Gracias a esta planificación, los detalles que sutilmente se nos ofrecen al principio, que parecen fuera de lugar, finalmente encuentran una explicación plenamente satisfactoria en la lógica del relato.
Por lo que respecta a las influencias que se aprecian en el relato, están claras - al menos en la parte aventurera del mismo - las de Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas), Edgar Allan Poe (Arthur Gordon Pym), Robert Louis Stevenson (Secuestrado) o Daniel Defoe (Robinson Crusoe). A estas hay que añadirles una no tan conocida - aportada in situ por el autor - , la de Haxtur, un cómic de finales de los años sesenta firmado por el gran Victor de la Fuente en el que, como sucede en No sé quién eres, la separación entre sueño, ilusión y realidad es muy sutil. También he encontrado paralelismos con una obra cinematográfica de Alejandro Amenábar: Abre los ojos, donde también se jugaba con las percepciones, reales o imaginarias, de su protagonista. Además, hay que destacar la técnica de inserción de escenarios del escritor: con unas pocas pinceladas es capaz de trasladar al lector a escenarios tan opuestos como una casa frente al cementerio de San Miguel, un hospital aislado en la montaña o el mismísimo río Amazonas.
Como ha ganado el premio Tristana de novela fantástica, la pregunta al autor era obvia: ¿nos encontramos ante una narración de este género? Las opiniones fueron para todos los gustos (y nos enteramos de que lo mismo sucedió en las deliberaciones del jurado), pero al final es la ambigüedad, el juego entre lo real y lo imaginario lo que destaca en No sé quién eres. En cualquier caso, el autor ha dejado su impronta realista en esta obra, aunque quizá la conclusión más válida podría tener que ver con el título de la más famosa obra de Calderón de la Barca, La vida es sueño.
Pero no solo dedicamos la tarde a la escritura. Las magníficas ilustraciones de Marcos Reina estuvieron presentes durante todo el debate. El dibujante nos ofreció una pequeña disertación sobre su arte y nos presentó su interpretación gráfica de los personajes de la novela de Torres López de Uralde. Éstos tomaron una insospechada carnalidad ante nuestros ojos, como si nos presentaran a unos viejos conocidos con los que nunca nos hubiéramos encontrado cara a cara. Quizá prospere el proyecto de estos dos artistas y veamos (puede que en el plazo de diez años, es posible que en menos tiempo) la plasmación de un pequeño sueño: la traslación de la novela al cómic. Se trataría de una obra muy atractiva, ya que No sé quién eres es una novela muy visual. Los bocetos de lo que podría llegar a ser este proyecto son tan sugerentes como el dibujo de Zoe observando el cementerio a la luz de la luna.
viernes, 4 de abril de 2014
EL OFICIO DEL DIBUJANTE. Exposición de Marcos Reina en la biblioteca. Abril/Mayo 2014
“Para el artista, dibujar es descubrir. Y no se trata de
una frase bonita. Es literalmente cierto”.
Sobre el dibujo. John
Berger. Ed.Gustavo Gili, 2011.
Las obras que hoy pueden contemplar son el fruto del
aprendizaje de su autor en torno al oficio de dibujante. De formación
autodidacta, Marcos Reina dibuja de forma compulsiva desde muy pequeño. Si bien
su profesión es la de bibliotecario, dice ejercer otro oficio, el de dibujante.
La Biblioteca Cristóbal Cuevas le brinda la oportunidad de mostrar algunos
ejemplos de su búsqueda de un camino expresivo (no encontrado) que le ha
llevado a reflexionar de forma teórica sobre el lenguaje gráfico y sus
diferentes vertientes, intentando huir (según sus palabras) de cualquier atisbo
de sacralización que tantas veces nos separa del Arte y los artistas. Por el
contrario, el autor intenta resaltar el carácter lúdico, emocional y educativo
de la práctica artística.
Desde la Prehistoria, el dibujo es un lenguaje más para
canalizar ideas, pasiones, conceptos. Cada uno de nosotros tenemos la
oportunidad de escoger cualquier medio expresivo para fijar la “huella” de
nuestro paso por el mundo. Desde el lenguaje del cómic al diseño digital, todos
tenemos esa capacidad de comunicarnos. Conceptos como OBSERVACIÓN, PRÁCTICA e
IMAGINACIÓN se desarrollan y mezclan en las charlas que acompañan a esta
exposición didáctica.
Ejercer un oficio no implica necesariamente la formación académica, pero sí una profunda inmersión en el lenguaje que lo define y las herramientas que utiliza. El programa expositivo presenta un pequeño acercamiento a diversas técnicas, motivos y estilos con la intención de ahondar en los “procesos” más que en los “resultados”. Esa es también la razón por la que se ha “intervenido” en la biblioteca, creando un decorado que intenta reproducir el TALLER de un dibujante, el lugar donde ocurren las cosas importantes, donde se trabaja con la memoria, la mirada y los sentidos. El lugar en el que parafraseando de nuevo a Berger, las líneas de salida y de meta del artista se funden en una sola.
Marcos Reina Segovia
miércoles, 26 de marzo de 2014
CUATRO MESES, TRES SEMANAS Y DOS DÍAS.
A finales de los ochenta en Rumanía, que es cuando transcurre la historia de Cuatro meses, tres semanas y dos días, nadie podía imaginar la próxima caída del dictador Ceaucescu. Mientras tanto, las dos protagonistas viven en una residencia de estudiantes situada en una ciudad tétrica. Y es que la ambientación que otorga Mungiu a su película es uno de sus mayores logros. Ya desde los primeros minutos el espectador se ve atrapado por un entorno opresivo, con unos personajes que se mueven por unas calles frías y pobremente iluminadas. Además, estas jóvenes han de tener cuidado cuando se conversan con alguien desconocido, aunque sea la recepcionista de un hotel, puesto que da la impresión de que todo el mundo es un informador del Estado. Esta recepcionista, sin ir más lejos, se dirige a Otilia con descaro haciéndole todo tipo de preguntas y evaluándola con la mirada. Todo el mundo parece ser desagradable en esta Rumanía desangelada. También en la residencia parece gobernar un régimen particular, repleto de pequeñas corruptelas destinadas a conseguir pequeños lujos, como cigarrillos o productos cosméticos.
Pero es un aborto clandestino el principal asunto de la película. En 1966, Ceaucescu decretó la prohibición de la interrupción del embarazo, puesto que pretendía subir el índice de natalidad en el país. Esto provocó que muchas mujeres tuvieran que recurrir a abortos clandestinos, que solían practicarse sin las mínimas condiciones sanitarias, muriendo durante estos años cientos de miles de ellas. Gabita, la amiga de Otilia, que es quien se ha quedado embarazada, se ha decidido a afrontar su problema cuando ya está de cinco meses. La pobre muchacha asiste a su propio drama con una mirada ausente, de incredulidad. Es su amiga incondicional Otilia la que debe encargarse de organizarlo todo y de que el delicado asunto se resuelva razonablemente bien. Las dos quedan en manos del señor Bebe, un abortista clandestino que no tiene nada de altruista. Cuando penetramos en una triste habitación de hotel con estos tres personajes, la sordidez se vuelve casi insoportable. Y es que el señor Bebe, lejos de compadecerse de las dos muchachas, se aprovecha de su situación de absoluta indefensión.
Mientras espera a que su amiga expulse el feto, Otilia debe seguir ocupándose de su vida cotidiana, para que nadie sospeche. La escena que transcurre en casa de los padres de su novio es una de las genialidades de esta película repleta de ellas. Mungiu coloca su cámara mirando fijamente a una cena de cumpleaños y el diálogo de los personajes nos resumen lo que significaba vivir en el régimen comunista rumano, mientras la tensión se palpa en el rostro de la muchacha, que solo puede pensar en la soledad de su amiga. Si quieren experimentar un epílogo adecuado para la experiencia inquietante que supone ver esta película, vayan a youtube y busquen el último discurso que pronunció Ceaucescu ante su pueblo, en una plaza abarrotada de gente con banderas rojas, en la que de pronto empiezan a escucharse gritos de protesta. El dictador levanta la mirada asustado y sorprendido ante el hecho inaudito de que alguien se atreva a interrumpirle. Y entonces es su mujer la que reacciona, mandando callar a una multitud cada vez más vociferante, que reacciona aumentando el nivel de su protesta. Tras ellos no es difícil ver a miembros de la policía secreta del régimen que se mueven nerviosos de un lado a otro. Unos días después, el matrimonio Ceaucescu yacía en el suelo en un charco de sangre después de un juicio sumarísimo.
Pero es un aborto clandestino el principal asunto de la película. En 1966, Ceaucescu decretó la prohibición de la interrupción del embarazo, puesto que pretendía subir el índice de natalidad en el país. Esto provocó que muchas mujeres tuvieran que recurrir a abortos clandestinos, que solían practicarse sin las mínimas condiciones sanitarias, muriendo durante estos años cientos de miles de ellas. Gabita, la amiga de Otilia, que es quien se ha quedado embarazada, se ha decidido a afrontar su problema cuando ya está de cinco meses. La pobre muchacha asiste a su propio drama con una mirada ausente, de incredulidad. Es su amiga incondicional Otilia la que debe encargarse de organizarlo todo y de que el delicado asunto se resuelva razonablemente bien. Las dos quedan en manos del señor Bebe, un abortista clandestino que no tiene nada de altruista. Cuando penetramos en una triste habitación de hotel con estos tres personajes, la sordidez se vuelve casi insoportable. Y es que el señor Bebe, lejos de compadecerse de las dos muchachas, se aprovecha de su situación de absoluta indefensión.
Mientras espera a que su amiga expulse el feto, Otilia debe seguir ocupándose de su vida cotidiana, para que nadie sospeche. La escena que transcurre en casa de los padres de su novio es una de las genialidades de esta película repleta de ellas. Mungiu coloca su cámara mirando fijamente a una cena de cumpleaños y el diálogo de los personajes nos resumen lo que significaba vivir en el régimen comunista rumano, mientras la tensión se palpa en el rostro de la muchacha, que solo puede pensar en la soledad de su amiga. Si quieren experimentar un epílogo adecuado para la experiencia inquietante que supone ver esta película, vayan a youtube y busquen el último discurso que pronunció Ceaucescu ante su pueblo, en una plaza abarrotada de gente con banderas rojas, en la que de pronto empiezan a escucharse gritos de protesta. El dictador levanta la mirada asustado y sorprendido ante el hecho inaudito de que alguien se atreva a interrumpirle. Y entonces es su mujer la que reacciona, mandando callar a una multitud cada vez más vociferante, que reacciona aumentando el nivel de su protesta. Tras ellos no es difícil ver a miembros de la policía secreta del régimen que se mueven nerviosos de un lado a otro. Unos días después, el matrimonio Ceaucescu yacía en el suelo en un charco de sangre después de un juicio sumarísimo.
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